lunes, 6 de abril de 2026

Sueño

Despertó como quien sale del agua sin saber si aún está sumergida en ella. La habitación la miraba con ojos de desorden: la ropa desparramada, la piel desnuda, y su memoria en ruinas. Otra vez había soñado con aquel hombre con el que lo hacía cada noche, y el sueño había sido tan real que todavía su piel le olía a él. En su sueño, los cuerpos se rozaban sin pedir permiso y, cómo suele suceder, las dudas de si era sueño o realidad aparecieron, porque las dudas despiertan antes que las personas.

Ella sé miró en el espejo, buscando ese límite inseparable entre el insomnio y la fiebre. El sujetador del sueño descansaba en el suelo, como prueba de un crimen que nadie podía explicar. Algún dios cruel la había dejado sin respuestas y con demasiadas preguntas. ¿Y si el deseo tiene la suficiente fuerza para inventar la realidad? ¿Y si el hombre de su sueño estuvo ahí alguna vez, quizá en otro tiempo, en otra versión del mundo donde los sueños nunca terminan? 

Ella pensó en locura y vergüenza, dos hermanas que siempre van de la mano cuando el amor se sueña demasiadas veces.

Salió de la cama. El sol se filtraba por la ventana, como una disculpa. En el aire aún flotaba el perfume del sueño, mezclado con la certeza de que la realidad, a veces, también se inventa mientras dormimos.

VALENCIANOS NO SALGAIS A LA CALLE QUE OS OCUPAN LA CASA


El caso de la oficina antiokupación de València ilustra bien cómo determinadas medidas políticas pueden tener un fuerte componente simbólico, pero un alcance práctico muy limitado.

Tras un año de actividad, los datos muestran que el organismo apenas gestiona dos casos al mes, con una función básicamente mediadora, sin capacidad real de intervención judicial. Esto sugiere que su creación respondió más a un mensaje político —poner el foco en la “okupación” como problema de seguridad— que a una necesidad operativa detectada en la ciudad.

El sindicato de Policía Local interpreta la escasa actividad como una “buena señal”, al entender que refleja baja incidencia del problema. En cambio, la oposición, especialmente Compromís, ve en ello una ineficiencia de recursos públicos, y reclama reorientar los esfuerzos hacia la crisis de vivienda, donde los indicadores sí muestran un problema estructural: alquileres altos, falta de vivienda pública y proliferación de pisos turísticos.

En resumen, la oficina parece funcionar más como una herramienta de visibilización política que como un mecanismo eficaz de gestión. Su bajo rendimiento operativo, en contraste con la magnitud del debate público sobre la “okupación”, refleja una desconexión entre el discurso político y la realidad social del problema en València.

Ahora vas y lo cascas.

Sanidad pública: el milagro español del sálvese quien pueda

Hay países que presumen de sus inventos: los italianos de la pasta, los franceses del vino y los británicos del mal tiempo. Nosotros, en cambio, podemos presumir de algo mucho más sofisticado: haber convertido uno de los mejores sistemas públicos de salud del mundo en un experimento de supervivencia burocrática y financiera. Una especie de juego sanitario, pero con batas blancas y un desfibrilador de fondo.

Porque, claro, todo el mundo sabe que la sanidad es pública solo en los carteles. En la práctica, el juego consiste en ver cuánto puedes resistir antes de rendirte y dejarte tentar por ese hospital privado recién inaugurado justo enfrente del público, con sus luces led y su olor a desinfectante de diseño. Qué casualidad, uno podría pensar que lo hacen aposta.

Mientras tanto, los políticos (aquí el espectro ideológico solo sirve para elegir en qué tono de gris te quitan presupuesto) se enzarzan en discusiones eternas sobre quién tiene la culpa: si el gobierno central, las comunidades autónomas o la energía cósmica. Entre tanto, ni PP ni PSOE parecen dispuestos a tocar la “patata caliente” de la financiación sanitaria. Y menos aún subir los impuestos para su financiación, no vaya a ser que se nos enfade el electorado.

Y hablando de financiación: España es líder, pero en la parte baja de la tabla europea. Lo cual tiene su mérito, conseguir que un sistema con tan poco dinero siga funcionando es casi alquimia pura. Es el arte de hacer milagros con lo justo: médicos con tres turnos seguidos, enfermeras que hacen más kilómetros que el AVE y pacientes que se curan por aburrimiento de esperar.

