miércoles, 31 de diciembre de 2025

El Tren de los días vividos


Siempre había vivido años luminosos, con mañanas y tardes que olían a verano y a sonrisas en el patio. Era tan pequeño aquel pueblo, que los amigos se confundían con la familia, y eso provocaba que la vida no tuviese nunca prisa. Todo se hacía divertido, y la vida giraba alrededor de las risas, de aquellas noches interminables bajo la luna, convencido de que, aunque pasase el tiempo nada cambiaría.  

Pero estaba equivocado, porque el tiempo, silencioso y obstinado, comenzó a borrar los rostros de muchos, a sustituir las promesas por sordos silencios. Él, que siempre tuvo el corazón lleno de nombres y canciones antiguas, un día descubrió que estaba solo. No recordaba en qué momento se había roto la magia de su vida, solo que una mañana la risa de ella ya no estaba en la casa.  

Durante muchos años trató de olvidarla y seguir su camino, pero cada vez era mayor el peso de las ausencias, y eso lo fue inclinando a vivir más entre los recuerdos del pasado. Una tarde, incluso se puso a rebuscar en los cajones de la cómoda, aquellas cartas amarillentas, que guardaba dobladas con ternura, y quiso volver a leerlas. Cuando releyó todas, empezó a sentir  que su vida había cambiado demasiado deprisa. Entonces recordó unas palabras de su padre , aquellas que siempre se había obstinado en ignorar, en las que le decía que la realidad siempre nos llega cuando la juventud se nos pasa. 

Se despertó de madrugada, fue al aseo y al mirarse al espejo, vio que en sus ojos ya estaba tatuado el cansancio de todos los trenes que nunca había tomado. Aquello le causó terror, y fue ese el momento en que decidió retroceder, pero no en el tiempo ni en los años, sino a la primera intención. Tenía que hacerlo antes de que terminase el año y llegase el nuevo. Tomó el tren y regresó al pueblo. Empezó a caminar por el paseo hasta el banco de madera donde ella se sentaba y sobre el que solía dejar su último libro. Sabía que ella no vendría, pero no perdía la esperanza y esperó.  

Pasaron las horas y se hizo a la idea de que no vendría. Empezó a caminar por las calles del pueblo, con una pizca de esperanza, pero no la encontró. El tiempo también la había borrado de las calles. Sin embargo, de repente, notó que algo raro le sucedía, y al cerrar los ojos, comprobó cómo el aire olía otra vez a verano, y de nuevo la voz de ella, lejana, pero viva, resonó a lo lejos. Él pensó si había vuelto, igual lo había hecho para recordarle la última promesa aún inacabada. Aquel día aprendió, que no siempre hay que intentar recuperar el pasado, que a veces ya es mucho llegar a reconciliarse con él. 

Volvió a la estación y tomó el tren de vuelta. Y mientras se alejaba en aquel río de hierro atravesando paisajes y recuerdos en la vieja vía oxidada, supo que, aunque no podría recuperarla a ella antes de que llegase el año nuevo, a él aún le quedaba tiempo para no volver a perderse a sí mismo.

El cocherito leré y la avería


El cocherito llegó al amanecer, silbando aquella tonadilla que todos conocían. El coche, viejo y brillante en otros tiempos, dormía bajo una capa de polvo en el cobertizo. “Hoy sí que sales a rodar”, prometió el cocherito, mientras acariciaba las bridas gastadas.

Pero al subir al pescante y dar el primer chasquido de látigo, los caballos se miraron entre sí: algo iba mal. El eje delantero crujió como un árbol viejo, y una de las ruedas se clavó en el barro hasta los radios. El cocherito suspiró.  

—Otra vez no, leré…

Se remangó y buscó la caja de herramientas: una llave inglesa, un martillo y un trozo de alambre. Los niños del pueblo, que habían salido a curiosear, se sentaron en la valla, coreando la canción como si fuera un conjuro.  

“Cocherito, leré, me dijo anoche, leré…” —cantaban, entre risas y ecos.

Tardó casi toda la mañana en desarmar aquel viejo eje, limpiar la grasa vieja y encajar una pieza nueva que había estado guardando “por si acaso”. Al final, cuando el sol ya brillaba entre los chopos del camino, el coche volvió a crujir, pero ahora ya era de alegría. Los caballos resoplaron, inquietos y felices. El cocherito subió, se ajustó el sombrero, y con un gesto de orgullo soltó las riendas.  

—Ahora sí, ¡a montar en coche!

Y mientras el carruaje se alejaba, los niños de la valla se quedaron lejos, y sus risas siguieron flotando como una brisa amable sobre el polvo del camino.


Feijoo, la DANA y el arte del daño controlado


En la forma de actuar Feijoo respecto a sus mensajes con Mazón, lo más probable es que detrás haya una mezcla de autoprotección penal y cálculo propagandístico: enseñar lo justo para incriminar a Mazón y salvarse él, evitando todo lo que le pueda comprometer en su propia mentira sobre la DANA.

Feijoo ha remitido a la jueza de la DANA solo los mensajes que recibió de Mazón el 29 de octubre, levantados en un acta notarial, acompañados de un texto donde él mismo “explica” el contexto de la conversación, pero sin incluir sus propios WhatsApps. Los mensajes de Mazón ya bastan para acreditar que éste mintió en el Congreso sobre la hora a la que supo que había muertos, y además desmontan el relato de que no tuvo ayuda del Gobierno, pero dejan sin luz el tono real, las preguntas y las instrucciones que Feijoo le envió durante la catástrofe.

Si se vieran sus mensajes completos, podría quedar claro: que no estuvo “informado en tiempo real desde el lunes”, como dijo públicamente, sino bastante más tarde; que usó información incompleta o manipulada para atacar al Gobierno en caliente, instrumentalizando a las víctimas. Sus WhatsApps también podrían mostrar si presionó, orientó el relato o coordinó políticamente la versión que luego Mazón llevó al Congreso, lo que le acercaría a un eventual problema penal por contribuir a una mentira en sede parlamentaria o, como mínimo, a una responsabilidad política más directa en el engaño.

Feijoo alega que ha enviado “lo que la jueza le pidió”, subrayando que la aportación de sus propios mensajes era voluntaria, y que los remitirá si se le exigen expresamente. La jueza, sin embargo, ya ha reiterado que puede y debe enviar la conversación íntegra para contextualizar los mensajes de Mazón, precisamente porque lo que falta son sus respuestas. Jurídicamente, se parapeta en un formalismo (“me pidieron solo los que recibí”) que le permite no mentir del todo, pero sí ocultar la parte más delicada para su relato público y para su promesa de “colaboración total”.

El momento elegido para entregar y filtrar los mensajes (Nochebuena) es un clásico manual de daño controlado: se lanza la bomba cuando menos gente está pendiente, se coloca a Mazón en el centro del escándalo y se intenta que el foco pase rápido. Al hacer públicos solo los WhatsApps que dejan mal a Mazón, Feijoo se presenta como alguien que “colabora con la justicia” y “no borra mensajes ni cambia de móvil”, mientras usa a su propio barón regional como cortafuegos para no arder con él.

Miedo a que sus mensajes prueben que mintió deliberadamente (no un “error de fecha”), que instrumentalizó la tragedia y que sabía que Mazón no estaba gestionando la DANA como él luego defendió en público. Necesidad de mantener una coartada de “transparencia” sin asumir el coste de una transparencia real: enseñar solo la parte de la conversación que incrimina al otro y redactar él mismo el contexto que le exculpa, como si fuera su propio abogado en el sumario.

El médico que no quería estudiar


Vivía en un pequeño pueblo rodeado de llanuras secas y cielos inmensos, aquel muchacho que siempre había detestado los libros. No porque no entendiera lo que decían sus páginas, sino porque los veía como trampas: objetos que prometían el mundo, pero lo encerraban entre sus márgenes.

Su padre, un viejo maestro jubilado, insistía cada mañana: “con el estudio se entiende la vida, hijo”. Pero el joven respondía siempre lo mismo: “yo quiero vivirla, no entenderla”. A él le gustaba trabajar la madera, cuidar las ovejas, perderse entre los caminos del pueblo. Pero el destino y la obstinación de sus padres lo condujo a la facultad de medicina.

Los primeros años fueron un suplicio, casi un castigo. Las clases de anatomía se le hacían interminables; las fórmulas de bioquímica, ilegibles; los exámenes, un auténtico muro contra el que chocaba una y otra vez. Fueron muchas las veces que estuvo a punto de abandonar. Pero un día sucedió, y en las prácticas del hospital, le tocó acompañar a un médico rural a una visita domiciliaria.

El paciente era un anciano muy deteriorado físicamente que apenas respiraba. El joven observó cómo aquel médico, sin apenas hablar, con sus manos lentas pero firmes, devolvía al hombre una cierta tranquilidad, casi la paz. No le curó la enfermedad incurable, pero le calmó el miedo, y en ese gesto el joven comprendió algo que ningún libro le había enseñado: la medicina no era solo una ciencia, también era un oficio que necesita de humanidad.

Desde aquel día comenzó a estudiar, no por obligación, sino para entender mejor ese arte de acompañar a quien necesita ser acompañado para no perderse en el sendero de la edad avanzada . Con el tiempo, se convirtió en médico de pueblo; el mismo que escuchaba sin mirar el reloj y que aún, muchos años después, confesaba a sus pacientes entre risas:  “Yo no quería estudiar… pero la vida me examinó”

Una mañana abrió la puerta de la consulta. Era invierno, y se encontró a la sala de espera más llena que nunca. No sabía si era por la epidemia de gripe, por el frío que calaba los huesos o porque, con los años, el pueblo había aprendido que aquel médico que no quería estudiar se quedaba un rato más, aunque ya hubiese terminado su jornada.

La primera fue la señora del pastor, una mujer que no venía tanto por la artrosis como por la soledad que la invadía, y él ya lo sabía. Mientras le tomaba la tensión, ella le habló de su marido, del campo abandonado y de un hijo que llamaba “cuando puede”, y el médico entendió que aquellas cifras elevadas en el tensiómetro pesaban menos que el nudo que ella notaba en la garganta. Al despedirse, en lugar de prescribirle otro analgésico, el médico le escribió en la receta: “Pasear cada tarde hasta la fuente y saludar a quien se cruce”, y ella se marchó de la consulta sonriendo, como si la tarea de su tratamiento esta vez sí estaba dispuesta a cumplirla.

Después entró un muchacho de primero de la ESO, con la mirada perdida en un futuro que no veía claro. “Mi padre quiere que estudie ingeniería, pero a mí no me gustan los números”, confesó, mientras manipulaba la cremallera de su sudadera. El médico, recordó sus propias resistencias y, casi sin darse cuenta, repitió las palabras que tantos años antes le había dicho su padre, pero al revés: “A veces, para vivir la vida hay que entender un poco de tus propios miedos”.

