jueves, 5 de marzo de 2026

Trump: el precio de aplaudir al pirómano

Nos hemos acostumbrado a vivir en una paradoja. De un lado, protestamos por la gasolina, el gas natural y la electricidad, pero al mismo tiempo, de otro, una parte nada desdeñable de la opinión pública ve normal respaldar a quien ha convertido la energía y el comercio en armas políticas de presión global. Nos indignan las facturas, pero no parece indignarnos igual la vulneración del derecho internacional que alimenta esa inestabilidad que luego pagamos en la gasolinera y en el recibo de la luz.

Porque la guerra no es un fenómeno abstracto que ocurre “allí lejos”; pasa también por el surtidor y por el contador eléctrico. El encarecimiento de la energía no es una maldición bíblica caída del cielo, sino la consecuencia de decisiones políticas muy concretas: sanciones, bloqueos, reordenación de mercados, dependencia de determinados proveedores y, ahora, amenazas comerciales que se utilizan como palanca en negociaciones geopolíticas. Quien apoya a líderes que hacen de la guerra una herramienta y del comercio un castigo no puede luego sorprenderse cuando los costes de esa estrategia llegan a su bolsillo.

La figura de Trump es paradigmática. No solo por su desprecio explícito al multilateralismo y a las instituciones internacionales, sino por su disposición a usar aranceles y cierres comerciales, impulsivos y calculados a la vez, siempre buscando titulares y réditos internos a costa de terceros países. Cuando Trump amenaza con un cierre comercial o con aranceles desproporcionados a productos españoles, no está teniendo un arrebato temperamental, está utilizando deliberadamente nuestra dependencia exportadora como medio de presión. El mensaje es claro: o aceptáis mi juego, o castigo a vuestros agricultores, a vuestra industria, a vuestros trabajadores.

Lo sorprendente es la ligereza con la que parte de la conversación pública en España compra el marco que se le ofrece desde determinados medios: “Nos va a subir el aceite de oliva”, “el vino se va a poner por las nubes”, “el consumidor español será el gran perjudicado”. Siempre es igual, se construye así un relato de miedo inmediato al precio del supermercado, mientras se borra deliberadamente la pregunta de fondo: ¿quién ha provocado esta situación y con qué visión del mundo? Se nos invita a fijarnos en la etiqueta del precio, pero no en la firma que hay detrás de las políticas que lo encarecen. 

Lo irónico es que, desde un punto de vista básico de la economía, el discurso mediático no se sostiene. Si se restringen gravemente las exportaciones de aceite y vino a Estados Unidos, lo lógico sería que parte de ese producto quedara disponible en el mercado interno o tuviera que buscar otros destinos. Mayor oferta aquí suele significar menos alza sobre los precios y no más. Otra cosa es que entren en juego otros factores como los costes de producción, malas cosechas, desviar exportaciones a otros países, y lo más habitual, estrategias de los grandes grupos comercializadores. La idea de que “menos exportación es igual a subida del precio en el súper” es, como mínimo, discutible.

¿Por qué, entonces, se insiste tanto en ese relato? Porque es mucho más eficaz generar un miedo inmediato y concreto “mañana pagas más por la botella” que explicar la complejidad de las cadenas de valor globales, las tensiones geopolíticas y la fragilidad de un modelo de economía de mercado que ha entregado sectores enteros a la volatilidad de los mercados internacionales. El alarmismo selectivo es una herramienta política, porque sirve para desviar la culpa, para construir enemigos cómodos (la “Unión Europea blanda”, el “gobierno que no planta cara”, los “ecologistas que encarecen la energía”) mientras esos que crean las alarmas blanquean al actor que ha desencadenado la tensión arancelaria.

Mientras tanto, en la conversación política se produce un malabarismo que daría risa si no fuese tan trágico: se alienta el apoyo a Trump y a sus clones europeos en nombre de la “defensa de Occidente”, y al mismo tiempo que se denuncia que “nos castigan” con aranceles o que “la guerra nos sale cara”. Es como votar al pirómano y, cuando empieza a arder tu casa, echar la culpa a los bomberos por el precio del agua. No faltan tertulianos que, en la misma frase, ensalzan el “puño de hierro” frente a Irán y se quejan del coste del gas, sin conectar ambos hechos. Se ha naturalizado la esquizofrenia económica, y una mucho peor, la moral.

Conviene decirlo claro: no es neutral apoyar a quien dinamita el derecho internacional, desprecia a los aliados cuando le conviene y utiliza la interdependencia económica como arma de chantaje. No es un juego que se agota en el espectáculo televisivo porque tiene consecuencias. Cada bombardeo, cada sanción, cada amenaza arancelaria acaba reflejándose en el precio de los fertilizantes, del gasóleo agrícola, del transporte y, al final, en lo que pagamos por un litro de aceite o una botella de vino. Pretender que se puede separar el “espectáculo” de la política real es infantilizar a los electores.

¿Hay alarmismo injustificado? Claro que sí, pero es un alarmismo selectivo. Se exagera el impacto inmediato sobre el consumidor para generar miedo, mientras se minimiza la gravedad de apoyar a un líder que vulnera todas las normas del derecho internacional y desprecia cualquier lógica de cooperación. Sobredimensionan el posible encarecimiento del supermercado y se silencia el deterioro estructural de nuestro modelo de desarrollo rural y energético. Se nos dice: “lo importante es que hoy pagues un poco menos”, omitiendo que el camino elegido nos lleva a pagar mucho más, en dinero, en derechos y en autonomía.

El gesto más subversivo hoy es recordar la relación causa-efecto: si apoyas a quien convierte la guerra y el comercio en armas, asumirás sus consecuencias en tu vida cotidiana. Si quieres energía estable y un campo que viva de su trabajo en condiciones dignas, el camino no pasa por aplaudir a quien está dispuesto a sacrificar todo eso en su estrategia electoral. La coherencia, en estos tiempos, es revolucionaria, y lo coherente hoy es la postura de nuestro gobierno.


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