En España, lo más sorprendente no es que tengamos sol, costa y selección de fútbol competitiva, sino que nuestras instituciones lleven décadas especializándose en el arte de funcionar al revés de como deberían hacerlo según la Constitución. Sobre el papel disfrutamos de una escrupulosa separación de poderes, pero en la práctica, el sistema se parece más a una merienda en la que jueces, obispos, banqueros y ministros comparten mantel, sobremesa y, llegado el caso, hasta el mismo abogado de cabecera. Democracia de mentirijilla.
La judicatura, que debería ser el árbitro imparcial en este partido, ha desarrollado una puntería política digna de estudio, porque siempre suele errar el tiro cuando enfila a las élites conservadoras, mientras afina la puntería cuando se trata de dirigentes de izquierdas. No es necesario que nos imaginemos salas judiciales empapeladas con portadas de prensa afines; basta con observar los resultados: unos salen de los tribunales con la reputación reforzada, mientras otros entran en los juzgados como quien accede a un laberinto procesal sin conocer si hay salida.
En este reparto de papeles, las figuras del PP, tienen un protagonismo peculiar. Ejemplos de ello son Montoro que no es solo un exministro, sino un personaje digno de novela: un contable discreto que al final, resulta ser el dueño de la editorial, del edificio y, si se descuida, de la calle entera. Una Ayuso y su pareja, que funcionarían bien como pareja de una comedia en la que ella actúa como presidenta eternamente indignada y él es un ejemplo de “ascensor social” que pasa de dependiente de grandes almacenes a figura destacada del sector sanitario privado cómo quien cambia de compañía telefónica. Y un Aznar que deambula por la escena como un villano empeñado en pulir su propio mito, indiferente a pequeñas incidencias como la guerra de Irak o la caja B del partido, episodios que en su biografía casi no ocupan espacio.
Pero lo más llamativo de estos protagonistas no es solo su historial, sino la calidad de su impunidad. Mientras el ciudadano de a pie precisa para poder dormir cada noche de infusiones para conciliar el sueño, estas élites conservadoras duermen a pierna suelta con la tranquilidad de quien sabe que, pase lo que pase, siempre habrá un juez comprensivo, un tertuliano generoso que lo defenderá y un prelado disponible para recordar que lo importante es la estabilidad.
Al otro lado de la cama, la izquierda y su periferia sociológica soportan un insomnio con mucho menos glamur. No porque acumulen más culpas, sino porque soportan más querellas, más campañas anónimas y más portadas alarmistas. Sus noches están llenas de acusaciones de financiación ilegal, cuentas en paraísos exóticos y conspiraciones varias, casi siempre sostenidas por rumores y recortes de prensa, que rara vez prosperan procesalmente, pero que bastan para mantenerlos en vela durante varias legislaturas.
Mientras tanto, aunque no se admita, la España institucional huele a rancio. Los obispos continúan mandando cartas pastorales, los guardias civiles siguen desfilando, los jueces lucen sus puñetas con una dignidad que ya quisieran muchos influencers, y una parte del periodismo continúa hurgando en el fondo de reptiles. A su alrededor, políticos de siempre, banqueros de siempre y aristócratas de siempre se reúnen en las mismas mesas de siempre, donde se decide, con buen humor y copa en mano, quién será investigado y quién merece una comprensión casi pastoral.
Sobre este decorado, las encuestas de intención de voto añaden una distopía: el probable triunfo del tándem PP‑Vox se anuncia como una revolución conservadora que amenaza con colapsar aún más la sanidad, deteriorar la educación pública y convertir la exaltación nacionalista y la formación del espíritu nacional en asignatura obligatoria cada semana. Lo estamos viendo donde gobiernan, los hospitales siguen abiertos, aunque atascados; las escuelas continúan, aunque con telarañas; y las plazas se llenan de actos patrióticos que mezclan mitin, romería y un karaoke de los Meconios. No faltarán himnos, banderas ni un repertorio inagotable de agravios históricos cuidadosamente seleccionados para justificar cada recorte con toda la épica posible.
Ante este panorama, el ciudadano de a pie hace lo que mejor sabe hacer: adaptarse. Desde los que compran melatonina para poder dormir ante esa España que se acerca, a los que apagan la televisión a la hora del parte, y los temerarios acostumbrados a leer el BOE como si fuera una novela de intriga, buscando entre órdenes y decretos la próxima jugada del poder.
Lo inquietante de esta novela que los poderes facticos nos están escribiendo es que, el argumento se complica y ya no sabemos quién es el detective, quién el villano y quién la víctima. Lo único que es seguro es quién puede dormir a pierna suelta y quién, antes de acostarse, mira por la ventana por si la justicia, los vecinos o la prensa han decidido convertir su vida en el siguiente capítulo de esta interminable comedia.
Y todo eso acontece mientras quienes más necesitan los servicios públicos, votan ciegamente a quienes les privaran de ellos. País de locos.
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