No le habló de notas, ni de carreras, ni de salidas laborales; le habló de caminos que uno empieza sin estar seguro, de giros inesperados en las prácticas de un hospital cualquiera, de ancianos que te enseñan más que un tratado de fisiología. El chico salió de la consulta sin una pastilla ni un parte de baja, pero con la certeza de que equivocarse también forma parte de aprender, igual que suspender un examen puede ser el primer síntoma de que has encontrado algo que sí te importa de verdad.

Aquella tarde, al cerrar la consulta, el médico se quedó revisando historias clínicas, pero en realidad estaba repasando la suya. Pensó que, quizá, lo que más le había enseñado la vida no era a diagnosticar bien, sino a no huir cuando alguien le ponía delante su fragilidad, como aquel anciano al que un día solo le ofrecieron tranquilidad en lugar de cura. Y, mientras recogía sus cosas, y apagaba la luz, murmuró para sí, casi corrigiendo su frase de siempre: “Yo no quería estudiar… pero la vida sigue examinándome cada día, y por ahora sigo aprobando por la mínima”.


martes, 30 de diciembre de 2025

El tren de la modernidad y las vías muertas del pasado


Cuando Feijóo afirma que España está “perdiendo el tren de la modernidad” por culpa de Pedro Sánchez, conviene levantar la mirada del andén y recordar qué fue de aquel convoy durante los mandatos del PP. Porque no solo se perdió el tren, como dice el refrán, sino que —metafóricamente hablando— se vendieron los vagones, se subastaron los andenes y se desmantelaron los raíles sobre los que debía avanzar la modernización del país.

Durante los años de Mariano Rajoy, la austeridad se convirtió en dogma y la resignación, en su método de gobierno. Las inversiones públicas se desplomaron, la precariedad se institucionalizó bajo la etiqueta de “reformas laborales” y el Estado social fue tratado como un lujo prescindible. Aquellos años dejaron millones de trabajadores en una vía muerta, sin horizonte de progreso ni promesa de retorno. Se precarizó el empleo, se congelaron los salarios y se deterioraron los servicios públicos, todo bajo la bandera de la “responsabilidad presupuestaria”.

Hoy, ese mismo PP, ahora de Feijóo, apela a la modernidad como si fuera un tren perdido por la torpeza de quien gobierna, obviando que su propio partido fue quien cerró las estaciones y entregó las llaves del cuadro de mandos a quienes confundían competitividad con recortes. Resulta paradójico escuchar al líder del PP hablar de innovación y futuro mientras su discurso sigue anclado en las coordenadas del pasado, repitiendo la misma cantinela de “España se rompe” o “vamos hacia el abismo”.

La modernidad no se mide por los decibelios del ruido político que se hace, sino por la capacidad de un país para invertir en conocimiento, cohesión y justicia social. España no necesita maquinistas que sólo sepan mirar por el retrovisor, sino quienes sean capaces de tender nuevas vías hacia un modelo más justo, verde y tecnológico. Perder el tren de la modernidad no depende de quién gobierne un semestre o una legislatura: depende, sobre todo, de si seguimos creyendo que el futuro se construye con los mismos materiales oxidados del pasado.


Una historia que estuvo a punto de ser distinta.


En un pueblo perdido de la Mancha la guerra empezó a la hora exacta en que el reloj de la torre decidió no seguir dando cuerda al futuro. Marcaba las dos y media, pero más que una hora era una sentencia: desde entonces la plaza quedó con esa luz rara de los lugares donde ya pasó algo irreparable y, sin embargo, la vida insiste en seguir comprando pan. 

La noticia no llegó en boca de un héroe ni de un mártir, sino por un teléfono que sonó en el cuartel como llega el frío en invierno, sin pedir disculpas. El coronel, que tenía el bigote firme y la conciencia moldeable, escuchó palabras grandes (éxito, sublevación, estado de guerra) y sintió de golpe que los galones le apretaban más que las botas. Colgó el auricular con el gesto solemne de quien apaga una vela delante de un crucifijo, y con ese ademán mínimo, casi doméstico, expulsó al pueblo del derecho a la paz, sin siquiera ofrecerle una posibilidad  de hace reclamaciones. 

Los edificios públicos, que hasta entonces solo conocían el bostezo de la burocracia y el sello de caucho estampado en tinta, se llenaron de hombres armados. Caminaban por los pasillos como si hubieran descubierto un continente nuevo, aunque solo fueran las mismas oficinas de siempre, con sus sillas cojas y sus santos descolgados. Tomaron el Ayuntamiento, la Casa del Pueblo, las centrales de servicios, y desde aquellos teléfonos que antes servían para hablar de suministros y reparaciones, ordenaron a los pueblos vecinos que proclamaran el bando de guerra, detuvieran autoridades y clausuraran las esperanzas, así, en plural, como si fueran un negocio poco rentable. 

No hubo debates ni largas sesiones; la democracia salió por la puerta de atrás, sin expediente y sin indemnización. El pueblo, que hasta ayer discutía por la cosecha o por los apagones de la luz, se encontró de pronto con que las decisiones importantes se tomaban en voz baja, con uniforme, y sin testigos. 

La resistencia no comenzó en una mesa de estrategas, sino en la tierra reseca que se les metía en las uñas a los jornaleros. Fue un instinto antiguo, casi terco, que subió desde las suelas gastadas hasta las manos que sabían de arados más que de fusiles. Los obreros, muchos anarquistas, entendían mejor un cielo de tormenta que un libro de misa, y declararon la huelga general con la mezcla extraña de respeto y porfiada dignidad de quien sabe que puede perder, pero igual insiste. 

No tenían uniformes a juego ni arengas. Tenían, eso sí, una larga costumbre de obedecer a los patronos y una creciente necesidad de dejar de hacerlo. Salieron a las aldeas, donde las escopetas dormían su siesta larga en los pajares y las pistolas envejecían, discretas, en cajones de capataces que ya no recordaban cuántas veces las habían sacado. Rebañaron lo poco que había; lo demás lo pusieron las manos y esa rabia antigua que viene de siglos sembrando pan para otros y recogiendo siempre, como premio, el cansancio.

Quienes no encontraron armas se presentaron con hoces, palos, navajas, con la ropa de todos los días y esa manera de pararse que tiene la gente cuando decide, sin grandes discursos, que hasta aquí. Sin mapas, sin galones, sin academias, se atrincheraron en esquinas, portales y detrás de carros, mientras enfrente los esperaban derechistas y guardias civiles atrincherados en el centro del pueblo, como un tumor instalado justamente en el corazón de la plaza. 

Cada disparo fue un aldabonazo en puertas que ya estaban cerradas desde antes de la guerra. Cada refriega levantaba un polvo espeso, mezcla de cal, pólvora y miedo, que se pegaba a la piel más que el sudor. Los golpistas, tan seguros al principio, fueron descubriendo en su propio cuerpo una cosa humilde llamada cansancio y otra más peligrosa llamada duda. Hubo un instante en que pareció que la historia, por una vez, iba a inclinarse hacia el lado de los descalzos. No duró mucho, pero fue suficiente para que algunos se atrevieran a imaginar un futuro más grande que su jornal.

Entonces apareció la columna. Primero fue apenas un rumor, una nube de polvo en el horizonte, como esas tormentas que uno ve venir desde lejos y que, aunque todavía no han llegado, ya le arruinan la tarde a la llanura. Nadie supo quién la vio primero; en los años siguientes la versión más repetida fue la de una niña subida a la azotea recogiendo la ropa tendida, la que gritó que venían hombres que no se parecían a los de allí. Tal vez esa niña existe, tal vez no. En los pueblos, a falta de notarios, la memoria hace lo que puede y les pone rostro a los miedos y les inventa biografía. Lo cierto es que la columna llegó, y con ella se terminó la ilusión provisoria de que los de abajo podían sostenerle la mirada a los de arriba. 

Y así quedó el pueblo: con un reloj que a las dos y media ya no mide el tiempo, sino la herida; con una plaza en la que la gente sigue cruzando cada día, pero nunca sin reparar, aunque sea un segundo, en que hubo una vez en que la historia estuvo, por un instante, a punto de ser distinta.


UNA SEÑAL DE AIRE


El sol apenas rozaba los tejados cuando decidió subirse las mangas de la camisa. Cruzó la puerta y salió. La casa olía a polvo y a silencio, como si nadie hubiese abierto las ventanas desde hacía semanas. Seguía sintiéndose triste, y en la farmacia no vendían remedios para su pena. Por eso había decidido salir a buscar los gestos de alguien como consuelo, entre el aire frío de la mañana. 

Cuando regresó, trabajó todo el día cómo si esa fuera la única razón para seguir. Simulaba estar bien, fingiendo que la alegría aún existe. Por la noche se asomaba al ventanal por si alguna luz le hacía señales, porque desde que él se fue, solo vivía pendiente de las señales. Escuchaba la radio, releía sus cartas guardadas en la cómoda del dormitorio, le gustaba pensar que él era aquella  sombra que cruzaba la calle. 

Cada día que presagiaba que volvería, se arreglaba, se pintaba los labios y los ojos, y salía a su encuentro. Luego, regresaba con la pena de que tampoco había sido ese el día. Le gustaría saber si él la escuchaba desde el rincón del mundo donde estuviese, pero no lo sabía, y para cuando él le enviase su dirección, seguía escribiéndole cartas que nunca enviaba, y luego guardaba en el cajón del escritorio. Era su forma de seguir hablando con él. 

Hasta que aquella noche, creyó oír un golpe en la ventana. No era su imaginación. Era la sensación, de que alguien hubiera pronunciado su nombre. Había sido el aire, pero ella sonrió, convencida de que era una señal que él le había enviado.

Astillas de amor en una casa con fantasmas


En esta casa antes hubo soledades. Eso me lo cuentan sus paredes, que aún conservan las ojeras que les dibujó la humedad. Recuerdo el día que abrimos puertas y ventanas para que entrara el aire de tus cielos y salieran los viejos fantasmas con sus maletas cargadas de polvo. Desde entonces, cada corriente de aire me trae una noticia pequeña, la de que todavía estamos vivos. Hay quienes hacen del amor un banquete, hay quienes hacen del amor una trinchera, y hay quienes, como tú y como yo, lo convertimos cada día en una pregunta sin respuesta. 

A los que dicen que yo no te merezco, tendría que contarles la historia completa, porque igual no saben que no hay demonio que no haya sido antes ángel, ni caída que no empiece por un intento de salto. Ahora respiro, aunque respirar se está volviendo un oficio peligroso, porque  bajo la piel guardamos astillas de recuerdos y cada una tiene su nombre, una fecha y su cicatriz. Sacar una astilla es sacar también un pedazo de nuestra historia. 

A veces hablo con fantasmas, y aunque no recuerdo sus nombres, ellos recuerdan el mío. Vienen cuando se apaga la luz, se sientan junto a la cama, y me cuentan lo que pude haber sido si el miedo no me hubiera llegado tan pronto. Si me voy, si me duermo, la vida se apaga un poco. Pero hay apagones que encienden otros lugares, y de pronto se ilumina hasta la silla vacía de la cocina. 

