miércoles, 13 de mayo de 2026

Opereta feijoodiana: El Parlamento convertido en una tasca provinciana

Uno no sabe si estamos ya en una democracia parlamentaria o vivimos en un sainete de postguerra donde los personajes han olvidado el guion y han decidido improvisar su propia caída en desgracia. Veamos el guion.

Sale el señor Aldama al estrado, disfrazado de astuto guarda secretos que, según él, podrían hacer temblar los cimientos de la patria. Se pone ante el micrófono y suelta una sarta de elucubraciones que, en cualquier otro país, harían que el juez pidiera un café para esperar a que el testigo recupere la cordura, pero cómo ese juez no es la jueza de la kitchen, no le dice eso de “limítese a responder a lo que le han preguntado”. Pero aquí, no. Aquí el estrado es un púlpito y el testimonio es una verdad revelada que hay que recibir de rodillas dando gracias al testigo por soltarse la lengua. Hasta ahí la escena judicial.

Y entonces aparece don Feijóo, con gesto compungido y con esa solemnidad del funcionario que acaba de descubrir un desfalco en la caja chica de la delegación de Hacienda, y nos dice, con esa seriedad innata que le caracteriza, que hay que creerle al hombre. Si se mira con ojos de ciudadano al que el casero le va a subir el alquiler el mes que viene, uno puede encontrar hasta cierta ternura, algo casi entrañable, viendo a todo un jefe de la oposición agarrarse a las palabras de un presunto delincuente como quien se agarra a un clavo ardiendo en mitad de una tormenta. Esta es la parte de drama que tiene el sainete.

Pero, de pronto el genio gallego piensa que va más gente al cine que al teatro, y reescribe el guion. Feijoo, maestro por la ciencia infusa, es capaz de convertir la política de Estado, en una partida de mus jugada en la trastienda de un bar de provincias: si el otro no envida, es porque el otro es culpable; y si se queja, es porque el envite le ha dado donde más le duele. Así que haga lo que haga, o diga lo que diga, a él le da lo mismo. Lo fascinante de este sainete no es que Aldama mienta o diga la verdad, que, en el fondo, es un detalle técnico que a nadie parece importarle realmente, sino la fe ciega con la que nos invita a comulgar. Nos pide creernos que la alta política es poco menos que una reunión de villanos de opereta, donde los presidentes se codean con empresarios de dudosa reputación para repartirse el botín entre cafés y secretitos. Es una visión tan cinematográfica, tan falta de matices y tan llena de ese costumbrismo negro de los carcamales, que uno casi espera que, al final del acta judicial, aparezca el supercomisario Villarejo para decirnos que todo ha sido un malentendido provocado por una mala digestión de la comilona post mitinera de anoche. Mientras tanto, los ciudadanos asistimos mirándonos los unos a los otros, con la misma estupefacción que siente el que ha pagado una entrada para ver un drama de Shakespeare y se encuentra, en cambio, con una función de títeres. 

El problema de convertir el Parlamento en una oficina de denuncias sin pruebas es que, cuando de verdad tengamos algo importante que investigar, ya no quedará nadie en la platea que se crea nada de la función. Pero eso, claro, parece ser un riesgo que el señor Feijóo está dispuesto a correr, siempre que el telón caiga sobre el señor Sánchez, aunque sea sobre los escombros de la propia dignidad institucional, que a él no le preocupa ni le ha preocupado nunca, de lo que nos da pruebas a diario. Hoy lo ha hecho de nuevo.

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