Permítanme desviar el primer párrafo para ironizar. Siempre sospeché que la política internacional se parece demasiado a esas comunidades de vecinos donde el presidente, para justificar la derrama del ascensor, acaba buscando aliados que le apoyen en el bloque de enfrente.
En esta comedia o vodevil contemporáneo, el señor Abascal parece haber encontrado en Viktor Orbán no solo a un referente ideológico, de presidente de la comunidad, sino a un tío soltero y adinerado que le prestó (no se sabe si para luego devolvérselos) nueve millones de euros. Lo cierto es que, hasta hoy, don Santiago le ha reído las gracias y le está eternamente agradecido de que le haya enseñado a poner candados en la puerta del jardín.
La cuestión no es minina. Recuerden que, en julio de 2024, VOX decidió que la señora Meloni, con toda su elegancia romana, se les quedaba a ellos corta o quizá demasiado moderada para su cuerpo ideológico. Y se marcharon con Orbán a fundar los Patriotas por Europa que, perdonen, más que a partido político suena a nombre de equipo de petanca. Eso sí, con una ambición de arrasar todo, mucho más escandalosa y ruidosa.
Ahora al eterno trabajador hispano del caballo, el panorama se le presenta incierto. A Orbán le han fallado las urnas, y eso deja a Abascal en una situación desairada, como ese invitado que llega a la fiesta cuando ya no quedan canapés. Parece que Hungría era un paraíso para los húngaros según Santi y su compaña, pero hoy, visto el resultado de las urnas, sabemos que lo había convertido Hungría en un erial de libertades y el rincón más depauperado del club europeo. Un modelo, que dicen se basa en la "guerra cognitiva", que es una forma muy fina de llamar, a lo que aquí conocemos cómo “marear la perdiz” mientras se culpa al empedrado para que nadie se fije en lo que entra o sale de la caja registradora. Esos jóvenes y menos jóvenes enamorados de la ultraderecha se lo deberían hacer mirar, porque igual les han engañado y no lo saben. Suele ocurrir.
Porque ya vemos, ha aparecido el coro de los descontentos, esos que se sienten hasta los genitales de tanto mensaje populista, para poder trincar mientras. Y aunque hay quien pregunta, no sin cierta lógica, si el que viene a sustituir al títo húngaro de Santi no será el mismo perro con distinto collar (prorruso e igual de testarudo), al menos admitamos que en la tv llega con el pelo de otro color. Lo más significativo para Europa es que también con el cambio de Orban, cambia la visión del espinoso asunto de Ucrania, donde Orbán ejercía de Pepito Grillo (o una chincheta en la bota) frente al acuerdo europeo de apoyar a Zelenski.
En fin, que, entre subvenciones húngaras, redes que cuentas bulos que salen de verdaderos laboratorios de alquimia política, y una oposición española que nadie sabe muy bien de qué pie cojea, porque no tiene una política europea, la UE nos sigue ofreciendo este espectáculo fascinante donde lo más difícil no es gobernar, sino convencer al personal de que el vecino de al lado es el culpable de que no funcione el portero automático.
Veremos si Abascal sobrevive a la orfandad del tito húngaro o si, por el contrario, decide que siempre le quedará el compadre Donald, ese hombre maravilloso que ha hecho del caos la octava entre las bellas artes.
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