El PP ha celebrado un acto en el Congreso con motivo del 8M. No fue un acto feminista, sino una operación de propaganda cuidadosamente empaquetada. No se convocó para hablar ni de brecha salarial, ni de violencias, ni de cuidados o de derechos concretos de las mujeres, sino para legitimar una guerra sin mandato internacional, rehabilitar a Trump y utilizar el sufrimiento de las mujeres iraníes como munición política contra el Gobierno de España. Lo que debería haber sido una jornada institucional de consenso mínimo se transformó en un mitin en el que se acusó al presidente de estar “del lado de los asesinos” por negarse a ceder las bases de Rota y Morón para la ofensiva de Estados Unidos e Israel contra Irán.
La operación es tan transparente que ofende. El PP se apropia de la causa iraní y la encarna en la figura de Masih Alinejad para presentar el “no a la guerra” como complicidad con los verdugos. Álvarez de Toledo habla de “apaciguamiento” y “cobardía”, mientras Alinejad eleva a categoría de “liderazgo” los ataques ordenados por Donald Trump, como si la única forma de apoyar a las mujeres iraníes fuera aplaudir los bombardeos. En ese marco no hay espacio ni para el derecho internacional, ni para las sanciones, ni para la presión diplomática sostenida o para el apoyo real a la sociedad civil iraní. Solo queda la vieja lógica de: o estás con los misiles, o estás con los ayatolás.
Frente a esa caricatura moral, la posición del Gobierno español se intenta presentar como un capricho ideológico, cuando en realidad descansa sobre una línea roja jurídica y política: esa guerra no está amparada ni por la Carta de Naciones Unidas ni por los acuerdos que regulan el uso de Rota y Morón. Después de Irak 2003, negarse a poner territorio, logística y bases al servicio de una ofensiva sin cobertura legal no es cobardía, es la mínima coherencia con la lección aprendida a sangre y fuego. Se le puede reprochar al Ejecutivo falta de ambición diplomática, falta de apoyo más visible a las disidencias iraníes, pero convertir esa negativa en “estar al lado de los asesinos” es propaganda en estado puro.
El segundo eje del acto es aún más inquietante, porque es el secuestro del propio feminismo. Feijóo y los suyos se declaran portavoces del “feminismo de verdad” frente al supuesto “feminismo de salón” de los lazos morados y de las movilizaciones del 8M en España. Para apuntalar ese relato, contraponen las mujeres colgadas de grúas en Teherán a las mujeres que aquí llenan las calles para denunciar violencia machista, precariedad y brecha salarial, como si estas últimas fueran privilegiadas caprichosas que juegan a la revolución simbólica mientras otras se juegan la vida. El mensaje implícito es brutal: solo son feministas auténticas aquellas cuya tragedia sirve para justificar la agenda militar de Occidente; las demás son solo decorado.
La hipocresía alcanza niveles de caricatura cuando el referente de ese “feminismo de verdad” resulta ser Donald Trump. No se trata de un aliado incómodo en un tablero hoy complejo, sino de un dirigente que ha restaurado políticas antiabortistas entre las más restrictivas, ha retirado fondos a organizaciones de salud reproductiva y ha impulsado una ofensiva global contra el derecho al aborto que golpea sobre todo a las mujeres pobres, migrantes y racializadas. Presentar ese historial como compatible con la defensa de las mujeres iraníes no es un simple error de juicio: implica vaciar el feminismo de todo contenido material. Ya no hablamos de derechos sexuales y reproductivos, de autonomía económica, de libertad y seguridad; hablamos solo de una etiqueta utilizable cuando toca golpear a la izquierda.
En paralelo, el PP mantiene y reivindica pactos con una extrema derecha que niega la violencia de género, demoniza la educación sexual, se opone a la igualdad LGTBI y ha convertido la “ideología de género” en su gran enemigo cultural. En nombre de un supuesto “borrado de las mujeres”, se ataca la ley trans y se alimenta una guerra interna dentro del propio feminismo, mientras se abrazan sin pudor actores internacionales que sueñan con devolver a las mujeres al hogar, al silencio y a la tutela religiosa. El doble rasero es tan evidente que solo puede sostenerse con ruido mediático y moralina patriótica.
Lo que vimos en la Sala Constitucional del Congreso no fue un homenaje al coraje de las mujeres de Irán, sino un episodio más de la guerra cultural de una derecha que ha decidido que todo puede ser un instrumento: los cuerpos, las guerras, los derechos humanos y también el 8 de marzo. El mensaje de fondo es sencillo y peligroso: solo es feminismo el que bendice la agenda militar de Washington, solo es paz la que se impone a golpes, solo es patriotismo el que se arrodilla ante Trump y llama traidor a quien se atreve a decirle no.
Frente a esa impostura de la derecha, defender el “no a la guerra” y un feminismo que mire a Teherán sin dejar de mirar a Madrid, no es tibieza ni ingenuidad, es higiene democrática.
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