Eso sí, algunos todavía defienden que no pasa nada, que la colaboración público-privada es el futuro. Claro, porque lo privado siempre se ha caracterizado por su amor desinteresado al bien común. Y si pueden ganar un poco más desviando pacientes, mejor todavía. Es emocionante sentir cómo el TAC que te iban a hacer en el hospital público termina misteriosamente asignado al de enfrente. Milagros de la eficiencia.

Mientras, los medios nacionales siguen con su monólogo madrileño, porque parece que el resto del país es solo un decorado de cartón piedra. Que la sanidad se desmorone en Valencia, Albacete o Girona no da tantos clics. Quizá es que en esos lugares necesitamos un influencer sanitario.

Pero tranquilos, todo bajo control. Al final, si enfermas, serás un “cliente” satisfecho, no un paciente. Que suena mucho más moderno. Lo importante no es curarse, sino consumir salud con estilo. Y si no puedes pagarla, bueno… siempre te quedará la esperanza, y una bonita factura como souvenir.

Así que brindemos por este sistema heroico, que cada año logra sobrevivir a pesar de los recortes, las privatizaciones y los políticos con memoria selectiva. 



Las procesiones de Semana Santa

Las procesiones de Semana Santa representan hoy más que una tradición religiosa: son una apropiación institucional del espacio público que se disfraza de devoción popular. Durante varios días, las calles quedan bloqueadas, el ruido inunda las noches, y los medios estatales retransmiten cada paso como si fuera un acontecimiento nacional. Lo que podría ser una manifestación libre de fe se convierte, en la práctica, en una exhibición de poder político, militar y mediático. La presencia de autoridades, uniformes del ejército y cámaras oficiales no es casual: muestra cómo el Estado todavía mantiene vínculos privilegiados con una confesión concreta, mientras las demás creencias son tratadas como algo “ajeno”.

Esa contradicción se evidencia en como muchos aceptan sin cuestionar la ocupación católica del espacio común, pero se escandalizan si un político felicita el Ramadán, como si reconocer la diversidad fuera una amenaza. Esa indignación selectiva revela un fondo de hipocresía y miedo cultural: se defiende “lo nuestro” a gritos, sin admitir que nuestra historia y nuestras calles son el resultado de siglos de convivencia e influencias cruzadas.

En el fondo, las procesiones no solo conmemoran la pasión de Cristo: también exhiben la pasión por conservar poder, privilegio y visibilidad. Y eso dice mucho sobre quién realmente domina el espacio público y el relato de lo “nacional”.


Religiosidad y política

“Hoy, en este 2026 donde la fe ha menguado al 63 por ciento, diez puntos menos que hace unos años, la cosa es más sutil, un trueque de favores: el político gana votos posando con la túnica de nazareno, y la hermandad recibe subvenciones para restaurar la ermita”

En Castilla-La Mancha, esta tierra nuestra de secarrales y catedrales, el polvo de los caminos se confunde con el olor y humo del incienso, la religiosidad popular y la política. Religión y política han bailado un tango endemoniadamente complicado desde que Franco les puso banda sonora. No es para menos: durante el franquismo, las vírgenes no solo eran madres celestiales, sino reclutas de primera en la cruzada nacional, desfilando en procesiones con falangistas a los lados y el caudillo bendiciendo desde el balcón.

Eran los años en que una romería por la Virgen de la Caridad en Villarrobledo no era solo devoción, sino un mitin con crucifijo, y las cofradías de Toledo o Albacete servían para que el régimen se autoproclamara salvador de la patria católica. Aunque creo que aquello no era fe, admito que era un engranaje bien aceitado: la Iglesia aliada al Estado, y la plebe arrodillada a la vez, lo mismo ante el altar cómo ante la picota.

Luego llegó la Transición, se desinfló el globo. Adiós a las misas por los caídos y las rogativas obligatorias por aquella lluvia que nunca llegaba. Las devociones se quedaron huérfanas, pero cómo no eran tontas, mutaron a folklore regional, un ese pegamento identitario que ayudó a forjar Castilla-La Mancha como comunidad autónoma. Los socialistas de los ochenta, que no eran precisamente beatas, se apuntaban a las fiestas populares con la misma naturalidad con que uno se pone la corbata para acudir a una boda.

