Visto desde fuera, estoy convencido de que consume más neuronas explicarse por qué la consejera afirma que la ministra “se licuaba mirando al médico de la OMS”, que entender el brote de hantavirus.
Lo que parece claro es que cuando una mujer ocupa un cargo serio, siempre hay quien encuentra un modo de rebajarla a líquido. Mucho más penoso cuando además es otra mujer la que lo hace.
El machismo ya no pega bofetadas, se conforma con decir que una ministra se funde ante un hombre y luego se asombra de que alguien le diga “machito”.
No es que Ayuso se ponga una vez más a la defensiva, es que su entorno político se coloca, sin miedo, justo en el instante donde el discurso se vuelve pegajoso: el lugar exacto donde la crítica política se transforma en picardía barata y el discurso de poder se siente cómodo con un mal chiste sobre un adversario.
Para actuar así hay algo imprecindible: ser mala gente.
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