Ya habrá alguien que se haga cargo de las culpas de este pecado, aunque nadie quiere mirar de cerca las botellas vacías del miedo, los platos sin lavar del pasado, las manchas de amor seco en las sábanas que no salieron con ninguna marca de jabón. El futuro es sólo una promesa lejos de la casa, y ya solo espero manos que me salven del silencio. 

Tu costumbre de amarme. Mi fe. El silencio. La vida es un pasajero que duerme en el vagón de un tren de paso. Cuando el futuro es una promesa y el hogar un recuerdo, ya solo espero unas manos que me salven del silencio.


LOS SANTOS INOCENTES


Porque solo en la mente de los inocentes puede ser posible imaginar que los políticos del Partido Popular son un accidente del sistema y no su producto más acabado y obsceno. Pongamos que hablo de Mazón, De Ayuso, de Moreno, de Mañueco, de Guardiola, de López Miras, podría dar la relación completa.  No están ahí por su capacidad, ni por su compromiso, ni por una idea mínimamente noble de lo público; están porque a ciertos poderes les conviene tener a personas dispuestas a convertir las instituciones en un cajero automático para los suyos mientras miran hacia otro lado cuando la realidad se desborda.

La tarde de la DANA, Mazón no estaba gestionando una emergencia, estaba sencillamente en la nada: sin mando, sin presencia, sin responsabilidad, convertido en una sombra pagada con dinero público mientras la gente se ahogaba. Lo mismo otros con las residencias, con los incendios, etc. Esa inacción no es una anécdota, es un símbolo brutal de cómo conciben su cargo: una banda de comodidades, fotos y comidas, pero jamás un espacio de obligación frente a la vida y el sufrimiento de los demás.

Cuando la tragedia golpea, el PP no aparece para dirigir nada, sólo para calcular el coste político y la rentabilidad electoral de cada cadáver y cada casa destruida. No hay proyecto de país ni ética del deber, sólo una infinita capacidad para desaparecer a la hora de la verdad y reaparecer después para posar entre las ruinas y prometer lo que jamás han tenido intención de cumplir. 

Las instituciones, en sus manos, no son herramientas para proteger a la ciudadanía, sino andamiajes para el saqueo organizado. Se utilizan los cargos para colocar amigos, tejer redes de favores, garantizar negocios futuros y abrir grifos de dinero público que riegan bolsillos privados mientras se seca todo lo demás: sanidad, educación, dependencia, prevención, servicios sociales.

No hace falta que todos roben de forma burda; basta con que actúen como intermediarios sumisos entre lo público y los intereses económicos que llevan décadas desangrándolo todo. El resultado es siempre el mismo: menos Estado cuando se trata de cuidar, más Estado cuando se trata de rescatar empresas amigas, tapar agujeros propios o financiar campañas llenas de mentiras.

Prestige, Yak-42, metro de Valencia, Angrois, 11M, Filomena, residencias durante el COVID, Danas, incendios: cambia el escenario, pero el guion es siempre el mismo. Primero, no hay prevención, ni medios, ni planificación, porque eso no da foto ni rinde comisiones; después, cuando estalla la tragedia, llegan el desconcierto, la ausencia de mando y la huida.

Luego se despliega el manual del PP: negarlo todo, desviar culpas, mentir sin pestañear, fabricar relatos alternativos, sembrar dudas, culpar a las víctimas si hace falta y, cuando ya no cuela nada, envolverse en la bandera y acusar de miserables a quienes se atreven a señalar lo evidente. Jamás reconocer un error, jamás dimitir, jamás pedir perdón; la culpa, siempre, es de otro.

No se trata solo de incapacidad, sino de una moral torcida hasta el extremo. Son capaces de instrumentalizar muertos, dolor y ruinas mientras se indignan, con fingida superioridad moral, si alguien osa recordar su historial de fechorías, recortes y decisiones asesinas en cámara lenta. Se rasgan las vestiduras si se les llama lo que son, pero no tuvieron reparos en triturar a víctimas que no se acomodaban a su relato, ni en convertir a la prensa afín en una máquina de barro contra cualquiera que se atreva a cuestionarles. El cinismo no es un efecto secundario, es el núcleo mismo de su forma de hacer política.

Nada de esto sería posible sin la otra mitad de la ecuación: los santos  inocentes, una ciudadanía cansada, desinformada o resignada, que muchas veces ha dejado de leer, de contrastar, de debatir, convertida en presa fácil de los eslóganes y los titulares de odio. Se ha normalizado votar con las tripas, con el resentimiento o con la frase letal de “para que roben otros, que roben los míos”. Ese voto de odio y de entraña les sostiene: permite que los mismos que recortan servicios, destruyen lo público y abandonan a la gente cuando más lo necesita, regresen una y otra vez al poder como si nada hubiera pasado. Cada papeleta acrítica es una invitación a que sigan viviendo de todos mientras no responden por nada.

Los políticos del Partido Popular no van a cambiar porque su modelo funciona: lucrarse, destruir lo común, culpar a otros y salir indemnes gracias a un bloque de votantes que prefiere ver hundido el país antes que cuestionar a “los suyos”. La única fractura posible de ese círculo vicioso pasa por señalarlo sin eufemismos, por nombrar la dejación criminal como lo que es y por exigir una política que vuelva a tener algo que ver con el bien común y la decencia mínima.

La polarización es una droga legal


La diferencia de opinión no muerde. No rompe la piel. No mancha la sangre. Pero en esta España nuestra se ha puesto de moda confundir desacuerdo con condena, y voto con absolución eterna. En España, la palabra “enemigo” ya no la reservan para las guerras de antaño: la pronuncian en la cena, en el grupo de WhatsApp, en el bar de la esquina donde antes se hablaba de fútbol y ahora se juega la final del odio. 

Las redes, esas plazas sin suelo, amontonan gritos que no pisan calle. Algoritmos hambrientos premian al que insulta mejor, al que escupe más lejos,  al que convierte al discrepante en animal raro, en poca cosa, en basura que se arrastra por la cronología de publicaciones que ves al entrar en tu cuenta. El cerebro, ese viejo miedoso, se asusta cuando una idea distinta le llama a la puerta. Cierra ventanas, corre cortinas, se arropa con banderas y reza el credo del propio bando. No escucha, se escucha. No conversa, se confirma. 

La polarización es una droga legal: un chute de razón absoluta inyectado en vena. Produce euforia de superioridad, taquicardia de likes, delirio de trending topic. Luego llegan la resaca de la ansiedad, el insomnio de la rabia, la jaqueca de tanto “yo tengo razón” y tan poca vida compartida. Europa nos mira con sus viejos ojos cansados y las estadísticas susurran que España se ha ido a vivir a los extremos del mapa, y ha dejado el centro como una casa vacía con las luces apagadas. En nombre de la patria se rompen patrias pequeñas: la amistad de toda la vida, la hermana que ya no llama, el abuelo que se queda en silencio en la cabecera de la mesa mientras los cuchillos de las palabras, cortan algo más que el pan. 

Tal vez un día recordemos que la diferencia de opinión no es bomba ni tumba,   sino puente, si se camina despacio. Que pensar distinto no exige permiso de residencia en el corazón ajeno. Ese día, cuando se entienda que no hace falta matarse para discutir, quizá la política vuelva a su sitio: un oficio discutible, y no una religión de trincheras. Y las redes, cansadas de tanta pólvora, se acostarán temprano para dejar dormir en paz a las sobremesas del mundo.


LA SANIDAD PÚBLICA NO ES UN LUJO IDEOLOGICO


Un sistema de sanidad pública fuerte y universal no es un lujo ideológico, sino la única forma racional, justa y económicamente inteligente de organizar el derecho a la salud en una sociedad avanzada. Desmantelarlo y sustituirlo por la ley del “sálvese quien pueda” significa, literalmente, convertir la enfermedad de una persona en la ruina de toda una familia.

El horizonte hacia el que se nos empuja cuando se reduce al mínimo la sanidad pública: que “la sanidad se la pagará el que pueda” y “si no tienes medios, pues a sufrir y pedir ayuda”. Esa lógica transforma la salud en una ruleta, muchas veces “ruleta rusa”: o tienes dinero, o la propia enfermedad se convierte en condena económica y vital. La evidencia internacional es clara: los sistemas nacionales de salud universales obtienen mejores resultados en salud, son globalmente más eficientes y generan menos desigualdades que los sistemas basados en seguros privados o pago directo.

La idea de “yo no tengo por qué pagar la sanidad de mi vecino” ignora una realidad elemental: cualquiera puede enfermar mañana, y el único seguro realmente sólido es el que construyen millones de personas financiando juntas un sistema público.

Allí donde se rompe ese pacto, un tratamiento oncológico, un ingreso prolongado en UCI o una cirugía compleja pueden llevar a la bancarrota a hogares de economía media, como se ha documentado ampliamente en países con financiación predominantemente privada.

En España, incluso con un sistema mayoritariamente público, el aumento del peso del gasto directo de las familias ya está ampliando las brechas de acceso: el gasto privado de los hogares en salud ha crecido un 50% desde 2003, y los hogares ricos gastan hasta ocho veces más en servicios médicos privados que los pobres. Esto sucede porque esos hogares si pueden permitírselo, pero la inmensa mayoría no.

El discurso de que “no nos podemos permitir la sanidad pública” es directamente falso: el gasto sanitario público actúa como un potente dinamizador de la economía, aumenta la productividad y se asocia a mayor crecimiento de la renta por trabajador a largo plazo. Estudios sobre el sistema sanitario español muestran que aumentar de forma permanente la inversión en sanidad puede elevar el PIB de manera sostenida, con crecimientos adicionales y efectos multiplicadores en empleo y actividad empresarial. Lejos de ser un agujero, la sanidad pública es una infraestructura productiva: mejora el capital humano, reduce el absentismo, facilita la inserción laboral y corrige desigualdades territoriales y sociales.

La estulticia de quienes son incapaces de relacionar causas y efectos: igual que un bosque arde si no se cuida en invierno, un sistema público se degrada si se desfinancia y se trocea en beneficio de intereses privados. La literatura comparada no encuentra evidencia sólida de que la gestión privada o público‑privada de los servicios sanitarios sea más eficaz o eficiente que la gestión pública directa; en muchos casos, los hospitales públicos igualan o superan en eficiencia a los privados. Reducir el peso de la sanidad pública en favor de la privada incrementa las desigualdades sociales y geográficas, dificulta el control de la calidad asistencial y prioriza los casos más rentables sobre los más graves o complejos.

Un sistema de sanidad pública universal y de calidad no solo cura enfermedades: actúa como vector de cohesión social y de confianza en las instituciones, especialmente en crisis como la pandemia de COVID‑19. Sociedades que aceptan convertir urgencias, ambulancias o tratamientos básicos en mercancías pagadas en la puerta, están renunciando de facto a la igualdad y a la dignidad de sus ciudadanos. Cada país tiene a los gobernantes que se merece, según su sacrosanto voto. Defender la sanidad pública es precisamente tomarse en serio ese voto: elegir entre un modelo de ruleta rusa y negocio, y otro de derecho garantizado, seguridad colectiva y verdadera civilización.


