Andalucía llega a su día grande con el ruido de las sirenas todavía resonando en la memoria, entre hierros retorcidos en Adamuz, pueblos anegados por las lluvias y un gobierno que parece más pendiente del decorado que del guion. Hay algo brutalmente incoherente en ese contraste entre los discursos solemnes que se escucharan el 28 de febrero y la vida concreta de una Andalucía que madruga para encajar listas de espera, alquileres imposibles, aulas saturadas y una corrupción que siempre promete haber sido la última.
La víspera del Día de Andalucía también es un buen momento para recordar que la patria andaluza tiene una fosa común como una de sus direcciones más precisas. Que el cuerpo de Blas Infante posiblemente repose en la Fosa Monumento del cementerio de Sevilla y que el Ayuntamiento se haya negado a abrirla por pactos con una extrema derecha negacionista ,dice mucho de quién manda sobre la memoria y de quién prefiere dejarla bajo tierra.
La bandera que hoy se exhibe en balcones institucionales la tejieron las manos de las hijas y la esposa de Blas Infante, y nació al calor de una lucha por estatuto, dignidad, tierra y libertad. Costó vidas concretas, nombres y apellidos que rara vez se mencionan en los discursos oficiales. En cada pueblo andaluz hay fusilados y fusiladas por soñar una Andalucía más justa, y sin embargo los honores del 28F siempre se reservan a una lista de premios, medallas y reconocimientos incapaces de incomodar a nadie.
El Día de Andalucía no debería ser, solo un desfile de banderas verde-blanca y verde, himnos con piel de gallina y discursos complacientes sobre lo mucho que hemos avanzado. Lo que se celebra es aquel referéndum que quiso que Andalucía fuera más que una región de segunda, que reclamó autonomía plena, igualdad con las demás comunidades históricas y una promesa de derechos que hoy sigue en periodo de prueba.
Lo que muchas veces se olvida en la sede de San Telmo es que el 28F no conmemora la habilidad de un gobierno concreto para hacerse fotos, sino la obstinación de un pueblo por no resignarse a ser la periferia empobrecida, la mano de obra barata, un paisaje para turistas o la simple reserva de votos. Cuando un gobierno regional presume de Andalucía mientras recorta la sanidad, deja que los jóvenes emigren por falta de vivienda y empleo digno, tolera desigualdades educativas y mira para otro lado ante la corrupción, no está celebrando el Día de Andalucía: está celebrando el día de sí mismo.
Quizás, cómo haría Mario Benedetti, habría que decir que este 28F no necesita más himnos, sino más coherencia: menos patrioterismo de balcón y más patriotismo de centro de salud, de colegio público, de vivienda asequible y de memoria abierta, incluso cuando duele. Porque Andalucía será realmente de todos cuando no haga falta esperar años para una operación, ni meses para volver a casa tras una inundación, ni décadas para sacar a sus muertos de las fosas.
Solo entonces el Día de Andalucía dejará de ser una fecha en el calendario para convertirse en lo que prometía ser: un proyecto compartido de dignidad cotidiana.
No hay comentarios:
Publicar un comentario