Y ahí llegaron las vírgenes alcaldesas perpetuas, ese invento tan manchego como montar al Quijote en un tractor. Fíjense en la Virgen de la Varga en Uceda, Guadalajara, que en 2021 recibió el bastón de mando como si fuera alcaldesa de toda la vida, o la de Rus en San Clemente, Cuenca, que lleva un cuarto de siglo en el cargo honorífico, procesionando con pompa mientras el pueblo la devuelve a su ermita como a una vecina pródiga. Chinchilla de Monte-Aragón hizo lo propio con la Virgen de las Nieves en 2015, y en Illana otra virgen se apuntó al club en 2016, para escándalo de los laicos que vieron en ello (con razón) un conflicto de intereses entre el ayuntamiento y el cielo.

Hoy, en este 2026 donde la fe ha menguado al 63 por ciento, diez puntos menos que hace unos años, la cosa es más sutil, un trueque de favores: el político gana votos posando con la túnica de nazareno, y la hermandad recibe subvenciones para restaurar la ermita. No hay ya nacionalcatolicismo rampante, sino una secularización a medias, con tensiones laicas que protestan por el bastón entregado a una escultura de madera. Es como si Castilla-La Mancha, con su mezcla de meseta árida y devociones arraigadas, se negara a soltar del todo el rosario: la política lo usa para parecer cercana, humana, de pueblo; la religiosidad popular, para sobrevivir en este mundo de selfies y descreídos.

Al final, no es hipocresía, es pragmatismo manchego: las vírgenes siguen reinando en los plenos municipales porque, en el fondo, todos sabemos que un alcalde mortal tropieza, pero una alcaldesa perpetua nunca dimite. Y en eso, queridos lectores, reside la auténtica eternidad de la Mancha.

Principio de la transposición de Goebbels

Feijoo utiliza el llamado principio de la transposición de Goebbels para atribuir al adversario los errores o defectos propios para desviar la atención y contraatacar. 

Feijóo acusa a Sánchez de “mentiras” o “desastre económico”, olvidando que  acusaciones similares se han hecho al PP en el pasado, como de opacidad financiera o sobre su gestión autonómica en Galicia. Sin embargo, en sus intervenciones parlamentarias proyecta sobre el gobierno defectos como el enchufismo, pese a sus nombramientos en el PP. 

En los debates, Feijóo traslada críticas sobre regeneración democrática al Gobierno, ignorando legados del PP como Bárcenas. Feijóo acusa al gobierno repetidamente de corrupción generalizada, exigiendo respuestas sobre financiación ilegal, pese a tener escándalos en el PP como Gürtel o Bárcenas que minimiza o ignora en sus intervenciones.

Feijóo reprocha al Gobierno subidas de impuestos y pérdida de poder adquisitivo (90% de hogares afectados, según él), cuando la gestión gallega bajo su mandato se caracterizó por la opacidad presupuestaria y unos servicios públicos deficientes. Tras la DANA en Valencia señaló a Sánchez de mentir a las víctimas y fallar en la respuesta, mientras el PP autonómico no ejecutó 9 millones en ayudas prometidas. 

Feijóo critica al Gobierno por recolocar a ex altos cargos con acusaciones (como abusos o presuntos delitos), cuando tiene casos similares en el PP como el regreso de figuras controvertidas en listas electorales.

¡Vamos! que Feijóo no es Goebbels , es porque no quiere.

En la gasolinera del pueblo,

En la gasolinera del pueblo, la pantalla digital anunciaba otra subida del petróleo. Cada dígito rojo que parpadeaba era como una gota de fuego cayendo sobre la paciencia de la gente.

Mientras tanto, en una esquina de la plaza, una mujer vendía su tiempo a plazos: limpiaba casas por lo mismo que antes costaba un litro de gasolina. Sus manos olían a jabón barato y a cansancio.

En la radio decían que los mercados estaban “en efervescencia”. Afuera, los niños recogían botellas vacías para venderlas por unas monedas. Nadie sabía si eso era un signo de esperanza o simplemente la señal del mundo derritiéndose.

