martes, 24 de febrero de 2026

Cuando un juez “mete la pata” pero el que cae eres tú

Un país los jueces nunca se equivocan.  Cuando insultan, no insultan; cuando señalan, no señalan; cuando llaman “puta histérica” a una ministra o “loca peligrosa” a una ex, en realidad están participando en el rico debate público como “ciudadanos particulares”. Ese país, por desgracia, se parece mucho al nuestro.

Porque aquí hemos descubierto una categoría maravillosa: el juez de Schrödinger.  

Dentro del juzgado, poder del Estado, toga, vidas y haciendas en sus manos. Fuera del juzgado, cuenta de X, tertulia o conferencia, se convierte de pronto en un señor cualquiera que pasaba por allí, al que no se le puede pedir responsabilidad, ni respeto, ni mucho menos consecuencias. Dan charlas porque son “dos ciudadanos ejemplares y no jueces”. Ver para creer.

La trampa es transparente, pero funciona. Si un concejal de pueblo, una profesora de instituto o un médico de centro de salud soltara la mitad de lo que sueltan algunos jueces sobre mujeres, políticas o migrantes, pronto estaría afrontando un expediente, una bronca o una demanda. Si lo dice un magistrado, de pronto todo son matices: libertad de expresión, vida privada, contexto, interpretación extensiva, corpus doctrinal, amparo constitucional. El resultado es sencillo: ellos pueden equivocarse todo lo que quieran, siempre habrá un recurso, una doctrina, una excusa. Tú no.

No es un accidente, es un sistema. Llevamos años comprobando que el principal déficit democrático de este país no está en el Congreso ni en La Moncloa, sino en cómo funciona la justicia. Lo dicen miles de personas anónimas que nunca saldrán en los periódicos: hay una brecha enorme entre lo que considera aceptable el Consejo General del Poder Judicial y lo que considera aceptable cualquier ciudadano mínimamente decente. Lo que para la mayoría es intolerable (insultar desde una posición de autoridad, humillar públicamente, degradar a medio país), para muchos órganos judiciales cabe dentro del margen de tolerancia corporativa.

Se nos ha vendido durante décadas que a los jueces hay que protegerlos de las presiones políticas. De tanto protegerlos, se han vuelto invulnerables. Se les exige memoria, pero no experiencia vital; conocimientos técnicos, pero no sensatez; independencia, pero no imparcialidad. Y así, cuando “meten la pata”, no pasa nada. Ni expediente serio, ni sanción ejemplar, ni reproche público más allá de un par de días de ruido mediático y una oleada de comentarios indignados que se perderán en la hemeroteca digital.

La paradoja es cruel: quienes tienen en sus manos frenar el odio, el acoso, o la violencia psicológica, a veces practican ellos mismos versiones de lo que luego deberían condenar. Cuando un juez se permite el lujo de insultar a una representante política o a una activista feminista, manda un mensaje claro: hay gente que puede degradarte gratis. Si no se sancionan estos atentados a la dignidad de las personas perpetrados por figuras de autoridad, luego no podremos quejarnos porque se multipliquen los casos de acoso en colegios, trabajos y familias. La pedagogía del ejemplo también funciona al revés.

No es que falten mecanismos de control, es que están diseñados para no usarse demasiado. Es evidente que los jueces no pueden juzgar los delitos de los jueces, al menos no cuando forman parte del mismo ecosistema corporativo que tiende a cerrar filas. Quien se atreve a imaginar otra cosa propone casi ciencia ficción: un tribunal donde participen otros poderes del Estado, juristas no jueces, sin cupos corporativos, con mandato claro de vigilar a “sus señorías” cuando se desmadran.

Algo parecido a un Constitucional, pero sin el blindaje de los de siempre. Una instancia donde “meter la pata” tenga un coste real, y no un simple rapapolvo en voz baja.