¿DONDE ESTÁ EL JUEZ PEINADO PARA HACER JUSTICIA?


El último Consejo de Gobierno de Madrid en 2025, aprobó miles de millones de euros adicionales en compensaciones a las empresas Quirón y Ribera Salud por la gestión de hospitales públicos madrileños.  

En detalle, se autorizaron pagos correspondientes a la liquidación del ejercicio 2024: Hospital Valdemoro: 32,8 millones de euros; Hospital Móstoles: 84,8 millones; Hospital General de Villalba: 37,9 millones; Hospital de Torrejón: 25 millones. Además, se añadieron 176,6 millones de euros** para la Fundación Jiménez Díaz (grupo Quirón) por la actividad sanitaria y farmacéutica realizada en régimen de libre elección.   La Comunidad justificó los desembolsos como pagos “por actividad” dentro del modelo concesional, incluidos los ajustes por “restablecimiento del equilibrio económico” de los contratos.  

En el plano político, el PP vetó la propuesta de Más Madrid de crear una comisión de investigación en la Asamblea regional sobre la gestión del Hospital de Torrejón y su impacto en la calidad asistencial, tras filtrarse audios donde directivos hablaban de rechazar pacientes o prácticas “no rentables”. 

El negocio de proporcionar bienes públicos por parte de agentes privados no tiene ningún riesgo para los "empresarios privados" que juegan sin problema alguno. Ellos se apuntan a proporcionar sanidad y si algo va mal aquí esta lo público para poner lo que haga falta y más. Así que todos contentos, los votantes que ni se dan por engañados, los quirones que se lo llevan crudo sin riesgo y los que dan la gestión que viven como dioses. 

Se puede decir sin temor a equivocarse que a sus votantes les importa menos su salud y su bienestar, que manifestar su odio a Sánchez y a la izquierda en general. Sigan, que todo lo que tiene un principio tiene final.


Adiós en Navidad


La historia empezó en aquel cuarto diminuto. Él siempre se sintió extranjero un país extraño, extranjero incluso en su propio cuerpo. Ella se reía y le llama exagerado. Lo cierto es que, en el fondo, la atraía y la conmovía esa melancolía que envuelve al hombre que se sabe siempre un poco fuera de lugar, siempre a medio camino de todas partes. Afuera era día de Navidad, con las luces de otros encendidas en las ventanas y ese silencio raro de las ciudades que parecen contener la respiración antes del año nuevo. 

Él escribe por las noches, rodeado de tazas de café frío, jugando a ser grande en un mundo que lo ha olvidado ya, y se define en su cuaderno como “sueños de poeta olvidado”, como si la vida le hubiera pasado por encima antes de tiempo. A veces, ella se despierta a medianoche y lo mira escribir en silencio, pensando que no sabe si ama más lo que él es, o lo que intenta ser cuando junta palabras en esas hojas gastadas. 

Durante años, los dos creyeron que estaban llamados a algo enorme, casi épico. Quizás por ese convencimiento, a veces, hablaban de cambios, de justicia, de romperlo todo para reconstruirlo mejor, como si aún fuera posible su soñada revolución. Pero el tiempo les fue limando las consignas y, aunque ya no exista la revolución que soñaron, siguieron agarrados el uno al otro como si ellos en su pequeño cuarto fueran la última trinchera posible. 

Una noche de frio invierno, algo se quebró en la mirada de él cuando descubrió un mensaje en el móvil de ella, uno de esos mensajes que no dicen nada explícito y sin embargo lo dicen todo. Ella intenta explicarse, pero el sabor amargo de la traición deja en el aire una frase seca: no volvería a creerte ni por un millón de besos de esos que tú das, pronunciada con una calma cruel que ni siquiera él sabía que tenía. 

Desde entonces cada gesto de ella olía a disculpa y cada silencio de él a reproche, hasta que una tarde los dos se quedan callados a la vez y comprenden que huele al final de esta historia de amor, como si alguien hubiera apagado la luz sin previo aviso. Ya no discuten, porque apenas se rozan, y la casa entera se ha  convertido en un museo de objetos que ya no significan nada para ninguno de los  dos. 

El último día que se ven de verdad, él llegó al bar donde solían encontrarse,  empujando la puerta con la extraña sensación de estar entrando en un recuerdo, no en un lugar. No recuerda si estaba aquí esperándote, piensa cuando mira la silla  vacía frente a él, juega con el vaso de agua y siente que el tiempo se estira como un chicle, pegajoso y absurdo. 

Ella llega tarde, desarmada, sin excusas preparadas, y se sienta sin besarlo, como si la distancia entre sus rostros fuera ancha cómo un océano. Hablan poco, casi  con frases sueltas, como si estuvieran citando versiones gastadas de sí mismos, y  en ese rato él entiende que quizá no se le ha roto el amor, sino el personaje que había construido para merecer ser amado. 

Cuando ella se marcha, él se queda un rato más, solo, mirando la puerta que ya no se abrirá de nuevo para ella. Igual, en realidad, solo estaba solo, se dijo, mientras  recogía junto con el abrigo, la bufanda que ella le regaló la primera Navidad que pasaron juntos, y piensa que quizá este sea el último invierno en que su nombre y el de ella aparezcan en la misma frase. 

Luego salió a la calle helada, escuchaba a lo lejos a alguien ensayando las campanadas de fin de año en la televisión de la terraza de un bar. Y se prometió que el ya próximo enero lo encontraría sin esa mezcla de miedo y nostalgia pegada al pecho, como si este adiós en Navidad fuera también una forma de decirle hasta nunca, cómo la constancia de que el año nuevo empezará sin ellos.

viernes, 26 de diciembre de 2025

Castilla-La Mancha en el informe Anual 2024 del Sistema Nacional de Salud

Castilla-La Mancha en el informe Anual 2024 del Sistema Nacional de Salud

“La región necesita una decisión política explícita de invertir en Atención Primaria rural, de reequilibrar el gasto hacia los servicios primarios y de asumir que, en territorios como este, el éxito del sistema no se mide solo en camas ni en TAC por millón de habitantes, sino en la capacidad de que un médico de familia conozca por su nombre a sus pacientes”

Castilla-La Mancha sale en el Informe Anual 2024 del Sistema Nacional de Salud (SNS) como una comunidad con resultados de salud buenos, pero sostenidos sobre una Atención Primaria claramente infradotada para su realidad rural, envejecida y dispersa.

La región alcanza 2,39 millones de habitantes y presenta un perfil muy envejecido, con una de cada cinco personas de 65 o más años. La esperanza de vida (83,8 años) es prácticamente igual a la media española, lo que indica que, pese al contexto socioeconómico más frágil, el sistema consigue mantener buenos resultados en supervivencia.

Sin embargo, comparte plenamente los determinantes sociales adversos que describe el informe para España en su conjunto: alta proporción de población con estudios básicos, riesgo de pobreza por encima de la media europea y gradientes claros en obesidad, sedentarismo y estilos de vida según nivel educativo. En una comunidad extensa y con renta más baja, esto se traduce en bolsas de vulnerabilidad donde la Atención Primaria debería tener un papel estratégico que hoy no está suficientemente respaldado.

El SNS destina solo alrededor del 14% del gasto sanitario público a Atención Primaria, mientras casi dos tercios se orientan al ámbito hospitalario, patrón que también condiciona a Castilla-La Mancha. El propio análisis subraya que, en diez años, donde menos ha crecido el número de médicos es en Atención Primaria, a pesar del aumento de población, cronicidad y demanda urgente.

En accesibilidad, las cifras son elocuentes: solo un 11,1% de las personas son atendidas el mismo día que piden cita en Atención Primaria y otro 11,2% al día siguiente, mientras alrededor del 70% espera más de un día, con un tiempo medio de 8,7 días. En quirúrgica programada, Castilla-La Mancha está en una posición intermedia del país (113 días de espera de media, 19,2% con más de seis meses), pero el foco político ha sido más proteger la quirúrgica que corregir el deterioro en la puerta de entrada al sistema.

Los datos no apuntan a un fracaso clínico de Castilla-La Mancha, sino a un problema de modelo: se mantiene una Atención Hospitalaria razonablemente protegida mientras se acepta como normal una Atención Primaria saturada, con demoras y con el crecimiento de plantillas más bajo del sistema. Para una comunidad rural y envejecida, esto es estratégicamente incoherente: se infrafinancia justo el nivel que mejor responde a cronicidad, fragilidad y desigualdad.

El Informe del SNS 2024 permite, aunque no lo diga explícitamente, una conclusión clara: si Castilla-La Mancha quiere sostener sus buenos resultados en esperanza de vida y reducir desigualdades, no basta con “aguantar” con el modelo actual. Debe reorientar gasto y recursos humanos hacia la Atención Primaria rural y comunitaria, porque ahí es donde se decide si la región seguirá teniendo un buen sistema de salud… o solo buenas estadísticas mientras la base se agota.

Si se toma en serio lo que muestran las tablas y gráficos del informe (envejecimiento, desigualdad educativa, pobreza relativa, infrafinanciación del primer nivel, bajo crecimiento de médicos de familia), Castilla‑La Mancha necesita algo más que ajustes marginales. Necesita una decisión política explícita de invertir en Atención Primaria rural, de reequilibrar el gasto hacia los servicios primarios y de asumir que, en territorios como este, el éxito del sistema no se mide solo en camas ni en TAC por millón de habitantes, sino en la capacidad de que un médico de familia conozca por su nombre a sus pacientes… y pueda verlos cuando lo necesitan, no nueve días después.

Ojalá 2026 sea el momento de tomar la decisión que los datos exigen.

El falso mito del centro político


En las cenas de Navidad, todos huimos de enfrentamientos dialécticos, y perdonamos todo al “cuñao” de turno. Una forma de hacerlo es solo ver, no entrar al trapo, cómo aquellos con posiciones más escoradas a la derecha, se visten de defensores de un centro político, que cuando les pides que lo definan, es esa interpelación la que se convierte en el gran problema, porque aquello de "en el centro está la virtud", es realmente también cuestionable a estas alturas en nuestro país, porque eso no es el centro.

Durante las últimas décadas, la política española ha vivido una peculiar obsesión con el “centro”. Todos los líderes de la derecha, de Aznar a Feijoo, pasando por Rivera, han proclamado su aspiración de ocuparlo. Sin embargo, lo que subyace en esa idea no siempre es la búsqueda de equilibrio o de moderación, sino algo más profundo y problemático: la pretensión de colocarse en el punto moralmente superior del tablero político.  

Cuando Aznar hablaba de construir un partido de centro, no proponía un espacio centrado flexible capaz de integrar sensibilidades diversas, sino un proyecto supremo, jerárquico, que ordenaba las ideas según su cercanía a ciertos valores considerados por él cómo absolutos  (la nación, la unidad, la familia tradicional, el orden) situándolos por encima de la pluralidad democrática. En esa visión, quien no comparte dichos principios no ocupa otro punto del debate, sino un nivel inferior, casi ilegítimo.  

