martes, 3 de marzo de 2026

Una guerra al revés: quién pone las bombas y quién es el terrorista


La derecha y sus medios afines han conseguido que miremos al mundo del revés y, lo peor, es que casi nos están acostumbrando a ello. Nos repiten para que no se nos olvide, quiénes son “los buenos”, quiénes “defienden la democracia”, o quiénes solo se “protegen” con sus bombardeos preventivos. Y mientras, las cifras de muertos se van amontonando cómo daños colaterales en los márgenes de la realidad de la pantalla, con un pequeño matiz: casi todos esos muertos tienen la piel más oscura y si me apuran, el pasaporte equivocado.

Netanyahu, presentado durante años como “socio fiable” y defensor de la única democracia de Oriente Próximo, hoy encajaría mejor en los viejos relatos religiosos como un destructor de mundos, que en el álbum de familia de las democracias liberales. Trump y sus imitadores europeos, siempre tan preocupados por la civilización occidental, que comparten un rasgo con él cómo es su desprecio por las vidas que no entran en su comunidad moral. No son errores, no son excesos: es una jerarquía sobre el valor de las vidas perfectamente asumida por la derecha.

Han convertido la palabra “terrorista” en uno de los instrumentos más eficaces para establecer esa jerarquía. Los estados militarmente más poderosos bombardean, invaden, ocupan y se reservan el derecho a hacerlo tantas veces como quieran y cuando les dé la gana. A eso lo llaman doctrina de seguridad, ataque preventivo, defensa de fronteras. Los que responden desde el otro lado, como pueden y con lo que tienen, se han convertido de inmediato en terroristas. La violencia vertical de los poderosos se llama orden; la violencia de los que están abajo, barbarie. El mismo misil cambia de nombre según quién lo lance.

Todo esto sería grotesco si no fuera tan trágico. Porque los mismos que van a misa diaria y se declaran provida en sus discursos parlamentarios, los que se indignan ante la sola palabra aborto, cierran filas después ante miles de niñas y niños destrozados bajo bombas inteligentes. No les tiemblan las piernas ante los hospitales reventados por bombas, pero sí se manifiestan ante una clínica de planificación familiar. Son tan cínicos, que se confiesan buenos cristianos mientras aplauden el castigo colectivo, la venganza infinita, el ojo por toda la cara, la Furia Épica. El sermón de la Montaña lo reducen a un sermón de su pantagruélica sobremesa, de mucho golpe de pecho, pero pocas bienaventuranzas.

En la Europa a la que pertenecemos, el reflejo de esa hipocresía tampoco es precisamente edificante. Han convertido la complicidad en rutina diplomática. Se reciben con honores a dirigentes que acumulan muertos en sus fronteras; se firman contratos, se estrechan manos, se brinda por la estabilidad. Quien se atreve a recordarnos que, quizá haya algo de genocida en ese socio estratégico es acusado de irresponsable, extremista, antisemita o aliado del caos. Y luego nos preguntamos por qué los discursos de odio encuentran el terreno abonado también aquí.

La coartada preferida por la derecha sigue siendo la de siempre: no va de sangre, va de libertad, de seguridad, de valores. Pero bajo esas capas de eufemismo se percibe con bastante claridad la vieja realidad de su ideología: esto va del dominio de la gente blanca sobre los pueblos que no lo son. Va de quién decide qué gobierno es legítimo o qué resistencia es aceptable. Va de quién reparte los carnés de civilización y quién se queda siempre al otro lado de la valla, del muro o del mar. O dicho más crudamente, qué víctimas merecen portada y cuáles no.

El resultado de todo esto no es solo la devastación material de un país, sino también una devastación moral que nos alcanza de lleno. Cada bomba que justificamos abre una grieta más en esa ficción de “comunidad internacional” y “valores occidentales” que nos repiten para intentar que durmamos mejor. Cada vez que nos tragamos, muchos ciudadanos sin siquiera masticar el relato de los ataques preventivos, cada vez que aceptamos que unos muertos valen menos que otros, estamos sembrando lo que luego llamaremos con sorpresa: nuevos fanatismos, más odio. No hace falta ser ni genio ni profeta para saber, que de esta contabilidad desigual que hacen solo saldrán más atentados, más guerras, más miedo.

Quizá el primer gesto de higiene democrática de los ciudadanos honestos sea dejar de repetir ese lenguaje con el que nos venden este mundo al revés. Llamar a las cosas por su nombre: supremacistas a los supremacistas, genocidio al genocidio, hipocresía a la hipocresía. Recuperar palabras como democracia, paz o derechos humanos para que no sean la coartada de los que bombardean, sino la exigencia de los que son bombardeados.

Y, sobre todo, empezar a contar todos los muertos (incluidas las más de 150 niñas iranies, aunque Esperanza Aguirre diga que su muerte es un bulo), también a los que no se parecen a nosotros, también los que caen lejos de nuestro país. Nos guste o no, todos los muertos de una guerra que los europeos justifiquemos son parte de nuestra propia biografía, por permitir estos actos delictivos de Israel y EEUU. La historia nos enseña que pasarán una factura a Europa, y que no se va a solucionar con el rearme nuclear, esa última ocurrencia de Macron.


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