Mientras tanto, la ciudadanía se divide entre la rabia y la resignación. Hay quien pide una “purga democrática” en profundidad, que saque de la carrera a quienes confunden juzgar con ajustar cuentas ideológicas. Hay quien se limita a constatar que el poder judicial está “podrido”, heredero de un franquismo que nunca se terminó de desalojar de los despachos. Y hay quien, sencillamente, deja de creer en la institución. Cuando un órgano corrige con imparcialidad los malos actos de los suyos, la gente confía; cuando mira hacia otro lado, se desacredita para todos.

El argumento favorito para frenar cualquier crítica es el de siempre: cuidado con atacar la independencia judicial. Como si pedir responsabilidad fuera lo mismo que pedir sumisión. Como si exigir que un magistrado no insulte, no humille y no siembre odio fuese una injerencia política, y no una mínima norma de convivencia.

La independencia se ha convertido en su coartada: independencia para decir lo que sea, para hacer lo que sea, para no responder ante nadie. Sobre todo, independencia para no parecerse al resto de los mortales, esos que sí pagan sus errores.

Un lector se preguntaba estos días si alguien de verdad cree que Florentino Pérez podría llamar “bazofia” a su propio club desde su cuenta oficial y pretender que hablaba “como ciudadano particular”. La comparación es buena: sabemos distinguir perfectamente cuándo alguien habla desde su poder, aunque lo haga en vaqueros y en redes sociales. Con los jueces hacemos como que no lo vemos.  

Fingimos que la toga es un disfraz que se deja en el perchero a la salida, cuando en realidad la autoridad va pegada a la piel, y cualquier palabra que pronuncien pesa más que la de la mayoría.

La buena noticia (si es que hay alguna), es que nada de esto es inevitable. El acceso a la judicatura, la formación, las asociaciones corporativas, los órganos de gobierno, los mecanismos disciplinarios: todo eso son decisiones políticas, no plagas de la biblia. Se puede seleccionar a jueces y fiscales con más experiencia vital, más sensatez. Se pueden diseñar controles externos, se pueden limitar las puertas giratorias entre toga y tertulia, se puede dejar claro que la libertad de expresión no es sinónimo de licencia para el odio, y menos aun cuando hablas desde un estrado.

Hasta que eso pase, seguiremos con la misma escena: Un juez “mete la pata”, los titulares arden, los comentarios hierven, los colegios profesionales carraspean, las asociaciones se pronuncian sin pronunciarse. Luego llega el parte oficial: hablaba a título particular, no se aprecia infracción, se archiva el asunto. Y aquí no ha pasado nada. O, mejor dicho: aquí ha pasado de todo, pero los únicos que lo pagan no son precisamente quienes llevan toga.

Dos caminos para la izquierda en Castilla-La Mancha

En Castilla-La Mancha, la política se parece mucho a sus llanuras, que no se acaban nunca. A un lado, el horizonte de siempre; al otro, un horizonte que todavía no existe. Entre ambos camina el PSOE de Page, con traje de domingo, y Sumar, con la ropa todavía sin acabar de estrenarla del todo. Page promete estabilidad, Sumar promete cambio; y ambos, cada uno a su manera, afirman que lo suyo es el bien común.

Page se presenta como el gobernador de la tierra seria, la región de los objetivos abarcables y realistas, donde la política no se improvisa, se administra. Habla de una Castilla-La Mancha que no se deja arrastrar por las olas de Madrid, que pacta con quien haga falta siempre que jure la Constitución, aunque le duela, y que mira con recelo cualquier experimento que suene a privilegio territorial, sobre todo si lleva acento catalán. En su relato, el peligro viene de dos lados: de la derecha que acecha y de la izquierda que se entusiasma demasiado. Su remedio es conocido,  más centro, más cordura, más acuerdo de Estado, más “una sola España”. Su Castilla-La Mancha parece como una casa de campo bien barrida, con las goteras controladas y las paredes recién encaladas. Lo urgente se atiende, lo estructural se pospone: para eso están los discursos largos y los planes a 2030.

Desde Sumar se mira esa misma casa y ve otra cosa. Se ven las grietas en los muros, las goteras que se tapan con cubos y trapos, los contratos que se van a manos privadas mientras se jura amor eterno a lo público. Donde el presidente presume de gestión responsable, desde Sumar se ven parches, respuestas tardías y delegar cada vez más en empresas privadas en servicios que deberían ser la columna vertebral del Estado autonómico.

