Los detractores de Díaz por la izquierda hoy optan por calificativos de traidora, o sencillamente ensalzan a Montero y Belarra. Pueden que sin saberlo alejen a votantes de esa posición ideológica. En la derecha respiran aliviados por considerar que ya tienen un obstáculo menos. Allá ellos y su forma de entender la política. Me preocupa más lo que está por venir. Veamos.
Díaz anuncia que no será candidata en 2027, pero no abandona el Gobierno ni la política institucional de inmediato, lo que deja un periodo de transición en el que puede intentar “amortiguar” el golpe y contribuir a una recomposición. Para la derecha, este tiempo se interpreta como una prórroga de un Gobierno debilitado que conviene desgastar, no derribar: cuanto más llegue la izquierda a 2027 con el relato de división y agotamiento interiorizado, más fácil será construir una mayoría alternativa sólida. La renuncia de Yolanda Díaz cierra un ciclo de liderazgo personal en la izquierda confederal y reabre en serio la disputa por la hegemonía a la izquierda del PSOE, al tiempo que consolida el marco de “fin de ciclo” que la derecha lleva tiempo explotando para deslegitimar al Gobierno de coalición, y al que parte de la izquierda contribuye a sabiendas.
La renuncia de Yolanda Díaz no es solo un gesto personal (como no lo fue la renuncia de Iglesias en su día), sino un punto de inflexión en la estructura de competencia del sistema de partidos español. Para la izquierda, obliga a redefinir liderazgo, formas organizativas y estrategia de unidad; para la derecha, ofrece munición narrativa y una oportunidad estructural para que la fragmentación ajena se traduzca en poder institucional propio.
Para contrarrestar las consecuencias de la renuncia, la izquierda tiene que convertir un “fin de ciclo personalista” en un inicio de ciclo organizativo y estratégico, y eso exige actuar a la vez en tres planos: liderazgo, arquitectura de unidad y relato político.
Se debe reordenar el liderazgo sin guerra de sucesión. Aplazar el casting de nombres y fijar primero el “perfil” de liderazgo que se necesita con anclaje territorial y solvencia programática (economía, clima, servicios públicos). Quien lidere debe ser producto de un proceso acordado (primarias pactadas, mecanismo de designación colegiada), no de una pelea mediática Sumar vs Podemos vs IU, porque cada semana de guerra de sucesión alimenta el marco de división que interesa a la derecha.
Se debe pasar del personalismo al proyecto confederal serio. Acelerar lo que ya se estaba gestando: una coalición estable entre IU, Comuns, Más Madrid y Movimiento Sumar, con órganos comunes, reglas de decisión claras y reparto de responsabilidades conocido, y puertas abiertas a otras fuerzas. Convertir esa coalición en un sujeto político reconocible para 2027, no solo una etiqueta electoral de última hora: portavoces reconocidos, presencia continuada en conflicto social (vivienda, sanidad, clima) y estructura territorial funcional “barrio a barrio, calle a calle y municipio a municipio”.
En tercer lugar, se tiene que resolver la cuestión de la unidad electoral. Tomar en serio el diagnóstico de Rufián y de buena parte de la demoscopia: con el sistema electoral y las encuestas actuales, la dispersión a la izquierda del PSOE regala escaños a PP y Vox. Trabajar desde ya en escenarios de unidad escalonada: mínimo: Sumar + Podemos reeditando coalición en 2027; intermedio: suma confederal (Sumar, Podemos, ERC, BNG, Bildu) por circunscripciones; máximo: frente plurinacional amplio en provincias pequeñas y medias. Cada nivel exige método, calendario y “líneas rojas” explícitas para no llegar a última hora repitiendo 2023.
Se ha de reconstituir el relato: de “agotamiento” a “segunda generación”. Romper el marco de “agotamiento del 15M” con una narrativa de “segunda generación”: no negar el fin de un ciclo, sino presentarlo como paso a una izquierda que aprende de errores (hiperpersonalismo, conflictos públicos, débil implantación local) y corrige rumbo. Centrar el discurso menos en la épica identitaria de sigla y más en el conflicto material: salarios, alquileres, listas de espera, emergencia climática, con propuestas claras y medibles, y apropiarse sin complejos de los logros de gobierno (laboral, SMI, permisos) como patrimonio colectivo de la izquierda y no solo de Díaz.
Se debe diseñar una estrategia frente al PSOE y frente a la derecha. Con el PSOE: combinar lealtad de bloque frente a PP–Vox con diferenciación programática nítida (fiscalidad progresiva, vivienda, clima, modelo territorial) y exigir acuerdos que refuercen la visibilidad de la izquierda confederal en el Gobierno y en el Parlamento. Frente a la derecha: unificar mensaje en torno a dos ideas fuerza: el giro de bloque a la derecha es resultado directo de la fragmentación y la abstención progresista; solo un bloque progresista cohesionado puede frenar una mayoría absoluta que los propios sondeos ya anticipan como verosímil si nada cambia.
Si la izquierda quiere que la renuncia de Díaz marque un “punto de inflexión” sin convertirse en preludio de derrota, necesita disciplinar su competencia interna, construir un sujeto confederal real y ofrecer una narrativa de segunda generación que explique para qué sirve aún una izquierda alternativa en un escenario de derechización social que estamos sufriendo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario