Hay fechas en nuestra historia que dejan al desnudo al régimen franquista mejor que cualquier discurso. Hacía unos meses de la muerte del dictador, pero aún vivía la dictadura. Tal día como ayer, 3 de marzo de 1976 en Vitoria-Gasteiz, es una de esas fechas. La ciudad en huelga, miles de trabajadores organizados en asambleas, una iglesia llena y un Estado que respondió con gases, pelotas de goma y balas reales. Cinco obreros asesinados, más de cien heridos. Eso es pasado, pero no lo es que cincuenta años después, todavía hay quien nos habla de Transición “modélica”, y nadie lo hace de la impunidad de culpables.
Lo que ocurrió en la parroquia de San Francisco de Asís no fue un accidente ni un “exceso” policial, sino una operación planificada para romper un ejemplo que estaba dando una clase trabajadora que se había dotado de sus propias herramientas de democracia (huelga general, comisiones representativas, asambleas masivas) y que empezaba a ser considerada peligrosa por poner en cuestión no solo los salarios y los convenios, sino quién mandaba realmente en las fábricas y en las calles. Vitoria era la demostración práctica de que la ruptura democrática podía venir desde abajo y la respuesta del franquismo tardío fue la decisión de disparar.
Conviene no perder de vista el escenario que vivíamos esos días: Franco llevaba poco muerto, el rey Juan Carlos I encabezaba un Estado que seguía siendo franquista en su aparato policial, militar, judicial y económico, y el Gobierno de Arias Navarro, con Fraga al frente de la represión, intentaba vender una “reforma” pero sin tocar los pilares del régimen. Frente a ese guion, los trabajadores de Vitoria ensayaban otra clase de transición, la organizada en comités, en asambleas abarrotadas, con reivindicaciones que iban de los salarios a la amnistía, a la reducción de jornada y al derecho efectivo a huelga.
Por eso me duele tanto el relato posterior. Porque la historia oficial nos habla de la Transición cómo un paso suave del franquismo a la democracia gracias a la responsabilidad de las élites, mientras deja en los márgenes del relato a quienes paralizaron ciudades enteras con huelgas, desde el cinturón industrial de Madrid hasta Euskadi. Lo sucedido en Vitoria desmiente ese mito al mostrar que la Transición fue también un conflicto abierto entre un pueblo trabajador que empujaba hacia la ruptura y unos poderes que aceptaron ceder libertades a cambio de conservar su núcleo de poder.
Pero la matanza no frenó la movilización, al contrario, la huelga general del 8 de marzo en Euskadi y Navarra, con cientos de miles de trabajadores parados, dejó claro que al miedo se le había puesto límite, y convirtió los sucesos de Vitoria en uno de los golpes que aceleraron la caída de Arias Navarro y que empujaron al sistema hacia Suárez y con él vino la legalización de partidos, los pactos con las direcciones de la oposición, la amnistía a los presos políticos. Pero también blindar la impunidad de los crímenes de Estado. Vitoria fue el arranque del motor, pero luego los frutos se administraron desde arriba, no desde las asambleas.
Claro que la memoria de Vitoria molesta al relato dominante, porque no puede borrarse de la historia. No son grandes figuras políticas ni personajes institucionales, ni lideres de partidos, solo son obreros de la metalurgia, transportistas, profesorado, jóvenes venidos de otros pueblos de España que encuentran en la ciudad una cultura política de asamblea y solidaridad. No se movían al dictado de las direcciones sindicales, desbordadas y temerosas de un conflicto que no controlaban, sino desde comisiones elegidas en los centros de trabajo.
Era autoorganización obrera, algo que hoy suena casi a exótico, un concepto que es el gran ausente del sindicalismo actual, más centrado en la negociación institucional que en la construcción de poder en los centros de trabajo. Y sin embargo, cuando miramos a nuestro alrededor y vemos riders con trabajos precarios, sanitarios reventados de turnos, alquileres imposibles que convierten a miles de trabajadores en pobres con contrato, vemos como la lección de Vitoria se vuelve contemporánea, porque sin organización desde abajo, sin asambleas, sin conflicto, los derechos nunca llegan.
No se trata de que idealicemos el pasado, sino de aprender de él. Aquellas asambleas fueron capaces de unir demandas económicas con demandas políticas en una misma reivindicación. Hoy, muchas de las luchas más avanzadas (por el clima, por el feminismo, por la vivienda) están intentando lo mismo que entonces, vincular las condiciones de vida y la democratización real de la sociedad. Volver a recordar los sucesos de Vitoria es preguntarnos qué pasaría si hoy volviéramos a esas reivindicaciones en los tajos, en los hospitales, en las plataformas logísticas, en los call centers donde se precariza el trabajo y con él la vida.
Cincuenta años después, ningún responsable político ni policial ha sido condenado por aquellos asesinatos del 3 de marzo. Las causas se archivaron, la justicia española ha bloqueado incluso los intentos de investigar desde otros países, y solo ahora el Estado ha reconocido formalmente la iglesia de aquellos acontecimientos como Lugar de Memoria Democrática. Es un gesto, pero insuficiente porque no puede haber democracia plena sin verdad, justicia y sin reparación para las víctimas de la violencia del Estado.
Esa impunidad no es algo del pasado, sino parte de la misma lógica que hoy dificulta la depuración de responsabilidades en casos de violencia policial, que pone trabas a la investigación de torturas en comisarías durante décadas, que convierte en excepcional cualquier condena a algunos agentes del Estado por vulneración de los derechos humanos. Si se miran con honestidad los sucesos de Vitoria, no se puede seguir sosteniendo que aquí todo se arregló “ejemplarmente”.
Por eso es tan importante que, en este 50 aniversario, se enlacen los funerales de entonces con las luchas de hoy. No es nostalgia sino una reivindicación de memoria frente al olvido institucional, una forma de recordar que la democracia se defiende en la calle tanto como en las instituciones, y es una invitación a seguir peleando por salarios dignos, por servicios públicos, por el derecho a la vivienda, por el cuidado del clima. Es una forma de reconocimiento a esos cinco trabajadores asesinados.
Los sucesos de Vitoria no son solo pasado, sino preguntas incómodas que todos debemos hacernos ¿quién paga el precio de cada conquista social?, ¿qué hacemos con esa deuda?, ¿vamos a permitir que la palabra “modélica” siga tapando los disparos mientras se precariza la vida de otra generación de trabajadores? Responder a esas preguntas no es nostalgia, sino una tarea urgente.
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