Para Page, reforzar lo público es compatible con un modelo que abre espacio a la empresa privada siempre que el edificio no se tambalee. La palabra que más le gusta es “estabilidad”: estabilidad para la inversión, para los presupuestos, para las instituciones. En esa gramática, lo público es un pilar, pero no necesariamente el único; es una pieza del puzzle, pero no todo el dibujo.

Para Sumar Castilla-La Mancha, lo público no es una pieza, es la mesa entera. Se reclama un giro claro hacia el refuerzo de lo público y la planificación a largo plazo, y acusa al Gobierno regional de practicar una política que parchea hoy lo que vuelve a romperse mañana. Hablan de pobreza, de que una de cada tres personas en la región está en riesgo de exclusión, y recuerdan que no son números, son vidas; que en cada porcentaje hay un frigorífico vacío, una hipoteca ahogada, una consulta saturada.

Page responde con otra música, la de la seriedad presupuestaria, la del equilibrio, la de hacer “lo posible” y no “lo deseable”. Sumar, en cambio, insiste en que lo deseable, si no se nombra, termina siendo políticamente imposible, cómo lo ha sido durante décadas.

En esta tierra, la política no se entiende sin campo. El Gobierno de Page habla el idioma del agricultor que mira al cielo y a Bruselas al mismo tiempo, y se presenta como dique frente a los excesos de unos y otros. Sumar habla de debilitamiento de la agricultura familiar, de concentración de la tierra y de unos recortes de la PAC que se justifican en nombre de la seguridad y que terminan robusteciendo la industria del miedo.

Aquí el miedo siempre cotiza al alza: miedo a perder la cosecha, miedo a perder la subvención, miedo a que la extrema derecha convierta ese miedo en moneda de cambio. Sumar denuncia que esas políticas europeas fomentan el miedo con el que engorda la extrema derecha, y se proclama defensora de las explotaciones familiares que sostienen el medio rural. Page, más prudente, evita las palabras gruesas y se mueve entre comunicados, reuniones y equilibrios para que el enfado no se convierta en incendio preelectoral.

En el mapa de Page, España es una: una bandera, una Constitución, un sistema de financiación que no debería trocearse. Esa defensa de la igualdad territorial le sirve para marcar distancia con los pactos que se cocinan lejos de Toledo y para presentarse como guardián de la cohesión frente a lo que llama  cambalaches de la política de bloques.

Pero mientras él pronuncia “una sola España”, Sumar habla de muchas Castillas-La Mancha dentro de la misma región: la del riesgo de pobreza, la de la vivienda que ya no puede ser solo un problema de mercado, la de los servicios públicos que llegan tarde o llegan privatizados. Reclama usar hasta el último milímetro de las competencias autonómicas para reforzar lo público, reducir desigualdades y garantizar derechos, y advierte que no es una opción ideológica sino una obligación institucional.

Ahí está la grieta principal: para Page, el límite es la unidad y la estabilidad; para Sumar, el límite es la desigualdad normalizada. Uno teme que el exceso de cambios rompa el mapa; el otro teme que la falta de cambios termine borrando a los de abajo del mapa.

En esta llanura manchega, los partidos hablan, pero quien escribe el último capítulo siempre es la gente. Página a página, voto a voto, abstención a abstención. Page ofrece seguir caminando por el camino conocido: menos sobresaltos, más centro, más acuerdos con quien toque, siempre que no se crucen ciertas líneas rojas constitucionales. Sumar propone salir del camino trillado y meterse por veredas nuevas: más vivienda pública, más servicios públicos directos, más planificación a largo plazo, aunque eso incomode a los de siempre.

En Castilla-La Mancha, la utopía no vive en los discursos, vive en el horizonte. Page mira ese horizonte y dice: no corramos, que podemos tropezar. Sumar lo mira y responde: si no caminamos más deprisa, algunos nunca llegarán. 

Y mientras los castellanos manchegos piensen en quien lleva razón, el horizonte, testarudo, sigue alejándose dos pasos cada vez que la región avanza uno.