Los ricos hablaban de “ajustes energéticos” y de “transición sostenible”. Los demás solo querían llegar a fin de mes. Cada subida del barril pesaba sobre los hombros como un recordatorio de que algo (no solo el petróleo) se estaba agotando.

Así, mientras el oro negro volvía a alcanzar precios históricos, las vidas humanas, invisibles y baratas, seguían cayendo en la oferta.


PIENSA EN LO SIGUIENTE

Si España hubiese seguido la senda del PP, hoy seríamos cómplices y participes de una guerra injusta, cruel y contraria al derecho internacional. La historia habría repetido sus peores errores: un gobierno plegado a los intereses de otros, dispuesto a sacrificar vidas y principios por servilismo ideológico. 

La derecha española, que en su momento aplaudía la intervención, habría arrastrado al país a la ruina diplomática y moral, alejándonos de una Europa que apostó por la prudencia y la legalidad. Su posterior cambio de postura con ese súbito “No a la guerra” dictado por las encuestas, no es arrepentimiento, sino puro cálculo electoral. Si hubieran estado en el poder, España estaría sola, cuestionada y manchada por una guerra que nunca debió comenzar.

Hoy podemos decirlo con claridad: haber seguido al PP en su deriva pro americana habría sido un error histórico, una traición a la paz y a la voluntad del pueblo español. Los combustibles y la inflación no suben por mala gestión de nuestro gobierno, sino como consecuencia de la actitud de un loco al que la derecha apoya, y que ahora pide al gobierno hacer frente a sus consecuencias. 

Frente al oportunismo, la ciudadanía demostró madurez; frente al servilismo, demostró dignidad. Y esa dignidad, la de un país que dijo “no” cuando otros callaban, es lo único que nos mantiene del lado correcto de la historia.

Ahora piensa en las consecuencias que puede tener, ponerles al frente del gobierno. 

TENEMOS LAMEBOTAS DE TRUMP POR INTERÉS

El apoyo de buena parte de la derecha española a Trump no es un simple gesto de simpatía, sino un ejercicio de identidad política. En Trump encuentran un espejo,  un líder que rompe las normas, que desprecia el “correcto”, que se autopromociona como patriota y que convierte la polémica en una fuente de poder. Para Vox y sectores de la derecha radical, esa figura funciona como su aval internacional, convencidos de que, si en Estados Unidos puede ganar, por qué aquí no debería ser posible llevar el mismo discurso a la mayoría parlamentaria. Es una forma de normalizar posicionamientos que, hace apenas una década, se consideraban marginales.

Para la derecha española, el triunfo de Trump tiene un valor simbólico enorme. Les sirve para decir que no son un fenómeno aislado, sino parte de una corriente global contra el “globalismo”, el feminismo radical, el “woke” y la inmigración sin control. Ese relato les permite movilizar a un electorado joven, descontento y hostil a las élites, sin tener que ocultar su agenda bajo discursos blandos. Sin embargo, el espejo también refleja los riesgos, el de un nacionalismo agresivo, una confrontación permanente y la desconfianza sistemática institucional.

El beneficio más claro del apoyo a Trump recae en la derecha radical y Vox, que se nutren de su imagen como fuerza global. Para ellos, cada giro de Trump fortalece su narrativa de “patriotas contra el sistema”. Parte del PP y la derecha conservadora también se benefician, aunque con más cautela: aprovechan el clima anti‑progresista para presionar a la izquierda, pero temen que las políticas proteccionistas de Trump afecten a la economía española. En el fondo, el apoyo a Trump es una apuesta estratégica: polarizar para ganar, aunque el país pierda estabilidad. 

El verdadero problema no es que haya derecha en España, sino que se deje guiar por un modelo de política basado en el conflicto constante. El apoyo a Trump revela una tendencia a dar más valor a la imagen que la responsabilidad, más a la movilización que la gobernabilidad. La democracia no puede ser solo una lucha de narrativas; debe ser un ejercicio de equilibrio, pero eso parece no importarles en absoluto. 

La pregunta que los ciudadanos deberíamos hacernos es si la derecha española, al identificarse con Trump, está preparada para asumir el costo de sus propias decisiones, o si solo busca el beneficio de un espejismo que terminará por distorsionar la realidad política de nuestro país.

