sábado, 7 de marzo de 2026

8 M en España hoy.

En España, al feminismo lo han convertido en una frontera política. El 8 de marzo ya no es solo una fecha, sino el escaparate de tres proyectos de sociedad.

Para Vox, el feminismo no es un movimiento social, sino una “ideología radical”, “supremacista”, incluso una “gran farsa”. El 8M se presenta como un día “pensado por y para la extrema izquierda”, capturado por élites que viven del “negocio de género” y de los “chiringuitos”. En su relato, no hay patriarcado ni desigualdad estructural, sino excesos feministas que “criminalizan al hombre” y ponen en riesgo la familia tradicional. Sociológicamente, Vox ofrece un refugio identitario a quienes sienten que las conquistas feministas amenazan su posición. Reemplaza a la mujer como sujeto de discriminación por el hombre como víctima simbólica, y convierte el feminismo en un signo de decadencia cultural más que en una respuesta a un problema real.

El PP ha entendido que declararse contra la igualdad de las mujeres es suicida, pero tampoco se siente cómodo en el marco del feminismo de izquierdas. Su fórmula consiste en hablar de “igualdad entre hombres y mujeres” y repetir que esta causa “no es patrimonio de nadie”. Participa en actos del 8M, defiende la lucha contra la violencia de género y la conciliación, pero evita conceptos como patriarcado o feminismo interseccional. Lo que propone es un feminismo liberal,  institucional: corregir brechas salariales, mejorar permisos y reforzar la respuesta frente a la violencia, sin cuestionar en serio el modelo económico ni la organización social de los cuidados. La desigualdad existe, pero se trata como un desajuste técnico, no como un conflicto de poder. El PP busca así ocupar el espacio del “sentido común”: cierto consenso en la igualdad, desconfianza hacia el “exceso ideológico”.

En la izquierda, el feminismo se ha convertido en identidad. El PSOE reivindica décadas de leyes de igualdad y se presenta como el gran motor de los avances, mientras que las fuerzas a su izquierda compiten por mostrarse más coherentes con la calle y con el movimiento feminista. La paradoja es que el 8M ha mostrado también sus fracturas: discrepancias sobre la ley del “solo sí es sí”, la prostitución o los derechos trans han terminado en choques públicos y manifestaciones divididas. La izquierda defiende un feminismo que entiende la desigualdad como estructura: género, clase, origen y orientación sexual se cruzan y generan jerarquías. De ahí parten las políticas de permisos, las leyes de igualdad y las medidas contra la violencia machista. Pero la pugna entre un feminismo más clásico, centrado en la categoría “mujer”, y otro más interseccional y que hace que una parte de la ciudadanía perciba el debate como lejano, demasiado técnico o enredado en guerras internas.

Resumido al máximo, llegamos al 8 M con este tablero: para Vox, el problema no es el machismo, sino el feminismo; para el PP, la desigualdad es un desajuste corregible sin cambiar demasiado el sistema; para la izquierda, el feminismo es una herramienta central de democratización, aunque a menudo se pierda en sus propias trincheras. Mientras tanto, desde un análisis más frio que el de los altavoces partidistas mediáticos, muchas mujeres viven la desigualdad en silencio, con contratos precarios, dobles jornadas, miedos y renuncias cotidianas que no caben en esos eslóganes. Quizás la pregunta clave de este 8M no sea quién se queda con la palabra feminismo, sino ¿quién está dispuesto a escuchar y a transformar esas vidas concretas, más allá de la batalla de los relatos?

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