En España, todo arde menos la ironía. Montañas, pinares, pueblos enteros… pero lo único que se mantiene fresco es la habilidad de nuestros políticos para intoxicar con humo sin mancharse jamás de ceniza. El fuego es devastador, pero más devastadora aún resulta esa coreografía de culpas voladoras que, como las chispas, cambian de dirección con el viento del poder.
El Partido Popular tiene un doctorado honoris causa en este arte: lo suyo es la piromanía política. No hará falta retroceder demasiado para comprobarlo. Guadalajara, julio de 2005: un excursionista en plena barbacoa desata el infierno. La sentencia fue clara: el responsable, aquel hombre con cerilla fácil. Pero, para el PP, aquello no bastaba. No: lo importante era que el Gobierno autonómico socialista también ardiera. Se exigieron dimisiones, se asedió mediáticamente a la consejera de Medio Ambiente, se gritó en plazas y mítines que la Junta de Comunidades tenía la culpa. El incendio lo provocó un excursionista, pero la hoguera se cebó en los despachos. Y aun cuando años después los jueces confirmaron que la gestión técnica fue correcta, ya estaba hecho el trabajo político: la ceniza arrasó a Barreda y el PP recogió los frutos en 2011.
Todo un éxito, no de extinción, sino de combustión mediática. Porque es curioso. Avancemos en el calendario y cambiemos la brújula del poder. Hoy en Galicia, en Castilla y León, en la Comunidad Valenciana, gobierna el PP. Y como los incendios no entienden de siglas, los bosques vuelven a arder. ¿Quién tiene ahora la competencia según la Ley de Montes? Exacto: las comunidades autónomas cómo las tenían en 2005. Pero, ay, resulta que esta vez el relato ha mutado. Lo que antes era responsabilidad autonómica indudable ahora es culpa de Pedro Sánchez, de un Estado que abandona, de una Moncloa incapaz de enviar hidroaviones al primer chisporroteo.
Cómo cambia la geografía de la culpa cuando cambian también las llaves del despacho. Lo que pasó en Guadalajara no es pasado: es una parábola. Entonces el PP agitaba pancartas de ¡dimisión inmediata!, hoy prefiere pancartas de ¡culpa del centralismo!. Ayer se exigía responsabilidad personal a políticos autonómicos, hoy se alude al Gobierno central como si la UME pudiera aterrizar en cada aldea con antelación profética, antes incluso de que se encendiera el fuego.
Es tan evidente el doble rasero que uno empieza a preguntarse si no deberíamos replantear los dispositivos de emergencia. Hasta ahora tenemos retenes forestales, bomberos, hidroaviones y la UME. Propongo crear un nuevo cuerpo: la UEH, Unidad de Extinción de Hipocresías. Se desplegaría en platós de televisión, ruedas de prensa y mítines, con sirenas cada vez que alguien culpe a Sánchez de un fuego en su propio monte. Sería caro, sí, pero infinitamente más barato que mantener una España ardiendo cada verano al ritmo de la propaganda.
Mientras tanto, los vecinos siguen oliendo a ceniza, los brigadistas expulsan humo de pulmones, y los alcaldes de esos pueblos carbonizados se hacen pequeños al lado del fuego. Y, como siempre, la gente corriente vuelve a ser el material inflamable de turno. Desde el manipulado “solo el pueblo salva al pueblo”, en lugar de decir la verdad de que “solo lo público salva al pueblo”, hasta el todos son iguales porque en esa equidistancia pesca una ultraderecha que solo sabe arrojar gasolina diciendo que es agua.
Porque en este país parece que lo único que no se extingue con agua es la política del doble rasero. Los pinares caen, las casas se consumen, la coherencia cruje como madera seca. Y sin embargo, la pirotecnia de culpas ajenas arde siempre brillante, lista para el telediario de la noche.
Al final, tal vez habría que escribir el siguiente texto en el Boletín Oficial: “Si el incendio sucede en tu autonomía y gobierna el PP, la culpa es de Sánchez. Si sucede en la del vecino y gobierna el PSOE, la culpa también es de Sánchez. Y si algún día prende fuego el mismísimo diablo, tranquilos: Pedro Sánchez será llamado a declarar.”
Porque, en el fondo, no estamos solo ante incendios forestales. Estamos también ante incendios narrativos. Y lo que verdaderamente aterra no es que España arda… sino que, aun apagado el fuego, siga habiendo tanto político dispuesto a soplar las brasas con tal de avivar titulares.