domingo, 1 de marzo de 2026

Manual para una guerra injusta


Hace días que se esperaba el ataque. Hoy, los mapas que estudiamos en los colegios e institutos nos engañan. Sobre el papel, Irán es un país lejano, al este de un mar con nombre de golfo, atravesado por rutas de petróleo.  Esta mañana, sin embargo, en las pantallas de TV, Irán es un blanco móvil: una diana luminosa donde dos aliados se reparten el derecho de apretar el gatillo y luego llamar a eso “defensa”, “libertad” o “orden internacional”.

Washington y Tel Aviv se consideran a sí mismos la cima del mundo.  Uno se sabe imperio y el otro frontera armada hasta los dientes. Uno perdió hace tiempo la inocencia y el otro la reclama como coartada permanente.  Juntos convierten en realidad su viejo sueño, el país más fuerte, la fortaleza más segura, el tránsito más vigilado de petróleo y mercancías. Para ello necesitan un presente de sirenas, misiles y que sirios, libaneses, gazatíes, e iraníes aprendan el idioma universal del miedo.

Las guerras de hoy no empiezan con un disparo sino con una frase.  Ayer fueron las “armas de destrucción masiva” en Irak, un fantasma químico agitado como espantajo ante las cámaras.  Hoy es la “capacidad armamentística” de Irán, ese monstruo que siempre está a punto de ser destruido del todo, pero nunca lo suficiente como para tener que dejar de bombardear.  Con la palabra preparan el terreno, los titulares empiezan a excavar las trincheras, y el experto militar del plató nos pone la venda antes de la herida.

Hace un momento, el genocida  que sigue de presidente israelí y el americano presidente premio Nobel de la guerra,  proclamaban que las bombas caerán para liberar al pueblo iraní, si alguien muere son daños colaterales para alcanzar un bien mayor.  Se les promete libertad desde la cabina del avión que no verá nunca sus rostros, ni sus mercados, ni sus escuelas, ni sus hospitales. Es triste comprobar que la libertad les llegue en forma de explosivo inteligente, que siempre sabe muy bien a quién mata y a quién deja sin luz ni agua. Irán ha respondido, y ya algún tertuliano ha vuelto con las frases que ya conocemos de memoria: “Israel tiene derecho a defenderse”, “nuestro aliado ha sido injustamente atacado”, “la comunidad internacional no puede mirar hacia otro lado”. ¿Os suenan?

Mientras tanto, la comunidad internacional mira hacia el lado de siempre, hacia el otro.  Bruselas convoca ya sus reuniones urgentes, redacta esos comunicados equilibrados y equidistantes, y distribuye silencios siempre desiguales.  La Unión Europea, Canadá, los socios ejemplares de la OTAN repiten ese catecismo incumplido del derecho internacional, del orden basado en normas, de la necesidad de no premiar al agresor.  Pero cuando el agresor lleva su firma, su escudo, su industria, las normas se vuelven flexibles y el derecho se archiva en una carpeta en la que se puede leer cómo título “circunstancias excepcionales”.

En la otra cara del mapa, allí donde no llegan los drones, se dedican a hacer sus encuestas.  En Estados Unidos, la mayoría de los ciudadanos no quiere una guerra con Irán, pero su opinión es ignorada por su industria armamentista, los planes se afinan igual, los portaaviones se colocan frente a las costas adecuadas, los escenarios se ensayan como si fueran películas de acción con presupuesto infinito.  Primero ataca Israel; luego, Estados Unidos acude “en su ayuda”, como si no hubiera escrito el guion desde el principio.  La muerte siempre tiene una buena coordinación diplomática.

Galeano decía que el mundo al revés premia al revés, educa al revés, vive al revés. En este mundo al revés, las guerras se venden como operaciones de paz, los bombardeos como manuales de derechos humanos, los ejércitos como soldados en misiones humanitarias, pero con uniforme de camuflaje.  Al petróleo se le llama “seguridad energética”, al estrecho de Ormuz le llaman “arteria del comercio mundial”, pero los muertos no tienen nombre porque estorban en los gráficos del PIB americano.

Queda la pregunta, tan vieja como nueva ¿dónde termina la patria de los que mandan y dónde empieza el país de los que mueren?  Seguro que en algún despacho ya se firma la próxima fase de la ofensiva, mientras en alguna casa de Teherán, de cualquier barrio anónimo, una madre revisa la despensa y calcula cuántos días podrá mantener a sus hijos sin jugarse la vida saliendo a buscar alimentos.  Seguro que a esa madre no se le pasa por la cabeza que ella es parte de una “estrategia geopolítica”, pero ni falta que le hace. A ella le basta con escuchar el cielo lleno de ruido. A mí me basta con un mapa lleno de mentiras.

Es un buen momento para recordar a Martin Niemöller "Primero vinieron por los socialistas, y guardé silencio porque no era socialista. Luego vinieron por los sindicalistas, y no hablé porque no era sindicalista. Luego vinieron por los judíos, y no dije nada porque no era judío. Luego vinieron por mí, y para entonces ya no quedaba nadie que hablara en mi nombre”


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