El 25 de abril de 1974, Portugal descubrió que la gente también se cansa de vivir bajo el miedo. Durante décadas, la dictadura les había enseñado a callar, a obedecer, a aceptar. Pero aquel día, algo tan simple y desarmado cómo un clavel rojo en la boca de un fusil rompió con esas costumbres.
No fue una revolución de gritos ni de sangre. Fue una desobediencia compartida por todo un pueblo. Los soldados dejaron de ser instrumentos al servicio del tirano y el pueblo dejó de ser solo un espectador. Y en ese cruce de actitudes, tan frágil e improbable, el poder empezó a resquebrajarse.
Hoy, cuando la política está llena de ruido, de polarización y de enemigos, conviene recordar y conmemorar aquella lección silenciosa y maravillosa por humana: que a veces el gesto más radical no es disparar, sino negarse a hacerlo.
Portugal cambió de régimen, pero sobre todo cambió la forma de imaginar cómo podía producirse el cambio.
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