El problema es que esa lógica convierte el centro en un instrumento de exclusión. Si el centro es lo que uno mismo representa, todo lo demás queda a los márgenes: el adversario, por definición, no puede tener razón. De ahí proviene la dificultad crónica de la derecha para pactar más allá de su propio bloque. Llegar a considerar que solo ellos encarnan la verdadera España implica negar de partida la legitimidad de los demás proyectos políticos, en especial los de la izquierda o el nacionalismo.  

La consecuencia, es que el “centro” deja de ser un espacio de consenso y se transforma en una coartada solo retórica. El verdadero centro político no consiste en situarse entre dos extremos por pura geometría ideológica, sino en practicar la empatía democrática, aceptar la pluralidad y renunciar a la idea de que uno es el único intérprete válido de la verdad nacional. Mientras la derecha no asuma esta tarea, se seguirá llamando a si misma “centro” sin llegar nunca a serlo.


El resultado extremeño

Intentando analizar el resultado extremeño desde la distancia de quien ya no milita. 

Esta opinión no se trata de un ajuste de cuentas, cómo mucho una advertencia desde la experiencia. La casa se empieza por los cimientos, y si vuestro partido socialista quiere recuperar credibilidad social, primero debe recuperar la credibilidad interna. Si se habla de participación y democracia hacia fuera, debe practicarse hacia dentro. Si queréis que el proyecto socialista siga vivo, las primeras en sentirse respetadas y tenidas en cuenta tienen que ser las personas que sostienen el partido desde la base. 

Están viviendo las consecuencias de un proceso que, a gran escala, se ha convertido en una pérdida de confianza: cuando las bases se sienten usadas, una parte de ella  termina marchándose, otra se queda, pero se desmoviliza, y otra se expresa con voto de castigo o abstención. Eso en la derecha nunca se produce: primero se vota y luego se pregunta.

En este entorno actual, lo afirmado respecto a las bases es aún mucho más importante. Cuando la derecha  es preponderante en redes y medios, la izquierda debe sustituir esos altavoces por el boca a boca. Si en las ciudades resulta complicado, en el medio rural es imprescindible. Piensen en la evolución de la estructura de su partido. Que se haya pasado de agrupaciones de verdaderos militantes a convertirlas en agrupaciones casi exclusivas de concejales; de las decisiones colegiadas de una agrupación local a la adopción de decisiones piramidales del alcalde o del secretario general local correspondiente; de reuniones de convivencia frecuentes y participativas, a una fiesta al año en el mejor de los casos, solo les puede conducir a la suma de desinformación, desmovilización interna y desconfianza externa que acaba abriendo la puerta a derrotas electorales cómo la del pasado domingo en Extremadura. Que luego estas se quieran explicar cómo solo consecuencias de factores externos, es no querer admitir que lo que en realidad se tiene es un problema interno. No es falta de la autocrítica a la que se refiere el “pagismo”, sino de admitir que las estructuras piramidales acaban reduciéndose al vértice.

Para tristeza de muchos, cada día más ese partido descansa solo sobre sus cargos, jugando así con el futuro de un socialismo que sigue teniendo espacio social, pero que va perdiendo músculo militante, credibilidad y conexión con su base. No culpen de todo (no es necesario, ya lo hace la derecha) a su secretario general federal, porque todos ustedes son mucho más culpables que él, puesto que son mucho más cercanos a la base de la pirámide.

El retroceso del PSOE se explica en buena parte por la desafección y la abstención en su propio espacio social, algo que encaja completamente con el relato de una base cansada de no ser escuchada hasta el día que llegan las elecciones.

Aprovechen el momento, y firmen un armisticio


Ver a militantes de la izquierda del PSOE alegrándose de los malísimos resultados de ese partido en Extremadura, a otros interpretar que el buen resultado de Unidas por Extremadura es una llamada de atención para que Sumar desaparezca, o escuchar a un jarrón chino socialista pedir abstenerse para que el PP gobierne, solo invita a pensar que a toda la izquierda española, prefiere antes que el rival pierda, que ver a su equipo  jugar bien. 

Antes muerta que sencilla. Parece ser, que hasta que no llegue ese momento en que la izquierda no pueda elegir entre susto o muerte, porque ya solo le quede morir, algunos no empezaran a pensar en lo común antes que en lo propio, antes en lo que une de en lo que separa. Antes de hablar del frente amplio, tienen que empezar por dejar de matarse.

En el lenguaje político, un armisticio puede entenderse como la suspensión de hostilidades entre fuerzas que siguen teniendo diferencias profundas, pero que acuerdan dejar de “dispararse” para concentrarse en un objetivo común. No es una paz definitiva ni una fusión orgánica, sino un alto el fuego que abre la puerta a la negociación sobre el proyecto y las reglas del juego compartidas. Trasladado a la izquierda, un armisticio significaría, por tanto, detener la guerra de vetos cruzados, listas paralelas y descalificaciones públicas, sin exigir a nadie que renuncie a su identidad, pero sí exigiendo responsabilidad ante el adversario real. Un armisticio entre las izquierdas es hoy una necesidad estratégica: sin una suspensión de hostilidades internas no habrá ni programa creíble ni alternativa real frente a una derecha cada vez más hegemónica en el bloque ideológico. La cuestión ya no es si conviene entenderse, sino si pueden permitirse no hacerlo.

En el último ciclo, el bloque de izquierdas ha perdido peso electoral mientras la derecha y la extrema derecha consolidan y amplían su espacio, incluso cuando hay descontento social con cuestiones como vivienda o condiciones laborales. La fragmentación, las escisiones en cadena y las candidaturas enfrentadas en territorios clave han convertido cada elección en un combate fratricida donde los escaños que se pierden no se recuperan en ningún otro lado. Todos son más puros y limpios que el otro, pero también todos parecen no darse cuenta de lo paradójico que resulta que buena parte del electorado progresista no discuta la necesidad de políticas más ambiciosas, pero percibe a sus representantes como más pendientes de sus querellas internas que de dar respuestas tangibles a los problemas de los ciudadanos. 

Pero un armisticio sin condiciones claras solo serviría para ganar tiempo y posponer el siguiente choque. Para que ese choque no se dé, debería, como mínimo, apoyarse en tres compromisos: Reconocimiento mutuo y fin de los vetos personales y orgánicos, asumiendo que la pluralidad es una realidad estructural del espacio y no una anomalía que deba corregirse a golpe de purga electoral; Mecanismos de decisión compartidos (primarias o acuerdos verificables) para las listas, evitando que cada cita con las urnas se convierta en una guerra de marquesinas, logos y egos locales; Un marco programático mínimo y vinculante que fije líneas rojas (servicios públicos, derechos sociales, calidad democrática) sobre las que nadie pueda gobernar en contra, aunque la correlación de fuerzas internas oscile. Sin esas condiciones, la “unidad” se degradará en mera foto preelectoral destinada a explotar en cuanto se reparten puestos y cuotas institucionales. 

Anguita convirtió en consigna algo elemental: antes de los nombres, el programa; primero el qué, luego el quién. Décadas después, la izquierda repite el lema, pero practica lo contrario: se discuten liderazgos, siglas y relatos, mientras los programas se convierten en catálogos vaporosos, inflados de promesas sin priorización ni memoria de cumplimiento. Reivindicar hoy el “programa, programa” implica tres exigencias incómodas: seleccionar pocas banderas claras y comprensibles, evaluar públicamente qué se cumplió y qué se traicionó en la legislatura anterior, y admitir que un buen programa también requiere renuncias, frente al deseo maximalista de cada una de las subcorrientes.  Sin esa autocrítica, cualquier llamada a la unidad será percibida como mera operación de supervivencia de las élites partidistas.

El auge sostenido de la extrema derecha y la normalización de discursos autoritarios no son un espantajo retórico, sino un dato político que atraviesa EE. UU., Europa y encuentra eco creciente en España. Frente a ese escenario, una izquierda ensimismada en sus cismas no solo se hace daño a sí misma, sino que  deja desprotegidos a quienes dependen de sus propuestas políticas para sostener la sanidad pública, la educación, la vivienda o la transición ecológica con justicia social. 

Poner encima de la mesa un armisticio entre toda la izquierda no es, por tanto, un gesto de buena voluntad entre viejos camaradas, sino un deber democrático frente a una correlación de fuerzas que se inclina hacia proyectos regresivos. No se trata de que las izquierdas se quieran más, sino de que se disparen menos entre sí y apunten, de una vez, hacia donde está el verdadero poder. El armisticio en la izquierda es una urgencia democrática.

CARTA A RODRIGUEZ IBARRA


Señor Rodríguez Ibarra:

Acabo de escuchar varias veces para darle respuesta, su propuesta de que el PSOE se quite del medio para que el PP gobierne limpio de Vox.  La propone cómo un gesto de responsabilidad, pero se olvida de que hay gestos que, aunque parezcan limpios, huelen a rendición.

Su propuesta es cómo esta historia: en mitad de la plaza del pueblo, el mago muestra al público las manos vacías. Alza la voz y jura o promete: “Si el PSOE se abstiene, Vox desaparece”. Pero se está olvidando que los trucos de este siglo XXI ya no se hacen con palomas. Ahora se hacen con titulares en los medios de comunicación, y rápidamente el pacto con la extrema derecha se borrará del escenario mediático, pero nunca de la vida real. Además, el PP aprendería rápido la lección: cada vez que se ate a Vox, bastará con gritar “que venga la izquierda responsable que viene el lobo Vox” para que alguien corra a sostenerle la silla del poder. Así, al monstruo no se le desarma, se le da comida y cama, pero en una habitación más discreta del mismo palacio. 

Porque si no le vale esa historia inventada, usted ya tiene otra real y conocida, que por si la ha olvidado se la recuerdo. Érase una vez una presidenta que prometió no abrir la puerta a Vox y acabó firmando con ellos una consejería, un senador y un programa afilado contra los derechos y los servicios públicos. No fue un accidente, fue una elección: a la hora de la verdad, el PP eligió a la ultraderecha antes que cualquier entendimiento con la izquierda. ¿La recuerda? Ahora usted, el viejo patriarca del partido les pide a los suyos que apaguen la luz, miren hacia otro lado y aprieten el botón de la abstención “para que Vox no mande”. La historia tiene mucha ironía: quienes alimentaron a la fiera piden a sus víctimas que la sujeten, mientras ellos siguen cobrando la entrada al circo. 

Perdóneme que se lo diga claramente, pero la militancia no estorba. Estoy convencido de que en las sedes socialistas extremeñas hay gente que hizo cola, pagó cuotas, pegó carteles, y que votó no para regalar gobiernos a la derecha. Esa gente tiene un nombre: militantes. Para algunos próceres de su partido, parece que los militantes solo son un problema logístico: se empeñan en recordar que el voto no es una ficha para mover a conveniencia de los viejos notables. Si el PSOE se abstiene para coronar a Guardiola, les estará diciendo a sus votantes: “Tu papeleta era una sugerencia, no un mandato”. Y los votantes, esas velitas que se apagan cuando se sienten traicionados, aprenderán rápido que la mejor manera de no ser usados es quedarse en casa. Igual le suena esa reacción.  

