No ha dicho tanto, pero ha dado un paso hacia la verdad. El rey Felipe VI ha dado un paso valiente al reconocer “mucho abuso” en la conquista de México, un gesto que trasciende la mera corrección política y abre la puerta a una reconciliación genuina entre España y América Latina. Desde mi visión, este acto no solo valida evidencias históricas irrefutables como las matanzas documentadas por cronistas de la época y el colapso demográfico indígena (de 25 millones a 1 millón en un solo siglo), sino que subraya una lección clave, que asumir errores pasados fortalece lazos diplomáticos en un mundo hoy interconectado.
Reconocer abusos no equivale a una autoflagelación ni a reescribir la historia con los ojos del presente, como critican los sectores conservadores en España. Al contrario, es un acto de madurez política que humaniza a las naciones y facilita la cooperación futura. Países como Alemania, que asumió el Holocausto, han construido relaciones sólidas con Israel y Europa sin perder orgullo nacional. En el caso de España y México, este gesto real podría impulsar acuerdos comerciales, culturales y migratorios, transformando un legado controvertido en un puente de prosperidad compartida. Negarlo, como hacen voces de Vox o el PP, solo perpetúa divisiones estériles y debilita la influencia global de España.
Esta dinámica histórica no es solo pasado, sino que resuena en tensiones contemporáneas. Así como la colonización española justificó la violencia con misiones “civilizadoras”, las acciones de Israel y EE. UU. en Gaza (bombardeos masivos y desplazamientos forzados ante Hamás) se amparan en narrativas de autodefensa que ignoran abusos documentados contra civiles palestinos. Del mismo modo, las sanciones de EE. UU. contra Venezuela y su presión sobre Cuba evocan tácticas coloniales de control económico, disfrazadas de promoción democrática y antes denominadas “evangelización”, que asfixian poblaciones sin resolver las raíces profundas de esas situaciones. Asumir estos errores, como propone Felipe VI, podría desescalar : Israel ganaría legitimidad reconociendo excesos en Gaza; EE. UU., al levantar bloqueos en Venezuela y Cuba, fomentaría estabilidad en el hemisfério sur en lugar de confrontación.
En definitiva, la historia enseña que la humildad geopolítica no debilita, sino que empodera. España, al liderar con ejemplo, además de generar críticas internas que niegan los hechos históricos, podría inspirar a potencias actuales a priorizar la empatía sobre el orgullo, mejorando relaciones entre pueblos en un orden mundial hoy demasiado fracturado. Yo quiero esta España digna y respetuosa con el derecho internacional y respetada en el mundo, no la que quiere una derecha sometida a los caprichos de los tiranos, sin pensar en que no necesitamos enemigos externos, que ellos ya se bastan solos aun viviendo aquí.
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