Empezar otra vez


Marina nunca supo si el niño entendía lo que decía. Solo oyó su voz rompiendo el aire, esa voz limpia que a veces tienen los niños cuando todavía no han aprendido a mentir. Sus palabras le cayeron encima como si alguien abriera de golpe las ventanas de una casa cerrada durante demasiado tiempo. Por un momento creyó oler a humo, pero era solo su corazón ardiéndole por dentro.

Salió a la calle casi sin ver la luz, con los pasos apresurados y las manos quietas. El sol al ponerse manchaba los tejados de un rojo intenso, y a Marina le pareció que el mundo se le estaba yendo sin avisar. En el camino hacia la casa, y al pasar junto a la iglesia,  pensó que quizás no había nada que hacer, que el amor perdido, que sentía cómo una mezcla de culpa y temblor, ya no había marcha atrás. 

Cuando entró a la capilla, no quiso rezar. Se sentó en el último banco, cerró los ojos y esperó a que el fuego que sentía bajara. Afuera, el niño jugaba persiguiendo las sombras largas de la tarde. Y Marina, por primera vez, entendió que a veces lo irreversible no te destruye, simplemente te hace empezar otra historia.

Felipe González entra en campaña con Moreno Bonilla

Lo que está haciendo Felipe González es, políticamente, una traición moral a la historia del PSOE: usa su prestigio de exlíder socialista para blanquear al PP y golpear a su propio partido desde dentro, justo cuando más necesita cohesión. Su presencia junto a Moreno y frases como “En el 92 el AVE empezó a funcionar, no como ahora” no son una reflexión institucional, sino la munición partidista que presta al adversario de su partido.

Felipe González ya no discurre, milita o corrige, sino que se ha convertido en un espectáculo de despecho institucional. Su figura, que algún día encarnó el proyecto modernizador del socialismo español, se ha sublimado en una forma de traición elegante, Ahora es un tipo que se presta, con estudiada complacencia, a la causa de su adversario histórico.

Lo que está haciendo junto a Moreno Bonilla no es expresar una opinión; es prestar su nombre a una operación política. No se limita a criticar al gobierno ni a señalar desaciertos: sino que se ha convertido en comparsa de una campaña andaluza, buscando desgastar al PSOE desde dentro. Es el beneplácito a la derecha de un expresidente que, en vez de leer la historia con humildad, se pone a la disposición de quien la quiere contar de otra manera desfigurándola. 

Si se analiza su frase sobre el AVE de 1992, es evidente que no se trata de un apunte técnico, sino un guiño calculado. “En el 92 el AVE empezó a funcionar, no como ahora”. No basta con decirla sonriendo porque, con sonrisa o sin ella, suena a lección de autoridad, cuando en realidad es un arma de desgaste que busca minimizar el presente para engrandecer un pasado que, convenientemente, se identifica con su etapa de ejercicio político. No está defendiendo la memoria del socialismo; está usando su autobiografía para relativizar el esfuerzo de quienes hoy intentan mantenerlo vivo.

No me digáis que su ironía no es brutal. El expresidente que, durante décadas, se alimentó del cariño institucional del PSOE, ahora se dedica a alimentar el discurso del PP, con una sobredosis de nostalgia para que su ataque no parezca tan crudo. Felipe, hoy, no es un hombre libre de partido; es un hombre que ya no pertenece a ningún sitio y que, por eso mismo, se siente autorizado para herir con la impunidad del que ha dejado de tener responsabilidades reales.

Lo más desagradable de su papel no es su crítica, sino su postura o su impostura. No se le ve como un socialista exigente, sino como un dirigente depreciado que está confundiendo disidencia con resentimiento. Aunque se empeñe, no aporta ideas, solo son eslóganes retrospectivos; no ofrece alternativas, solo se dedica a dar zarpazos. Su gesto no fortalece el debate político, sino que sirve para confundir a la militancia y desorientar al electorado. Pero ante todo sirve de parapeto para quienes pretenden vendernos que el PP es el partido de la “moderación” y del “sentido común”. Es una marioneta de Génova 13.