Empezar a construir una izquierda suficiente y útil

Mañana de domingo en tierras andaluzas. ¡Ah, la unidad de la izquierda! Ese monstruo del lago Ness que reaparece cada cierto tiempo en tertulias, columnas y asambleas. La foto siempre es borrosa, siempre a contraluz, siempre a punto de ser visto con claridad… pero nunca se le ve del todo. Cada ciclo político vuelve el mito y cada ciclo termina igual: foto de familia rota por la mitad antes de que la revelen, un acrónimo nuevo, otra guerra civil de baja intensidad en redes y platós televisivos.

Porque si algo ha demostrado la historia de la izquierda no socialdemócrata es su talento artesanal para la fractura. Llámese Podemos o Sumar, la confrontación por ser la Verdadera Izquierda ha sido una máquina de triturar proyectos. No falta programa, ni diagnósticos, ni cierta potencia institucional. Sobra esa querencia enfermiza por el matiz del matiz, por esa coma en la resolución, por el adjetivo que distingue a los puros de los tibios, a los radicales de los reformistas, a los “nuestros” de los que “ya se han vendido”.

Mientras tanto, en el mundo de afuera, la película es menos exquisita. Cuando gobierna la derecha, vuelven los recortes, regresan las políticas a medida del poderoso, reaparecen las viejas corruptelas. Ya lo hemos visto: congelaciones salariales, pensiones que suben en cámara lenta, tijeretazos en sanidad y servicios sociales, y un discurso de “es lo que hay”. Y lo volveremos a ver, porque ya nos lo sabemos de memoria.

En ese escenario, la discusión obsesiva roza el esperpento. A la mayoría de la gente que vive con un sueldo justo, un alquiler que se come más de medio salario y una cita médica a tres semanas le da bastante igual el matiz: lo que quiere es que no lo maten. Pero una parte de la izquierda ha convertido el detalle del detalle en su seña de identidad. Y así, la unidad de la izquierda se vuelve imposible, no por diferencias estratégicas de calado, sino por incompatibilidades de liturgia.

La paradoja es que esta discusión se produce en un país donde ya no hay obreros. Aquí nadie se llama obrero: todos somos clase media, autónomos de espíritu emprendedor o profesionales de algo más o menos creativo, aunque encadenemos contratos basura. Lo que abunda es el pequeño burgués precario que sueña, en el fondo, con ser el señorito de “Los santos inocentes”. Un país fallido en términos de conciencia de clase hace de la unidad de la izquierda una cuestión puramente aritmética. El otro elemento es ese, la falta de ciudadanos de izquierdas, no de  votantes coyunturales o fans de una marca concreta, sino gente con una identidad política que no se disuelve al primer desencanto o a la primera disputa de egos. De eso se habla menos, porque exige mirarse al espejo y no solo señalar a la cúpula de turno.

La última temporada tiene nombres propios: Podemos, Sumar, sus guerras cruzadas, sus acusaciones mutuas de engaño. La historia ya lo conocemos: yo quise la unidad, fueron ellos; no, fueron los otros. El marco estatal sigue sin encajar del todo con sus agendas. El resultado es una mezcla de hastío y resignación: el patio está como está.

La pregunta, entonces, no sería “por qué no hay unidad de la izquierda”, sino para qué la queremos. ¿Unidad para sumar escaños y poco más? ¿Unidad para repetir los mismos errores? ¿O unidad evitar que la próxima oleada de recortes vuelva a arrasar servicios públicos, salarios y derechos mientras discutimos en redes sobre quién empezó primero la pelea?

Una unidad que no se base en el amor entre organizaciones, sino en un mínimo común de defensa material de la mayoría: impuestos justos, trabajo decente, vivienda habitable, servicios públicos robustos. Una unidad que acepte de inicio que habrá desconfianzas, cicatrices y diferencias que no se van a resolver, pero que sepa convivir con ellas sin convertir cada discrepancia en una escisión.

No es un llamamiento ingenuo a que nos demos la mano y cantemos la Internacional bajo una misma bandera. Es más modesto, pero también más ambicioso: dejar de perseguir la quimera de la Verdadera Izquierda y empezar a construir una izquierda suficiente y útil. 