Cómo médico le comento que un cordón sanitario se pone contra el virus, no contra el enfermo que lo sufre. Aquí usted propone lo contrario: salvar al PP de su propia decisión de abrazar a Vox, para que todo siga igual, pero con una mejor foto de portada. Creo que es mejor pensar, que si el PP quiere demostrar que puede vivir sin Vox, que lo haga solo: renunciando al pacto, perdiendo el gobierno si hace falta, explicando a los suyos por qué rompe con los socios de la bandera gigante. 

Hasta entonces, cualquier abstención del PSOE será eso que la historia llama por su nombre: colaboracionismo. A los actos de miedo se les suele llamar prudencia. A los actos de obediencia, responsabilidad de Estado. Pero cuando la izquierda levanta la alfombra y barre bajo ella los votos que la sostienen, no está siendo adulta: está escribiendo su testamento. Su propuesta, señor Ibarra, no es un puente hacia la moderación, sino una lápida de lujo para la credibilidad de un partido que nació para enfrentarse al poder, no para sostenerlo gratis cuando se viste de azul. 

Entiendo que escribirle esta carta en una red social no es garantía de que pueda llegar a sus manos. Pero aunque no la lea, al menos puedo dar mi opinión sobre su propuesta, convencido de que al menos alguno de los que ven bien su propuesta sepa, que  los pueblos tienen bastante más memoria que los titulares de los medios, aunque suelen escribir en silencio siempre la última línea, y la izquierda socialista de Extremadura, escribiría: “Nunca más en nuestro nombre”.

DE TORRE-PACHECO A BADALONA


Creciente tensión social en Badalona tras el desalojo de un antiguo instituto, ocupado por decenas de migrantes. El alcalde impulsó el desalojo como parte de su estrategia política y se negó a que los servicios sociales municipales atendieran a las personas afectadas, pese a que un juez lo ordenaba. Esta decisión provocó que muchos migrantes quedaran en la calle y formaran campamentos improvisados.

La situación ha derivado en enfrentamientos entre grupos vecinales: unos, alentados por Albiol, se oponen a la presencia de migrantes, mientras otros, junto a entidades sociales, reclaman soluciones de vivienda y denuncian el racismo y la falta de gestión municipal. El fin de semana anterior, una protesta vecinal impidió que Cruz Roja acogiera a parte de los migrantes en una parroquia local. Mientras tanto, la mayoría de los migrantes desalojados sigue durmiendo al raso, sin alternativas habitacionales adecuadas a pesar del frío invernal.

Hay días en que pensar duele, y escribir es cómo llorar con palabras, y no de alegría, sino del frio a la intemperie. En estos días nos cuentan que hace más de dos mil años, una pareja sin techo parió a su hijo en un portal cualquiera, porque todas las puertas se la cerraban los que tenían miedo o tenían dueño.  Ahora, los herederos de aquel recién nacido levantan altares, organizan misas, ensayan villancicos ultracatólicos con Hakuna, representan belenes perfectos, y. esos mismos mientras tanto desalojan a los que duermen bajo cartones en el invierno más helado, jurando que siguen al niño de la calle, pero siguen  caminando en dirección contraria.

En 1967 Miguel Delibes escribía que “El español siempre ha jugado a polarizarse en los extremos. En España, país muy poco leído, no se rechazan las ideas –que se desconocen– sino las personas; no hay juicios, sino prejuicios”.

Esto es el fruto de la gran gestión de un alcalde que no apaga fuegos, sino que los fabrica en serie, porque ha convertido su despacho en un laboratorio de incendios, no de soluciones.  Menudo experimento político, viscoso y oscuro, el de Albiol: receta de odio, probeta de miedo, resultado contrario a toda convivencia que merezca llamarse democrática. Es el viejo sueño húmedo de los fascistas: inventar enemigos donde no los hay, sembrar peleas en la nada, y luego vender la mercancía averiada de la inseguridad como si ellos fueran la salvación.

No se engañen, que ya lo vimos en Torrepacheco. Lo que hoy estalla en Badalona es el ensayo general de una obra triste que pronto se representará en muchos rincones del país.  PP y Vox han elegido el odio al inmigrante como bandera de campaña, y esa bandera, hecha de miedos y mentiras, la están clavando en todas partes. Pero no les bastará con odiar a los que llegan de lejos.  Mañana el odio irá de puerta en puerta: mujeres, colectivos LGTB, pensionistas, los más frágiles, todos alineados en la diana, mientras los fantasmas más tétricos del franquismo bajan del desván y vuelven a pasearse, orgullosos, por las plazas.

Pero eso sí, sus muros en redes están llenos de Feliz Navidad, Gloria a Dios, y sus mejores deseos. Para perder la fe en la especie humana.


lunes, 22 de diciembre de 2025

EXTREMADURA EN BRAZOS DE LA EXTREMA MÁS DURA: CUANDO PACO Y REGULA VOTARON AL SEÑORITO IVÁN


Anoche en el PP tiraban cohetes. Pero si fueran políticos serios y no actores y actrices del teatro de la discordia que ellos mismos han creado, admitirían que no han ganado y que si han deteriorado la democracia. Ese es, en el fondo, el balance político de lo ocurrido ayer en Extremadura: una operación presentada como alternancia normal que, en realidad, normaliza la presencia determinante de la extrema derecha en las instituciones y rompe consensos éticos que habían costado décadas construir. Confundir mayoría parlamentaria con legitimidad moral es una forma de empobrecer la democracia hasta convertirla en un mero reparto de sillones, sin proyecto ni horizonte colectivo.  

Lo primero que llama la atención es la personalización grotesca del conflicto político: todo se reduce a un “contra Sánchez” que sirve para evitar cualquier discusión sobre modelo de país, servicios públicos o derechos sociales. Ese marco convierte las elecciones en un plebiscito permanente sobre un líder, no sobre programas, y es funcional a quienes no quieren hablar de desigualdad, abandono territorial o precariedad vital. La paradoja es evidente: se castiga a un partido o a una figura concreta, pero las políticas que terminan imponiéndose son las de quienes nunca han estado del lado de la mayoría social.  

Extremadura aparece, así como un espejo incómodo de lo que pasa en el conjunto del Estado: décadas de promesas incumplidas, infraestructuras que nunca llegan, jóvenes que se marchan y territorios tratados como periferia sacrificable. La región se ha convertido en campo de pruebas de estrategias nacionales diseñadas desde centros de poder ajenos, que miran el mapa solo en clave de aritmética electoral, no de justicia territorial. En ese contexto de frustración, parte de la ciudadanía se queda en su casa, y otra parte termina votando a fuerzas que representan exactamente los intereses que han condenado a la región a la irrelevancia y al atraso.  

La llamada “victoria” del PP es, en realidad, una victoria hueca: menos votos y más escaños, un maquillaje estadístico que esconde la ausencia de proyecto y de ilusión transformadora. El PP no llega a gobernar con un plan para Extremadura, sino con una calculadora y una dependencia estructural de Vox, que no gobierna formalmente, pero fija los límites de lo decible y lo posible. Cuando el socio imprescindible es una fuerza que niega consensos básicos en igualdad, memoria democrática o derechos civiles, el programa deja de ser de “centro-derecha” para convertirse en un programa tutelado desde posiciones más reaccionarias.  

Vox no es la respuesta al hartazgo, es la explotación política del hartazgo. No ofrece soluciones estructurales al abandono ni a la desigualdad, sino un repertorio de culpas dirigidas hacia los de siempre: mujeres organizadas, migrantes, ecologistas, sindicatos, cualquier actor que cuestione los privilegios establecidos. Pactar con Vox no es un gesto táctico inocuo: tiene consecuencias morales y sociales profundas, porque legitima un discurso excluyente que permea instituciones, medios y conversaciones cotidianas, desplazando los límites democráticos hacia posiciones cada vez más autoritarias.  

Y no se engañen en el PSOE buscando justificaciones, porque su “batacazo” es más un síntoma que una causa: expresa un malestar profundo con la situación del país y con la sensación de abandono territorial. No se trataría solo de un castigo a Pedro Sánchez o a unas siglas, sino de la percepción de que el partido no ha sabido ofrecer respuestas creíbles al deterioro social, económico y territorial acumulado por Extremadura.  

Entre las posibles causas: la derecha convierte cualquier elección en un referéndum emocional “contra Sánchez”, desdibujando debates de modelo de país; muchos votantes perciben que el PSOE forma parte de un consenso de élites que ha aceptado la desigualdad territorial como algo estructural;  el vacío de proyecto ilusionante y la incapacidad para canalizar el hartazgo han dejado espacio a un voto de protesta; el candidato era manifiestamente mejorable. 

Lo ocurrido ayer en Extremadura debería ser una doble advertencia: por un lado, sobre la capacidad de la derecha para articular mayorías con un proyecto vacío pero emocionalmente eficaz; por otro, sobre la desconexión de las fuerzas progresistas respecto a la experiencia real de abandono en los territorios. O se reconstruye un proyecto que hable de futuro para Extremadura y para todas las “periferias” del país —con empleo digno, servicios públicos robustos y soberanía sobre sus recursos—, o el hueco lo seguirán ocupando quienes solo saben convertir el malestar en resentimiento y el resentimiento en poder reaccionario.

Se abre la puerta de nuevo al señorito Iván, el terrateniente del cortijo extremeño en la novela Los santos inocentes de Miguel Delibes. Todo augura la vuelta al señorito rural franquista: un amo arrogante, clasista y cruel, obsesionado con la caza y convencido de que la desigualdad entre señores y criados es “ley de vida” . Volverá el trato a los jornaleros como si fueran casi esclavos, a  utilizarlo como perro de caza incluso poniendo en riesgo su salud e integridad física para lucirse ante otros señores . Es la encarnación del opresor de clase.


El ESPEJO CHILENO: ORDEN A COSTA DE DERECHOS


“En Castilla-La Mancha, una región marcada por la precariedad, la temporalidad, los bajos salarios y la expulsión de la juventud, abrirle la puerta a quienes recortan derechos laborales, debilitan los servicios públicos y enfrentan a los de abajo entre sí es repetir la historia por la peor página”

En España y Castilla La Mancha, podría darse un giro a la chilena, con una derecha dura y una ultraderecha hegemónica, porque existen condiciones sociales, culturales y políticas similares: malestar económico, miedo, desafección y una izquierda incapaz de articular un proyecto ilusionante y estable para las mayorías populares. Esa combinación abre la puerta a que discursos reaccionarios, autoritarios y “antipolíticos” se presenten como solución, cuando en realidad son una amenaza directa para los trabajadores y sus derechos.

