Las derechas tradicionales y las neofascistas de Europa operan bajo los mismos manuales: una mezcla de falsa indignación institucional, blanqueamiento de grupos ultras y victimismo cínico. Mientras, siguen un alineamiento incondicional con los poderes transnacionales y los halcones de la geopolítica global. Si aún no estáis convencidos de que eso es así, podéis comprobarlo escuchando todas las declaraciones de los lideres de la derecha o en boca de sus tertulianos a sueldo.
Cuando el líder del PP y sus acólitos claman al cielo contra el "incendio de las calles" o acusa a la izquierda de alterar las reglas del juego democrático para cambiar el resultado electoral, recurren a un relato tan viejo como indecente. Sus aires de cambio no son limpios, huelen a naftalina porque representan la carcomida retórica de una derecha que solo concibe la democracia cuando ella gobierna, pero desestabiliza las instituciones en cuanto pierde el ejecutivo.
Sus afirmaciones señalando la connivencia del gobierno con los agitadores, y a la vez minimizando la responsabilidad de grupos neofascistas o ultras en manifestaciones mostrando simbología nazi. Ambas son la demostración de la peligrosa deriva en la que se encuentra el bloque conservador de nuestro país, que prefiere flirtear con el extremismo antes que aceptar la pluralidad ideológica de los ciudadanos. La estrategia consiste en gritar ¡al ladrón! mientras se normalizan discursos de odio, es la vieja táctica que siguen para desviar la atención de su programa político real, vacío de contenido social.
Uno de los puntos más curiosos del debate público actual es el de negar la conexión de sus proyectos de gobierno con sus ídolos Milei, Bolsonaro, Trump, o Netanyahu. Una conexón no abstracta sino compuesta de medidas de recortes a todo lo público. Es el núcleo duro del capitalismo financiero desregulado, del autoritarismo cultural y de la demagogia punitivista. Que los referentes de la derecha y ultraderecha española compartan matriz ideológica y afinidad con estos personajes no es una casualidad táctica sino la constatación de que están conectados a un bloque transnacional cuyo único "proyecto" es la demolición de lo público. La disputa actual no va de meras etiquetas partidarias, sino de la supervivencia de los derechos sociales frente a los recortes que proponen, la mercantilización de la vida y la erosión de las libertades públicas.
Esto es lo que nos espera si llegan, y no les importa si para lograrlo deben hacer oposición a base de bulos, fabricando conspiraciones sin pruebas y agitando fantasmas ideológicos, si con ello el votante pierde de vista su oculto plan sistemático de transferencia de recursos hacia los sectores más ricos. Es el sello distintivo de esta nueva derecha cada día más radicalizada. El Feijoo que vino a sustituir a Casado tenía menos naftalina que el de hoy. Cuando la política se reduce a crueldad y desprecio por el bienestar de las mayorías, el sistema democrático entra en una situación crítica.
La promesa neoliberal y neoconservadora no ofrece futuro, sino la involución a un orden donde los derechos que tenemos hoy se convierten en privilegios dependientes del mercado. Los vientos que siembran las derechas europeas al blanquear el fascismo cotidiano y subordinar la soberanía popular a los designios del capital global terminaran por agitar una respuesta social inevitable, que nada tendrá que ver con lo que hemos visto en Paris, Barcelona o Bilbao.
La alternativa de los ciudadanos progresistas no puede ser la resignación ni el repliegue apolítico, sino la exigencia de blindar lo público y demostrar que la libertad sin justicia social se limita a ser el privilegio de unos pocos.