Mientras Trump dinamita la legalidad internacional y Von der Leyen arrastra a la UE hacia unas relaciones entre países sin reglas, Feijóo ha elegido alinearse con ellos. El PP renuncia a defender los intereses y la soberanía jurídica de España para presentarse como socio dócil del nuevo poder atlantista, incluso cuando eso implica aceptar amenazas, aranceles y violaciones del derecho internacional contra su propio país.
Feijóo ha encontrado por fin su lugar en la historia del PP. No como el moderado que prometía recomponer los puentes del centroderecha, sino como el dirigente que ha arrodillado a su partido ante un Trump que dinamita la legalidad internacional mientras Von der Leyen le sostiene la mecha. El PP, que podía haber sido freno conservador europeo a esa deriva autoritaria y unilateral, ha optado por ser su sucursal peninsular, dispuesto a sacrificar principios, reputación exterior e incluso intereses económicos de España con tal de alinearse con el nuevo mundo sin reglas diseñado desde Washington y Bruselas.
El cinismo de Feijóo es doble. En España se envuelve en la bandera, se presenta como garante de la “seriedad” institucional y acusa al Gobierno de romper consensos y “debilitar la posición de España en el mundo”. En Europa, en cambio, respalda sin matices a la presidenta de la Comisión que ha certificado de facto la defunción del sistema internacional basado en reglas, fundamento de la acción exterior de la UE. El mismo dirigente que denuncia la supuesta irresponsabilidad del Ejecutivo guarda silencio cuando Trump amenaza con aranceles o adopta medidas unilaterales que golpean a sectores estratégicos de la economía española. No es incoherencia, es una jerarquía de lealtades, primero el bloque ideológico, muy después el país.
La derecha española siempre ha tenido en su historia una relación complicada con el derecho internacional, pero esto es un salto cualitativo. La presidenta de la Comisión quiere arrastrar a Europa a un mundo sin reglas, al estilo de Trump y Putin, donde el reparto de zonas de influencia sustituye a la legalidad, el secuestro de mandatarios y los bombardeos sin mandato de la ONU se normalizan como herramientas políticas y el multilateralismo se queda en retórica. Frente a este desplazamiento, España, Francia e Italia han defendido la legalidad internacional y se han posicionado contra la guerra con Irán; sin embargo, el PP no hace suya esa defensa y se sitúa más cerca de la lógica de poder que del respeto a los tratados.
Feijóo llegó a la dirección del PP vendiéndose como gestor prudente, heredero de una tradición gallega de sensatez. La práctica es una mezcla de cobardía y oportunismo. Cobardía, porque renuncia a formular una posición soberana de país cuando Trump señala a España como objetivo económico o político, y prefiere usar esa amenaza como munición contra el Gobierno. Oportunismo, porque intuye que el viento sopla hacia un orden de bloques duros y concluye que lo rentable es ponerse del lado del matón antes que defender un sistema de normas que exige coherencia, límites y, a veces, decir “no” al aliado poderoso.
Feijóo podría haber elegido otro papel para sí mismo y para su partido. Podría haber sido el líder conservador que, desde el respeto a la tradición atlantista, marcara líneas rojas claras: ni aranceles a España, ni ataques a la ONU, ni bombardeos sin mandato, vengan de quien vengan. Podría haber recordado a Von der Leyen que el poder de la UE reside en su capacidad para obligar a los grandes a respetar las reglas, no en su empeño por imitarlos en el desprecio a la ley cuando conviene. Podría haber reclamado para España un lugar propio y digno en la defensa de un orden internacional que tanto costó construir tras la barbarie del siglo XX.
Ha elegido lo contrario. Ha optado por ser la voz dócil de un proyecto que rebaja a España de sujeto a objeto en la escena internacional y que convierte a la derecha española en comparsa entusiasta de un mundo sin reglas donde países como el nuestro solo pueden aspirar a adaptarse a las decisiones ajenas. Cuando dentro de unos años alguien tenga que explicar cómo Europa pasó de defender el derecho internacional a celebrar al dirigente que se lo saltaba, será difícil omitir el nombre de Feijóo entre los responsables políticos que, pudiendo haber dicho “hasta aquí”, prefirieron mirar hacia otro lado.
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