Lo que algunos nos presentaron como el enésimo acto de suicidio político de Sánchez, les ha durado en pie lo que tarda un gráfico del Brent en ponerse rojo. Los mismos medios que horas antes le empujaban al borde del abismo han descubierto de pronto que cerrar el estrecho de Ormuz no es un juego de tertulianos, sino una bomba de relojería para la economía europea y asiática, y han virado sin remedio teniendo que tragarse sus palabras.
Lo que no acaban de admitir y afirmar públicamente es que en esa coreografía, quien sí se ha quedado solo es el PP, aferrado a su propaganda como a un flotador que se está deshinchando, recitando el argumentario de siempre mientras el escenario ha cambiado no solo de acto sino hasta de la obra que en el se representa. Mientras todos hablan de seguridad energética, de cadenas de suministro, de reservas estratégicas… el partido de Feijóo sigue instalado en el “Sánchez es el problema”, como si la factura del gas y la prima de riesgo fueran asuntos secundarios frente al deber patriótico de machacar al Gobierno por lo civil o lo criminal.
Y ahí aparece Giorgia Meloni, convertida en un inesperado espejo en una galería de deformantes. Cuando la oposición italiana le reprocha sus decisiones, ella responde, casi con una carcajada: “No entiendo por qué la izquierda de nuestro país elogia a España cuando está haciendo exactamente las mismas cosas que Italia”. Es decir: Madrid y Roma firman lo mismo, asumen lo mismo y se alinean en lo esencial, mientras en España se sigue vendiendo la novela de un Sánchez aislado, radical y fuera de Europa.
Admítanlo señores votantes de las derechas hispanas, la escena roza lo grotesco: la ultraderecha italiana reivindicando que España va en su misma línea, y el PP retratado como una rareza continental, empeñado en contar a los suyos que el presidente vive en una esquina del tablero cuando quien permanece acurrucado en la esquina es el propio Feijóo.
Que no se lo cuenten al pobre Alberto, desde luego: bastante tiene ya con sostener el relato mientras la realidad, tozuda y poco colaboradora, le desmiente en directo cada día.
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