En la gasolinera del pueblo, la pantalla digital anunciaba otra subida del petróleo. Cada dígito rojo que parpadeaba era como una gota de fuego cayendo sobre la paciencia de la gente.
Mientras tanto, en una esquina de la plaza, una mujer vendía su tiempo a plazos: limpiaba casas por lo mismo que antes costaba un litro de gasolina. Sus manos olían a jabón barato y a cansancio.
En la radio decían que los mercados estaban “en efervescencia”. Afuera, los niños recogían botellas vacías para venderlas por unas monedas. Nadie sabía si eso era un signo de esperanza o simplemente la señal del mundo derritiéndose.
Los ricos hablaban de “ajustes energéticos” y de “transición sostenible”. Los demás solo querían llegar a fin de mes. Cada subida del barril pesaba sobre los hombros como un recordatorio de que algo (no solo el petróleo) se estaba agotando.
Así, mientras el oro negro volvía a alcanzar precios históricos, las vidas humanas, invisibles y baratas, seguían cayendo en la oferta.
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