miércoles, 13 de mayo de 2026

De la pana al traje refinado de Brioni o Kiton: crónica de un extravío

Resulta fascinante, y también melancólico, observar cómo el paso de los años actúa sobre las personas de forma tan dispar. Algunos envejecen como las buenas novelas, revelando capas de sentido que antes se nos escapaban; otros, en cambio, parecen decididos a convertirse en una parodia de aquello que un día combatieron en juventud y del brillo de su oratoria. Me refiero, como no podría ser de otra manera, a ese duelo simbólico que estamos presenciando entre Felipe González y Carmen Romero, una especie de tragedia griega trasladada a la realidad política andaluza, aunque sin los coros ni las túnicas helenas, pero con abundantes dosis de desengaño.

Empecemos por el antiguo líder. Servidor (como respondía en el cole cuando pronunciaban mi nombre), que ha visto pasar suficientes gobiernos como para no llamarme a engaño, asisto con una mezcla de estupor y hastío a la metamorfosis de González. Hubo un tiempo en que su palabra era el verbo y su chaqueta de pana el uniforme de una esperanza colectiva. Hoy, sin embargo, el expresidente parece haber confundido la altura de miras con la altura de los consejos de administración. Es un espectáculo curioso, a la vez que triste, verle del brazo de quienes antaño representaban lo opuesto a su credo, lanzando dardos envenenados contra su propia casa mientras contempla el mundo desde la barrera de los privilegiados.

Dicen que "quien no vive como piensa, termina pensando cómo vive", y Felipe se ha convertido en el ejemplo vivo de este aforismo. Su deriva hacia un purismo reaccionario y ese flirteo indecente con el voto en blanco, nos hablan de un hombre que ya no reconoce el suelo que pisa, o quizá es la expresión de un ego que no tolera que el mundo siga girando sin pedirle permiso. Su decepción, creo yo, no es con su partido, sino con el espejo que le devuelve la imagen de alguien que se quedó en el andén mientras el tren del presente partía hacia otro lado.

Qué alivio, qué ráfaga de aire fresco, encontrar a alguien que no ha necesitado vender su biografía al mejor postor ni disfrazarse de nada, porque en el otro extremo del escenario, aparece Carmen Romero. Mientras González se pierde en laberintos dialécticos para justificar su cercanía a la derecha, Romero se presenta con la sencillez de quien nunca olvidó de dónde venía. Ella no necesita el estrépito de los grandes titulares para demostrar su valía; le basta con estar ahí, apoyando a los suyos, defendiendo lo público con una coherencia que, en estos tiempos de postureo y traiciones de salón, resulta casi revolucionaria.

Si González encarna el ocaso de una era que se resiste a morir con dignidad, Romero representa la continuidad de lo mejor de nuestra historia reciente: esa izquierda que sabe evolucionar sin perder el alma por el camino. Ella enlaza el pasado con el futuro con la naturalidad de quien lee un libro bien escrito, recordándonos que la política, al final del día, es una cuestión de integridad y no de contar los dividendos obtenidos.

Siento, lo confieso, una profunda decepción por el hombre que pudo haber sido un anciano sabio y prefirió ser un crítico huraño, con cosas de “cuñao”. Pero siento también una renovada admiración por la mujer que, sin aspavientos ni oráculos, nos demuestra que se puede ser fiel a unos principios sin que se te caigan los anillos ni se te agrie el carácter. 

Al final, parece que en el gran teatro del mundo, como en las mejores novelas, los personajes secundarios son los que acaban dándonos las únicas lecciones de ética necesarias.

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