Estaría bien empezar por aceptar, de una vez, que la unidad no será nunca perfecta ni definitiva, pero que será preferible a seguir celebrando congresos sobre la unidad de la izquierda mientras el país se dirige al mismo sitio de siempre.

Tres patas y un hogar

Se llamaba Trébol porque, desde que perdió una de sus patitas delanteras, todos decían que parecía un trébol de tres hojas: incompleto y, sin embargo, con mucha suerte.

De cachorro, mientras aún olía a leche materna  y lo que más le gustaba era el sueño, un día ocurrió. Fue en una tarde de verano, en una calle estrecha donde los niños jugaban a las canicas y las bicicletas pasaban demasiado rápido. Un crujido seco, un chillido agudo, un frenazo torpe de una rueda que derrapó sobre la arena. Luego, el silencio se rompió con el llanto del niño que conducía la bici, el de la mujer que salió al portal con las manos en la boca, el gemido del cachorro que no entendía por qué a su mundo había llegado un dolor tan feroz.

En la clínica con olor a desinfectante y a miedo. El veterinario habló despacio, como si las palabras le pesaran.

-Si queremos que viva, hay que amputar  esa patita.

La mujer que lo había recogido de la calle asintió con los ojos humedecidos por las lágrimas. Aquella tarde, el cachorro entró al quirófano con cuatro patas y salió con tres, una venda blanca ocupando el lugar de la patita que ya no estaba. Nadie le explicó que su vida acababa de torcerse para siempre, pero su cuerpo lo entendió al despertar: al intentar incorporarse, el fracaso, el llanto que luego se quedó en frustración.

Los primeros días fueron un listado de desastres. Trébol se caía al intentar llegar hasta el recipiente del agua, calculaba mal las distancias, se chocaba con las paredes. Cada caída era una motivo de rabia. Pero dentro de ese cuerpecito maltrecho había mucha terquedad, esa que comparten quienes se niegan a rendirse. Primero aprendió a balancearse, luego a apoyar mejor la pata que le quedaba delante, a empujar con las traseras como si llevara un muelle en ellas. Poco a poco, la torpeza inicial se convirtió en una especie de baile, extraño pero eficaz.

En el refugio de animales lo llamaban “Valiente”. Había muchos otros perros, todos con historias de abandono, pero él destacaba por esa manera de caminar como si estuviera siempre a punto de caer y acababa pareciendo una broma. Las visitas se detenían siempre ante su jaula, todos ponían cara de ternura, mientras comentaban lo “especial” que era aquel perrito, pero todos seguían de largo. Nadie parecía dispuesto a llevarse a casa un perro al que le faltaba una pata; buscaban lo sencillo, lo simétrico, lo normal, lo que no les hiciera demasiadas preguntas.

Hasta que un sábado por la tarde entraron ellos. Eran jóvenes, cogidos de la mano y felices con un dibujo de una timidez en la mirada. Venían hablando en voz baja, como quien cuida lo frágil: sus planes, su futuro, esa vida en común que apenas empezaba a cobrar forma. Ella se llamaba Marina y llevaba el pelo recogido de cualquier manera, con un mechón escapándose siempre hacia la frente. Él se llamaba Diego y tenía una forma de mirar que parecía abrazarlo todo sin tocarlo. Venían “sólo a mirar”, a ver posibilidades, a imaginar nombres para un perro al que aún no habían puesto cara. Cuando pasaron frente a la jaula de Trébol, él ya los estaba esperando.

Se había acercado cojeando, con esa carrera sin ningún compas que hacía rebotar sus orejas. Apoyó la pata delantera que le quedaba contra la malla de la jaula y alzó la cabeza. No les ladró. No lloró. Sólo los miró con una insistencia tranquila, como si ya los conociera desde antes.

-Mira, susurró Marina. Tiene tres patas.

-Y cara de no preocuparle demasiado, respondió Diego, medio en broma.

