miércoles, 25 de marzo de 2026

Castilla y León: democracia auténtica en un país vacío.


Qué tiempos aquellos en los que cambiar cuarenta años de gobierno socialista en Andalucía era para la derecha “higiene democrática”, y ahora en Castilla y León, donde camino de 43 años del PP, eso se llama “democracia auténtica”.  No es solo un doble rasero retórico: es la normalización de una hegemonía conservadora construida sobre una comunidad que se vacía, que envejece y vota con resignación a los mismos de siempre.

Las elecciones de Castilla y León confirman al PP como primera fuerza, seguido de un PSOE que no se hunde, y mientras Vox se afianza, pero que no se dispara cómo esperaba. La suma es conocida: la derecha mantiene una mayoría holgada, pero el PP sigue dependiendo de Vox para gobernar, por mucho que Feijóo insista en que el voto ultra “fortalece al sanchismo” y que sus votantes son poco menos que ingenuos engañados.  Si alguien fortalece algo, los números dicen que el voto a Vox a quien fortalece es al PP, y el voto al PP mantiene en el poder al bloque PP–Vox.

La paradoja es que esta tendencia se consolida en la comunidad que mejor encarna la España vaciada: Castilla y León que cerró 2025 con 16.000 personas menos de saldo vegetativo, uno de los peores del país, y solo un leve crecimiento de población gracias a la llegada de extranjeros.  En comarcas como La Cabrera, Sanabria o Tierra de Campos, el mapa demográfico es el de un territorio que pierde jóvenes, acumula ancianos y se queda sin reemplazo generacional.  El votante típico de esas zonas acude a las urnas como a una romería, con fidelidad hacia la derecha, con poca esperanza de cambio y la certeza de seguir de que seguirá siendo secundario en la agenda real de poder. Pero lo hace.

Es ahí donde la comparación con Andalucía es especialmente hiriente: lo que allí era “turno higiénico democrático” tras décadas de socialismo, aquí es una simple continuidad virtuosa, aunque el paisaje social sea un experimento a cielo abierto de desertización humana.  Nadie entre los conservadores plantea que quizá la verdadera higiene democrática sería preguntar por qué una comunidad que se desangra en nacimientos, empleo y servicios públicos sigue votando a quienes han pilotado ese proceso durante décadas.

En el otro lado del tablero, las elecciones dejan un mensaje durísimo para la izquierda a la izquierda del PSOE. En esa izquierda no se consigue que los partidos territoriales sean la alternativa. Tampoco que por separado tengan nada que decir.  Las candidaturas ligadas a IU-Sumar y Podemos desaparecen de las Cortes, repitiendo el patrón de otras autonómicas: es la segunda vez que el espacio morado se queda fuera de un parlamento autonómico, aquí perdiendo del orden de 53.000 votos respecto a 2022.  No hablamos de una anécdota, sino del cierre de un ciclo: el que se abrió en 2014 prometiendo romper el bipartidismo y hoy se traduce en irrelevancia institucional en buena parte de la España interior. Para que en los pueblos les voten, esos partidos necesitan estar pegados al territorio. Espero que se haga autocrítica, es indispensable.

Y aquí es donde la despoblación deja de ser un “tema social” para convertirse en un dato estructural de la política. En un territorio envejecido, con miles de pueblos por debajo de los cien habitantes, el voto tiende a concentrarse en marcas conocidas, en redes clientelares y siglas percibidas como “serias”.  PP y PSOE se benefician de esa inercia, Vox ocupa el hueco del malestar cultural y los regionalismos (UPL, XAV, Soria ¡Ya!) intentan capitalizar agravios concretos, pero la izquierda alternativa llega tarde, mal y sin tejido local.

La despoblación castiga especialmente a quien no tiene organización local: cada pueblo que pierde vecinos pierde también interventores, concejales, cuadros medios, votantes militantes.  En la práctica, un municipio que se queda con veinte mayores y dos familias jóvenes es un terreno casi imposible para partidos que solo existen en Twitter o en las grandes ciudades; y Castilla y León, más que ninguna otra, es una comunidad de pueblos, no de ciudades. 

El resultado es un mapa político que parece estable, pero que está sostenido sobre un suelo que demográficamente se está rompiendo.  El PP presume de estabilidad mientras gobierna un territorio que se vacía año a año; el PSOE celebra acercarse al PP mientras asume que su flanco izquierdo se evapora; Vox consolida su papel de socio obligatorio; y la izquierda a la izquierda del PSOE mira desde fuera cómo se cierra la ventana de oportunidad abierta hace una década.

Perder 53.000 votos es un palo, hablaran para justificarlo de “voto útil”.  Pero palo es, y lo es precisamente en una comunidad donde cada voto progresista en la España vaciada pesa el doble: porque sostiene un escaño y porque sostiene la idea de que esos territorios no están condenados a elegir siempre entre continuidad conservadora o ultraderecha.  Quizá la higiene democrática que falta hoy en Castilla y León no es cambiar de siglas en el gobierno, sino asumir que no hay democracia auténtica posible en un país que se queda, literalmente, sin gente.

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