Al final, la imagen que nos quedará del personaje es la de un político que ya no tiene nada que construir, y que por eso se dedica a destruir. No se trata de un reparador crítico, sino de un saboteador con corbata de veterano militante. Felipe González ha cruzado esa línea, tras la que ya no es solo un referente incómodo para el PSOE, sino un problema moral para el socialismo. 

En el PSOE, aunque diferente, hay otra actitud parecida, la de Page. En el fondo, ambos dos (tanto González como Page) representan dos caras de la misma moneda: el exlíder que se confunde a sí mismo con el PSOE, y el dirigente regional que se cree su custodio. El primero se presta al PP para recordar que una vez fue indispensable; el segundo se escuda en la “autonomía” y en la “lealtad a la militancia” para legitimar su propia desobediencia. Mientras el PSOE intenta no hundirse, los dos se dedican a recordar, uno en clave nacional y otro en clave regional, que el pasado fue más glorioso, ignorando que el pasado, en política, sirve para aprender, no para usarlo como arma contra el presente.

Y cuando un expresidente se convierte en obstáculo simbólico de la formación que lo hizo presidente, su legado apesta a ruina.


¡Clama al cielo!

¡Clama al cielo escuchar, una y otra vez, las mismas frases huecas de quienes no tienen ni puñetera idea de cómo funcionan las administraciones, sobre eso de las “paguitas” y el “buenismo”! Como si la compasión fuera un defecto, y la solidaridad, una enfermedad. Mientras tanto, no quieren ver cómo la derecha política, esa que presume de méritos propios, sigue engordando sus bolsillos a base de enchufes, chiringuitos y mamandurrias disfrazadas de gestión eficiente. Y lo peor: una parte de la ciudadanía lo ve, lo sabe… y aun así aplaude. Se traga el cuento entero con una fidelidad que da miedo. 

Aquí no se trata solo de ideología, sino de coherencia moral. ¿De verdad es más escandaloso que una persona reciba una ayuda social para poder comer, que ver cómo unos pocos se reparten el pastel del poder entre amigos y familiares? ¿Tan hondo caló la propaganda que nos ha hecho creer que el pobre es culpable y el rico, merecedor eterno de indulgencia, aunque sea un auténtico chorizo? Es hora de mirar de frente esa hipocresía que sostiene este sistema capitalista y plantarle cara sin miedo.

La manipulación funciona porque falta pensamiento libre. Nos tratan de enseñar a repetir, no a pensar; a aceptar, no a cuestionarnos nada. ¡Y así nos va! Somos un país donde las consignas pesan más que los argumentos, donde se cree más a lo que grita un tertuliano en televisión que a la realidad que se ve en la calle. Urge que desde la escuela se enseñe a pensar, a contrastar información, a sospechar del que ejerce el poder y del que quiere ejercerlo, de sus relatos cómodos. Sin pensamiento crítico, no hay país con futuro, solo un país obediente.

Porque sí, todos los votos valen lo mismo, y eso es lo bueno de la democracia, también es un sistema trágico cuando se vota con los ojos cerrados. La libertad no está en elegir una papeleta, sino en hacerlo con la mente despierta. Leer, formarse, cuestionar, incomodarse… eso es ser revolucionario. Lo demás, es pura sumisión envuelta en charanga y bandera en la pulsera, en el balcón, o en el collar de paseo del perrito.

Porque lo que está en juego es mucho más importante que la fidelidad a una ideología porque está en juego la decencia. No hay democracia real sin pensamiento crítico, sin mostrar rebeldía, sin tener memoria. Así que clamen al cielo, griten quienes todavía pueden sentir vergüenza. Incomoden. Despierten. Porque si seguimos tragando con todo, el futuro no lo decidiremos los ciudadanos, lo decidirán los que llevan décadas repartiéndose el país entre copas de vino, puros y sonrisas hipócritas.



Filosofía: el arte de no ser un robot


Cada vez se escucha con más frecuencia la frase: “la filosofía no sirve para nada”. Curiosamente, la pronuncian personas que viven en un mundo construido precisamente gracias al pensamiento crítico, a la ética y a la lógica, todas ellas hijas legítimas de la filosofía. Qué ironía: rechazar el pensamiento reflexivo mientras se disfruta de sus frutos.

