miércoles, 13 de mayo de 2026

Una amable reprimenda a mis queridos guardianes de la esencia hispana

Buenos días tengan ustedes, respetables caballeros y damas que han decidido consagrar parte de sus horas al noble ejercicio de la indignación patriótica. Voy a referirme a su malestar por la regularización de esos individuos que llevan años conviviendo con nosotros, trabajando en silencio y, para su desgracia, compartiendo nuestro mismo aire sin el preceptivo permiso administrativo.

Podría uno perderse en el farragoso diccionario de las ideologías y calificarles de supremacistas, segregacionistas o xenófobos; epítetos todos ellos de gran sonoridad, pero que son rebuscados, teniendo en nuestro diccionario ante la sencillez de un término más castizo: racistas. No se me llamen a engaño, pues la verdad, por mucho que se perfume el termino, suele tener siempre el mismo aroma pestilente.

Resulta ciertamente pintoresco que les produzcan a ustedes urticaria, esas colas que los noticiarios se empeñan en mostrarnos, y que en ellas, vean ustedes, que hay personas que simplemente aspiran a la extravagante meta de trabajar con derechos, evitando así ser explotadas con la impunidad que el sistema hoy tan generosamente permite.

Desean, fíjense qué barbaridad, acceder a la sanidad, a la educación y a las ayudas sociales. Servicios que, dicho sea de paso, ellos mismos ayudan a sufragar con el sudor de su frente y con el IVA de los garbanzos que consumen. Porque resulta, y aquí viene el dato científico, que ellos también pagan, del mismo modo que lo hace cualquier vecino de bien cómo ustedes.

Sin embargo, no he percibido yo en ustedes la misma indignación al contemplar a estos sujetos bajo el sol inclemente de nuestros campos, doblando el espinazo para que no nos falten ajos, cebollas o fresas. No los veo a ustedes, mesarse las barbas al verlos sudar como pollos en los invernaderos, ni cuando sacan a pasear a sus mascotas para que puedan ustedes seguir disfrutando de las sábanas un ratito más.

Tampoco parece molestarles su presencia cuando pasean y cuidan a sus ancianos progenitores, tarea que, sospecho, no figura entre sus aficiones favoritas; ni cuando les sirven la cañita en la terraza o el menú del día con una sonrisa; ni incluso cuando los que tienen carrera universitaria, con bata blanca y estetoscopio, les recetan el fármaco necesario para sus dolencias.

Pero el colmo del ingenio humano llega cuando se permiten ustedes negar la mayor. Afirman con rotundidad que ¡España no es una nación racista!, y lo hacen justo antes de proferir insultos de corte zoológico contra el futbolista de color del equipo de futbol rival del suyo. Y todo ello, mientras ignoran en un alarde de ceguera voluntaria, que su propio equipo, el que luce los colores de su corazón, no cuenta en su alineación con un solo individuo nacido en los límites del territorio de nuestra patria. 

Que lucido es Cervantes en el Quijote: “Cosas veredes, amigo Sancho, en este nuestro bendito y contradictorio país”.

Feliz día del libro tengan todos, y aprovechen que la lectura es un buen tratamiento contra el racismo. 

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