Chile acaba de elegir a José Antonio Kast, primer presidente de extrema derecha desde la dictadura de Pinochet, con un 58% de los votos y un discurso de “orden” centrado en migración, seguridad y mano dura. Es un dirigente que no rompe con el legado pinochetista y que reivindica un modelo económico ultraliberal combinado con autoritarismo penal, ultra catolicismo, muros fronterizos y un Estado social restringido.

Ese triunfo llega tras un ciclo de enorme movilización social, un proceso constituyente frustrado y una izquierda que no supo convertir las demandas de dignidad, pensiones y servicios públicos en cambios tangibles para las mayorías. El resultado es demoledor: el voto de sectores populares que protagonizaron la revuelta de 2019 acaba canalizado hacia un proyecto reaccionario que promete seguridad, orden y castigo a “los otros”, pero no una redistribución real de la riqueza.

En España, después de la dictadura franquista, la democracia se construyó sobre una transición pactada que dejó impune mucho del aparato económico, judicial y cultural del franquismo, lo que alimentó un “franquismo sociológico” latente. Décadas después, la explosión de la crisis de 2008, la precarización generacional y el resentimiento territorial (Cataluña, nacionalismo español agresivo) han sido terreno fértil para la extrema derecha.

Vox ha demostrado capacidad para crecer y consolidarse, especialmente entre jóvenes, clases medias empobrecidas y una parte nada desdeñable del voto obrero, convirtiéndose en actor clave en múltiples gobiernos autonómicos y municipales. Su discurso mezcla ultranacionalismo, antifeminismo, xenofobia y nostalgia de orden, pero no ofrece ninguna agenda económica orientada a mejorar salarios, empleo estable o protección social de los trabajadores.

Las derechas actuales comparten un núcleo ideológico: rebajar impuestos a rentas altas y grandes empresas, debilitar la negociación colectiva y limitar el Estado social, aunque lo vistan de “libertad” o “eficiencia”. La ultraderecha añade a esa agenda económica un envoltorio identitario que enfrenta a trabajadores entre sí: nacionales contra migrantes, fijos contra precarios, público contra privado, hombres contra mujeres, para evitar que el conflicto se plantee en términos de clase.

Esta amenaza no es una abstracción, también tiene un rostro muy concreto en Castilla-La Mancha a la que nada de esto le resulta ajeno. En nuestra tierra, la suma PP-Vox ya concentra una parte muy significativa del voto, y la extrema derecha ha pasado de ser residual a tener representación decisiva en Cortes, ayuntamientos y diputaciones. En una región marcada por la precariedad, la temporalidad, los bajos salarios y la expulsión de la juventud, abrirle la puerta a quienes recortan derechos laborales, debilitan los servicios públicos y enfrentan a los de abajo entre sí es repetir la historia por la peor página. Si Chile nos advierte de lo que ocurre cuando la frustración social acaba capitalizada por la extrema derecha, Castilla-La Mancha debería ser el primer territorio en tomar nota antes de que el “orden a costa de derechos” se convierta aquí en realidad cotidiana.

Estudios sobre extrema derecha en Europa muestran un patrón claro: allí donde gobierna o condiciona gobiernos se recortan derechos sindicales, se flexibiliza el despido, se bloquean o desmantelan políticas sociales y se protege selectivamente a “los de casa”, manteniendo intactos los privilegios empresariales. Bajo la retórica de defender “al pueblo trabajador”, votan sistemáticamente contra subidas del salario mínimo, refuerzo de inspección laboral, regulación del alquiler o impuestos a grandes fortunas. PP y Vox ya están cogobernando y pactando presupuestos en distintos niveles institucionales, como diputaciones y ayuntamientos, aplicando una agenda de recortes y privatizaciones encubiertas que agrava la situación de los trabajadores.

Lo que ha ocurrido en Chile muestra que no basta con haber sufrido una dictadura para quedar vacunados contra la extrema derecha: se puede pasar de la memoria del terror al voto masivo a un heredero político de ese régimen. En España, que también viene de una dictadura, el riesgo es que la frustración social y la incapacidad de construir un proyecto de izquierda sólido terminen abriendo la puerta a una alianza entre derecha y ultraderecha normalizada que consolide un nuevo ciclo regresivo.

Si las fuerzas progresistas no son capaces de garantizar vivienda, salarios dignos, servicios públicos sólidos y una narrativa de futuro para las clases populares, el hueco lo llenan quienes se dedican solo a señalar chivos expiatorios y prometen “orden” a costa de derechos. Para los trabajadores, en España como en Chile, esa combinación de neoliberalismo y autoritarismo sólo puede significar más precariedad, más miedo y menos poder frente a quienes realmente mandan: capital financiero, grandes empresas y élites económicas.






PROSPECTIVA

Seguimos con la actitud prospectiva del juez profundamente sesgada, que convierte una sospecha genérica en una presunción de “entramado de beneficios personales” sin soporte en hechos mínimamente sólidos. Esta justificación de la instrucción corre el riesgo de sustituir la neutralidad por una narrativa de corrupción ya dada por supuesta, donde la investigación parece creada para confirmar un relato previo más que para contrastarlo.
Llama la atención que la Audiencia considere “dudoso” y “potencialmente delictivo” el nombramiento de una persona de confianza frente a un “funcionario experto en protocolo”, cuando la práctica política reciente muestra ejemplos casi idénticos (como el de Jaime de los Santos) sin que hayan sido tratados penalmente. Esta selectividad erosiona la apariencia de igualdad ante la ley y convierte un criterio organizativo discutible en un posible arma penal, desdibujando la frontera entre irregularidad política, reproche ético y auténtico ilícito penal.
La argumentación de que apenas haya correos electrónicos es “irrelevante” porque “no es el único medio” para descubrir la desviación de funciones confiesa, en realidad, una investigación a la búsqueda de indicios más que apoyada en ellos. Desde una perspectiva judicial rigurosamente prospectiva, sería exigible lo contrario: partir de datos objetivos de desvío funcional y solo después construir la hipótesis de un entramado, no al revés, para evitar que la instrucción se convierta en un instrumento de exploración política más que en una respuesta proporcionada a un hecho indiciariamente delictivo.
Al final lo de siempre, acabar con el gobierno de Sánchez, que si Peinado ataca , la Audiencia Provincial ayuda, la juez pacense pone su granito de arena con motivos de las elecciones de Extremadura, el estamento judicial en su sentido más amplio aplaude , los medios afines a la pp "presentan pruebas Este episodio es un manual de golpe blando.

MERCADILLOS EN LAS ACERAS


Desde la esquina, con la espalda apoyada en una farola fría, y mientras mi compañera entraba a una tienda, observaba con una mezcla de curiosidad antropológica y desengaño, la fila de migrantes alineados sobre la acera, la manta extendida como una isla en precario, donde desplegaban su mercancía: bolsos, gafas, cinturones, juguetes, todo posiblemente falsificado, pero que para ellos no era un delito, sino la forma concreta que tenía ese día el pan de sus hijos. 

Nunca he logrado entender del todo la extraña fascinación que despierta ese tipo de venta ambulante. A mí siempre me ha parecido un lugar incómodo, saturado de cuerpos que se rozan, de pasos sin un rumbo claro, de voces superpuestas que convierten la calle en un murmullo espeso, a veces hasta molesto, demasiado carente de sentido como para resistir allí más de unos minutos.  Y, sin embargo, cada tarde, sobre todo los fines de semana, la multitud vuelve como si obedeciera a un rito ancestral: acuden a comprar baratijas y marcas falsas, pero también a reafirmar, sin decirlo, su condición de ciudadanos respetables que “pagan sus impuestos” mientras curiosean sobre aquellas mantas que se pueden recoger en segundos. 

Los vendedores son casi siempre hombres con la piel tostada por soles que no figuran en ninguno de nuestros partes meteorológicos, con un cansancio viejo. en la mirada, vendiendo las cosas más insospechadas con las que arañan un salario que nunca se llama así. Hay quien les compra movido por una vaga idea de ayudar, una limosna camuflada de ganga, pero también están los otros, los que piden una mercancía sabiendo de sobra que es falsificada y luego exigen garantía, factura y hasta hoja de reclamaciones, para tener motivo después para montarles un circo cuando comprueban que el vendedor no puede ofrecer nada de eso, y eso les ayuda a discutirles el precio. En realidad, lo que exhiben no es sentido de la justicia, sino una tacañería orgullosa, una forma de crueldad barata: regatean hasta el último euro como si en ese descuento se les fuera la vida, olvidando que a quien se lo arrancan es a alguien para quien esos pocos euros son, literalmente, la comida de ese día. 

Cada objeto que reposa sobre esas mantas tiene un encanto extraño y especial, como si en su defectuosidad residiera una forma torcida de belleza, una promesa de pertenencia, aunque sea por un rato, a un mundo de marcas que no fueron hechas para esos bolsillos. Pero ese mismo defecto puede encender la mecha de un rugido patriótico: de pronto se escucha un insulto racial, seco y cortante, que resuena en el aire como un disparo, y lo que sigue es todavía más perturbador, porque la gente aplaude al que insulta, ríe, asiente, como si no supieran o no quisieran saber, que esas mercancías que señalan con el dedo son falsas o defectuosas porque así lo exige la economía que ellos mismos alimentan. 

 El desenlace casi nunca cambia: el vendedor, con los ojos brillantes de rabia y vergüenza, recoge a toda prisa sus cosas por si acaso acude la policía, mientras intenta que no se le note que está al borde de las lágrimas. Cuando todo termina, sólo quedan los restos de ese pequeño naufragio cotidiano: papel de estraza arrugado, una galleta rota pisoteada junto al bordillo, una bufanda abandonada que nadie reclama, como si también ella hubiera perdido sus papeles. Pero lo que permanece de verdad no es eso, sino el peso invisible que dejan en el aire las humillaciones silenciosas, una sensación densa que se pega a la piel y cuesta sacudirse al volver a casa. La calle, se repite como un mantra que es de todos; pero allí, entre las mantas y los gritos, se revela una verdad incómoda: la calle es de algunos, aunque todos, absolutamente todos, crean tener razón.

jueves, 18 de diciembre de 2025

LOS ANDALUCES SABEN CONTAR


Los andaluces saben contar de sobra; quien parece tener serios problemas con las cifras y con el respeto es Feijoo, jaleado por un PP que aplaude el chiste como si fuera una estadística veraz. 

En la cena navideña del PP de Madrid, Feijoo presumió de los kilómetros de costa de Galicia rematando con un “ya sé que los andaluces no están de acuerdo, pero no saben contar”. El chiste, construido sobre el tópico del andaluz ignorante frente al “listo” del norte, se ha convertido en un insulto explícito a toda una comunidad, coronado con la contraposición a los “inteligentes madrileños” que veranean en Andalucía. 