Pero claro, ¿para qué filosofar si ya tenemos tutoriales en internet para enseñarte “cómo ser feliz en tres pasos” o “cómo tener éxito sin pensar demasiado”? La nueva religión de nuestro tiempo es la inmediatez, y su profeta, la pantalla del móvil. Pensar cuesta, porque requiere pararse a pensar, y eso hoy resulta al parecer un crimen. Vivimos en una época que idolatra lo util y desprecia lo profundo, donde saber qué es justo importa menos que saber cómo destacar, aunque solo sean diez segundos en un vídeo.

Los que desprecian la filosofía suelen decir que “eso no da de comer”. Tienen razón: no alimenta el estómago, pero sí el espíritu, la conciencia y, sobre todo, la libertad. Y no hay nada más peligroso para el poder, para las modas o para las masas conformes, que un ser humano que piense por sí mismo.

Sin filosofía no existiría la ciencia, porque la ciencia empezó con preguntas filosóficas; no existiría la ética, porque la moral requiere reflexión sobre lo justo y lo correcto; y tampoco existiría la democracia, porque fue el pensamiento filosófico el que nos enseñó que la razón vale más que la autoridad.

Pero claro, sigamos pensando que la filosofía no sirve para nada. Así podremos vivir más tranquilos, sin dudas ni preguntas incómodas. Bastará con obedecer tendencias, consumir los bulos que nos cuentan, las mentiras o medias verdades  que nos dicen, y con opinar lo que opina la mayoría. Seremos muy eficientes, aunque unos perfectos inútiles.

Al final, lo que molesta no es que la filosofía no sirva, sino que resulta incómoda. Porque filosofar implica mirar el mundo de frente y, de paso, mirarse a uno mismo. Y eso, en tiempos de filtros y apariencias, es demasiado esfuerzo para una sociedad que confunde pensar con creer todo lo que aparece en la pantalla del móvil o la Tablet.


LA UNIÓN EUROPEA CELEBRA EL ENTIERRO DE SUS VALORES

La Unión Europea, esa autodenominada fortaleza de los derechos humanos, parece haber encontrado su nueva seña de identidad: las concertinas diplomáticas. Tras años de construir un relato de solidaridad y justicia, Bruselas ha decidido dar un salto cualitativo hacia su propia negación moral: externalizar el sufrimiento.

El llamado Reglamento de Retorno, apoyado con entusiasmo por el Partido Popular Europeo y la extrema derecha, es —con todas las letras— el acta de defunción del espíritu humanista que dio forma al proyecto europeo tras la Segunda Guerra Mundial. Convertir la protección internacional en una operación logística de deportaciones hacia terceros países es más que una medida política: es una traición ética.

Y no una cualquiera. Deportar a personas vulnerables a países con dudosa reputación en materia de derechos humanos —Uganda, Ruanda, Egipto, Marruecos, la India o Bangladesh— equivale a cerrar los ojos ante el riesgo de tortura, persecución o miseria que estas personas intentaron dejar atrás. Que la Comisión Europea lo califique como una “solución innovadora” es una muestra de cinismo institucional digno de estudio: reinventar el lenguaje para blanquear la crueldad.

Detrás de esta maniobra hay cálculo, no ignorancia. Los gobiernos de corte conservador y ultraderechista han comprendido que el miedo migratorio da réditos electorales. Y nada suena mejor a sus votantes que un eslogan de “eficiencia” y “seguridad” con aroma a control fronterizo. Pero ningún manual técnico puede maquillar el hecho esencial: Europa está subcontratando su conciencia.

Hablan de “regresar” a los migrantes, como si la dignidad humana tuviera cláusulas de permanencia. Hablan de “países seguros”, ocultando que muchos de ellos persiguen minorías, encarcelan disidentes o permiten la esclavitud moderna. Hablan de “centros de acogida”, cuando en realidad son centros de desaparición administrativa, depósitos de personas incómodas, convenientemente fuera del alcance de las cámaras y las leyes europeas.

El argumento de la eficiencia es otro insulto. No hay nada “eficiente” en convertir el derecho de asilo en una carrera burocrática para sobrevivir. No hay nada “sostenible” en encerrar niños durante 24 horas “como último recurso”. Europa no está haciendo su política migratoria más racional: la está haciendo más inhumana.

