Me asomo a la actualidad con el mismo ánimo con el que uno observa una inundación desde el balcón, con una mezcla de alivio por no estar mojándome y una secreta fascinación por ver cómo el agua se lleva las macetas del vecino. El panorama político de estos días, a juzgar por el clamor de las tertulias y los mentideros digitales, parece haber abandonado definitivamente el terreno de la gestión para instalarse en el de la teología o la fe. Ya no se discute sobre el precio del kilovatio de electricidad o el bache de la esquina que rompe neumáticos y yantas; ahora se discute sobre la pureza.
En la izquierda, especialmente, ha surgido una nueva casta de inquisidores que andan todo el día con el "purómetro" en la mano. Me cuentan que, en el sur, a cuenta de unas elecciones que pintan más negras para la izquierda que el porvenir de un vendedor de enciclopedias hoy, se ha desatado una guerra de siglas que ríase usted de las guerras de religión del siglo XVII.
Hay quien sostiene que es mejor quedarse en casa, cultivando el noble arte de indignado en pijama, antes que votar a un vecino que no comparta el cien por cien de tus dogmas. Dicen que ya no quieren votar "con la nariz tapada", lo cual es comprensible, pero olvidan que, en política, como en el metro a hora punta, si uno espera a que todo huela a rosas, termina por no subirse nunca al vagón.
El espectáculo tiene sus protagonistas de opereta. Por un lado, el gran timonel, cuyo ego parece haber crecido en proporción inversa a su relevancia electoral, empeñado en que el mundo se detenga porque él ha decidido bajarse. Por otro, los que le precedieron, esos cronistas de antaño que, al envejecer, han decidido que la realidad ya no les gusta y han optado por mudarse a unos cuarteles de invierno donde el sol siempre pega por la derecha. Es curioso observar cómo el tiempo, ese escultor implacable de la política, a unos les pule la coherencia y a otros les deja la cara de quien acaba de morder un limón especialmente agrio.
Lo peor, sin embargo, no es la desunión, sino el cansancio. Esa fatiga del ciudadano que ve cómo los casos de corrupción se suceden con la cadencia de las estaciones, en unos juzgados a toda prisa y en otros durmiendo el sueño de los justos durante trece años, según sea el color del cristal con que se mire o el tribunal que lo juzgue. Al final, uno tiene la sensación de que la política española se ha convertido en una partida de cartas donde todos hacen trampas, pero lo más grave es que el tapete está sucio y las copas ya están vacías.
Me queda, no obstante, el consuelo de leer a los que todavía mantienen el pulso firme y la ironía fina, esos que no han sucumbido al pesimismo demoledor ni al fanatismo de sacristía ideológica. Porque, al final del día, lo que nos salvará no será la pureza de la doctrina ni la unión sagrada de las siglas, sino el sentido común.
Y si eso no nos parece suficiente, a ser posible, sírvanse una tila bien caliente para pasar el trago de las elecciones andaluzas que vienen. Que falta nos va a hacer.
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