En Andalucía sabemos contar muy bien los kilómetros de costa, pero también los años de desprecio clasista camuflado de broma por parte de la derecha. Sabemos  contar, sobre todo, los recortes y sus consecuencias: menos profesionales sanitarios de los que harían falta y más pacientes atrapados en listas de espera que no caben en ningún discurso de triunfalismo autonómico. Mientras él hace gracias con la calculadora, en Andalucía se saben contar los parados que siguen sin horizonte pese a los discursos de milagro económico del PP. También se sabe contar cada día extra que una persona espera una consulta especializada, una operación o una prueba diagnóstica en un sistema tensionado donde se pelea más por relatos que por ratios de sanitarios por habitante. 

Donde el conteo se vuelve indecente es en el caso del cribado de cáncer de mama: 2.317 mujeres afectadas por los fallos en los cribados según la Junta, con diagnósticos tardíos y angustia acumulada que no se arregla con ninguna broma navideña. La asociación Amama eleva a unas 4.000 las mujeres afectadas y habla de 301 que habrían desarrollado un cáncer tras esos fallos, mientras el Gobierno andaluz se aferra a la cifra de 23 como si fueran daños colaterales estadísticamente aceptables. 

Los andaluces hemos respondido claro: “sabemos contar perfectamente; contamos la de tontos que hay en el PP”, como le recordó José Ignacio García, y ojalá Feijoo y Moreno Bonilla compitieran por el número de sanitarias contratadas en vez de por chistes de sobremesa. Visto lo visto, en Andalucía saben contar paradas de mamografías, días en lista de espera y mujeres con cáncer; quienes no saben contar son los que convierten esos números en anécdota y a toda una comunidad en remate humorístico.

EL GRAN LIDER DE LA DERECHA


Feijoo ha hecho exactamente lo contrario de asumir el coste político de tres escándalos: se ha dedicado a proteger al partido, deslizar culpas hacia otros y limitarse a gestos cosméticos allí donde el daño es más evidente. Puede verse sin necesidad de grandes análisis.

En los cribados en Andalucía, ha decidido tapar el boquete, no repararlo. Feijoo ha actuado como cortafuegos de los barones del PP, no como líder preocupado por las pacientes. Mientras la ministra de sanidad le exigía que pusiera orden y obligara a las comunidades del PP a entregar los datos, él se alineó con su plante y avaló la negativa coordinada a facilitar información sobre cribados de mama, cérvix y colon. Esa postura, lejos de afrontar de frente lo ocurrido en Andalucía, ha convertido la opacidad en estrategia: cerrar filas, negar datos y vender el problema cómo una  “maniobra política” del Gobierno central.

En el caso del hospital de Torrejón: condenar al CEO, para salvar el modelo. Con el hospital de Torrejón, Feijoo ha aplicado un manual clásico: se carga al peón para salvar la estructura. Después de conocerse los audios donde el CEO del grupo Ribera pedía rechazar pacientes y alargar listas de espera para mejorar el EBITDA, Feijoo se ha limitado a “alegrarse” de su salida y a pedir una auditoría “con absoluto rigor”, dejando intacto el modelo de concesiones que incentiva exactamente ese tipo de decisiones. No hay una sola palabra cuestionando la lógica de la sanidad público‑privada madrileña; el problema, según su relato, no es el sistema, sino una frase desafortunada de un directivo demasiado sincero delante de un micrófono encendido. Y además la auditoria no se va a hacer.

Con Mazón ha pasado del blindaje a la distancia calculada. Feijoo ha pasado de garante a esquiador de fondo, intentando deslizarse fuera del foco a medida que las mentiras del president valenciano se volvían judicialmente incómodas. Primero se presentó en Valencia asegurando que Mazón le había informado “en tiempo real” de la DANA, frase que hoy investiga una jueza y que ha motivado su citación como testigo para aclarar si aquello fue cierto o una mentira más al calor de la tragedia. Solo cuando el coste reputacional ha desbordado a Mazón, Feijoo empieza a hablar de que “tendrá que explicar todas y cada una de sus palabras”, un giro calculado que llega tarde y que no corrige lo esencial: durante un año, el PP ha protegido y acompañado ese relato engañoso.

El hilo común es claro: Feijoo no lidera para aclarar hechos, sino para minimizar daños partidistas. En Andalucía respalda el cierre en falso de los cribados y la negativa a dar datos; en Madrid separa al CEO del contexto para no tocar el negocio sanitario; en Valencia acompaña a Mazón mientras las mentiras sirven para aguantar el chaparrón, y solo se distancia cuando ya hay jueza, víctimas organizadas y presión mediática. No es “pasar de puntillas” por torpeza, es una decisión política: el dolor de las pacientes andaluzas, los enfermos rechazados en Torrejón o las víctimas de la DANA son secundarios frente al objetivo prioritario de que nada de esto termine señalando al proyecto real que Feijoo representa: un PP que privatiza, usa la opacidad y miente, pero exige responsabilidad solo cuando gobiernan otros.


EL MOVIL DE LA PANADERA


En aquel pueblo nadie sabía con certeza adónde iban a parar los mensajes que borraban de sus WhatsApps. Algunos decían que se quedaban flotando en el aire, como pájaros tristes condenados a volar hasta que alguien recordara cuales eran sus palabras. Otros juraban haberlos visto cruzar el cielo de madrugada, en forma de destellos verdes que corrían sobre la loma junto al camino del norte, eran cómo la luz del Pardal, pero ellos la veían justo antes del amanecer, y no de noche.

Desde que la panadera borró aquel mensaje, el silencio empezó a crecerle por dentro. Ya no era feliz mientras amasaba, y la panadería ya no olía a pan caliente, sino a tinta y a cables quemados, que ella notaba que se le enredaban en la garganta y no la dejaban dormir. Por las noches, abría el teléfono y pulsaba la tecla  “recuperar”, intentando encontrarlos y recuperar el sueño que había dejado escapar.

Pero no le ocurría solo a ella. En el pueblo se oían rumores de que la forma de recuperarlos era ira a la vieja oficina de correos, donde había  un buzón invisible al que llegaban los mensajes eliminados de todo el pueblo. Ella fue, y encontró las confesiones de amor que nunca envió, las disculpas a su amiga por intentar quitarle el novio, y muchos mensajes que había borrado porque no se atrevió a enviarlos. Pero no estaban todos los que había borrado.

Una madrugada, la panadera siguió un zumbido que salía de su móvil y caminó detrás del ruido que iba aumentando su intensidad conforme se acercaba a la oficina. No tenía llave, pero la puerta se abrió sola. Dentro, encontró mil mensajes flotando en el aire, cada uno con la voz de a quien no se atrevió a enviárselo y los borró. Ella buscó el que no había enviado a su amiga entre aquella multitud y lo encontró: “Te he querido mucho más a ti de lo que pude amar a tu novio”. Lo tocó con la punta de los dedos, y en ese instante el mensaje se envió, y ella pensó que igual habría despertado a su amiga.  Pero ya no podía volver a borrarlo, porque aquel mensaje había esperado demasiado tiempo para ser leído.

Al día siguiente, cuando los vecinos se despertaron hallaron el teléfono de la panadera en la puerta de la oficina de correos sobre un banco de piedra, pero con la pantalla encendida. En él se leía una sola palabra: Recuperado. La vecina que lo encontró fue a la panadería, para devolverlo, pero se encontró la panadería cerrada. La panadera había desaparecido y nadie volvió a verla nunca. 

Desde entonces, cuando alguien borra un mensaje de su móvil en el pueblo, la pantalla le tiembla suavemente, y aparece un mensaje que dice: soy la panadera, dile a mi amiga que nunca amé a su novio, que me perdone, que mi corazón quiere poder regresar.

¡CUANTO SALVA PATRIAS APARECE!


Este PSOE que algunos socialistas salva patrias dicen ver naufragar en sus propias contradicciones, está formado también por ellos, personajes que parecen no haberse enterado aún, de que este PSOE no es una criatura extraña caída del cielo. 

Señoras y señores, están ustedes contemplando el resultado lógico de un partido que nadie quiso transformar a fondo y quienes lo intentaron acabaron saliendo. No se equivoquen ustedes: ni Felipe, ni Guerra, ni los barones territoriales, ni los secretarios generales provinciales lo hicieron. Ni tampoco lo ha hecho Sánchez. La pregunta ya no es qué va a hacer el PSOE hoy con esta España, sino qué está dispuesto a hacer consigo mismo para seguir existiendo como partido de izquierda, y no quedarse solo como una marca de campaña electoral. 

Porque muchos ya estamos mayores para seguir engañandonos. Leer comentarios en redes de quienes afirman “me gusta el PSOE de Page, pero no el de Sánchez” solo puede interpretarse como propio de quienes no conocen ese partido. Los ataques del PSOE de Page a Sánchez (entre los que son llamativos los ataques por omisión como, por ejemplo, los silencios de sus dirigentes en Albacete), no buscan cambiar el partido, sino acomodarlo a su imagen y semejanza. Quieren un PSOE ordenado, sin estridencias, que exhiba la pulcritud moral en Castilla-La Mancha, mientras mira de reojo a Ferraz y calculan tiempos y equilibrios. Cuando Page presume de que en su territorio “no se piden comisiones, no se piden mordidas” y denuncia la “política de mirar para otro lado”, no está discutiendo la estructura de poder del partido, sino marcando distancias para llegar más fuerte al reparto del día después. 

La corriente alrededor de Page no plantea desmantelar el aparato, ni someter a control democrático real las baronías, sino desplazar al liderato actual para recomponer un PSOE más cómodo con los poderes económicos y mediáticos tradicionales, y menos dependiente de pactos con las izquierdas y el independentismo. El problema no es que Page critique la corrupción (faltaría más), sino que su proyecto no cuestiona la misma cultura orgánica que hizo posibles los errores, tanto antes del felipismo como hoy del sanchismo. Cuesta escuchar a Felipe González pontificar contra el sanchismo como si el partido hubiese empezado ayer. Parece olvidarse que durante años se sufrió en silencio un felipismo que confundió la mayoría absoluta con tener patente de corso y que convirtió al PSOE en solo una maquinaria de poder. 

Hoy los González, Guerra, Page y otros, se erigen en conciencia crítica interna del partido, mientras se alinean contra la amnistía y los pactos con el independentismo, comprando sin pudor gran parte del argumentario de la derecha y llamando a una rebelión interna que jamás quisieron cuando ellos mandaban. Que quienes abrieron la puerta a la politización extrema de la justicia, al control partidista de las instituciones y a un modelo de partido vertical, hoy nos den lecciones de democracia interna y limpieza institucional roza la indecencia histórica cuando no invita al vomito. 

Cuando hoy se denuncia el “hiper liderazgo de Sánchez”, conviene recordar que la arquitectura de los hiper liderazgos fue perfeccionada en los ochenta y noventa por quienes ahora se quejan de su existencia. 

Sánchez debería decidir si quiere romper, por fin, con esa escuela y exponerse a perderlo casi todo en el intento, o seguir siendo, hasta el final, el último eslabón de una cadena que empezó mucho antes de que alguien pronunciara la palabra “sanchismo”.

El Tren de los días vividos

Siempre había vivido años luminosos, con mañanas y tardes que olían a verano y a sonrisas en el patio. Era tan pequeño aquel pueblo, que los...