Lo más grave es que esta deriva no ha sido impuesta desde fuera, sino cultivada desde dentro. Que el Partido Popular Europeo abrace sin pudor las tesis de Vox, Le Pen o Meloni demuestra una descomposición moral preocupante. La derecha clásica ha decidido competir con los extremistas en su propio terreno, como si la historia no hubiera enseñado qué ocurre cuando los valores se subordinan a los votos.

Este reglamento no protege fronteras: destruye principios. Y lo hace mientras sus promotores se envuelven en la bandera azul con estrellas doradas, apelando a la “unidad europea” mientras dinamitan su verdadero cimiento: la dignidad humana.

A estas alturas, la pregunta ya no es qué será de los refugiados. La pregunta es qué será de nosotros cuando, en nombre de la seguridad, Europa deje de ser Europa.

El anacronismo de la tauromaquia y la obstinación de Castilla-La Mancha

La tauromaquia pertenece a un tiempo en que la violencia era parte del espectáculo y el sacrificio un componente esencial del honor. Pero la cultura, si quiere sobrevivir, debe transformarse con quienes la viven”

En España, pocas tradiciones dividen tanto a los ciudadanos como la tauromaquia. Durante siglos fue celebrada como una forma de arte, un ritual cargado de simbolismo y valentía. Sin embargo, en pleno siglo XXI, la imagen del toro agonizando en la arena ya no encaja con la sensibilidad de una sociedad que ha aprendido a mirar el sufrimiento animal con otros ojos. La fiesta nacional, antaño orgullo colectivo, se ha convertido en un espejo incómodo que refleja la tensión entre pasado y presente.

La cuestión no es solo estética ni moral: es cultural. La tauromaquia pertenece a un tiempo en que la violencia era parte del espectáculo y el sacrificio un componente esencial del honor. Pero la cultura, si quiere sobrevivir, debe transformarse con quienes la viven. Mantener vivas prácticas que se sustentan en el dolor contradice la ética contemporánea, aquella que reconoce la vida como valor en sí mismo. En este contexto, insistir en ensalzar la tauromaquia como patrimonio intangible no es un gesto de fidelidad al arte, sino de resistencia al cambio.

Por eso resulta tan llamativo que Castilla-La Mancha haya decidido mantener su Premio Regional de Tauromaquia. El argumento oficial apela a la defensa de la tradición y a la preservación de una identidad cultural. Pero esa defensa es cada vez más difícil de sostener sin caer en la contradicción. ¿Qué dice de una comunidad moderna que premie públicamente una práctica cuestionada por buena parte de sus ciudadanos? ¿No sería más coherente abrir camino a nuevas formas de expresión cultural que encarnen los valores de nuestro tiempo?

Mantener ese reconocimiento institucional revela para mí un problema más profundo: la confusión entre conservar y perpetuar. Respetar las raíces no implica impedir que crezcan ramas nuevas en el árbol. La cultura no se empobrece cuando abandona viejas costumbres; se vuelve más lúcida, más acorde con el pulso del mundo. Al seguir premiando la tauromaquia, Castilla-La Mancha no protege su herencia, sino que la fosiliza. Convierte el arte del toreo en un vestigio, un símbolo que sobrevive más por inercia que por convicción.

La tauromaquia puede tener valor histórico, literario o incluso antropológico, pero su defensa como práctica viva solo se sostiene si ignoramos el cambio moral de nuestra época. Aceptar su anacronismo no significa renegar del pasado, sino reconocer que la cultura, que la ética, evolucionan. Y quizá haya llegado el momento de entender que honrar nuestra historia no pasa por repetirla, sino por aprender a dejarla descansar.

Castilla-La Mancha, al mantener su premio, conserva también un espejo donde el país entero puede mirarse. No se trata de juzgar con desprecio lo que formó parte de nuestra historia, sino de decidir qué nuevos valores queremos. Defender la tauromaquia en el siglo XXI ya no es un acto de amor por la cultura, sino una forma de resistencia a la evolución ética. Y esa resistencia, inevitablemente, la convierte en lo que más teme ser: una reliquia brillante, pero muerta, de un tiempo que ya no nos pertenece.

Sueño

Despertó como quien sale del agua sin saber si aún está sumergida en ella. La habitación la miraba con ojos de desorden: la ropa desparramad...