Trébol ladeó la cabeza, como si entendiera. Luego, se sentó con torpeza y apoyó el tronco contra los barrotes, ofreciéndose entero, sin pudor. Marina se agachó, pegó la frente y la mano al metal frío y dejó que el perro le oliera los dedos. Detrás de las cicatrices, de la postura rara, había un corazón que latía deprisa, ansioso de contacto.

-Este no es un perro triste, dijo ella, sin despegar la vista de sus ojos.

-No, admitió Diego. Este perro ha caído, pero ha aprendido a levantarse.

La decisión la tomaron en ese instante en el que dos miradas coinciden y el mundo cambia su rumbo. Firmaron los papeles de la adopción, escucharon las indicaciones sobre curas, medicación, y cuidados a aquel perro “especial”. Todo les pareció bien y asentían a todo con la ligereza de quien sabe que las instrucciones son importantes, pero que el verdadero manual de tratamiento lo escribirían ellos en casa, día a día, con paciencia y con mucho amor.

La primera noche, Trébol recorrió el salón del lof como un pequeño explorador haciendo equilibrios. Cada mueble era una montaña, cada alfombra un reto. Se resbaló un par de veces y en una de ellas chocó contra la mesa tirando una revista al suelo. Diego fue a recogerla, pero Marina lo detuvo con una mano en el brazo.

-Déjale, dijo en voz baja. Tiene que aprender dónde están sus límites.

Trébol, que no conocía la palabra “límite”, se recompuso, sacudió la cabeza y volvió a intentarlo. Esta vez, logró llegar hasta la alfombra grande, donde se dejó caer con un suspiro satisfecho, como si hubiera conquistado la cima tras una ascensión. 

Los días se llenaron de rutinas nuevas. Marina le curaba la cicatriz con ternura de enfermera, hablándole bajito mientras pasaba la gasa:

-Esto ya pasó, peque, le decía. Lo que duele ahora es sólo el recuerdo.

Diego, por su parte, se convirtió en ingeniero de inventos caseros colocando  alfombrillas donde el suelo resbalaba, rebajó un poco la cama del perro, ideó una rampa para que pudiera subir al sofá sin trabajo. El hogar se adaptó pronto al cuerpo de Trébol, como un guante se acomoda a una mano diferente. 

Y algo curioso empezó a suceder, cuanto más se adaptaba la casa a él, más se adaptaban ellos a la casa. Volvían antes del trabajo para sacar al perro, renunciaron a algunos planes para no dejarlo solo demasiadas horas, aprendieron a escuchar el ritmo de sus pasos en el pasillo como si fueran parte de una canción que ellos habían compuesto.

En los paseos, al principio, la gente se giraba a mirarlo. Algunos niños preguntaban sin reparo:

-¿Qué le ha pasado?

Marina solía responder:

-Tuvo un accidente, pero ahora está bien. Corre más de lo que parece.

Y lo demostraba soltando un poco la correa. Trébol arrancaba a trotar con ese estilo suyo, mitad salto, mitad galope, mostrando al mundo que la falta de una pata no le restaba alegría.

Una tarde de otoño, mientras caminaban por el parque, un chaval en bici se acercó demasiado, distraído. El sonido de la rueda rozando la tierra, la sombra que se les echó encima y el tiempo se le rompió. Trébol se quedó paralizado, los ojos abiertos sin parpadear , la respiración contenida. El ciclista frenó en seco, apenas los rozó, pero el eco del accidente de cachorro volvió a su mente como un trueno.

Marina se agachó de inmediato, se quedó a su altura.

-Eh, estás aquí con nosotros. Nadie va a hacerte daño.

Diego puso una mano en el manillar del chico, con calma.

-Ten cuidado, por favor dijo, sin enfado.

El muchacho murmuró una disculpa y se alejó.

Trébol tardó unos segundos lentos en mover la cola. Luego, como si aquel miedo hubiese necesitado por fin una escena para salir, fue acercando su cuerpo a las piernas de Marina, buscando su refugio. Ella lo rodeó con los brazos y se quedó así, en medio del parque, abrazando a un perro de tres patas que temblaba por un pasado que ya no se repetiría, pero que a Trébol aún le dolía. Diego los miró y pensó que aquel era el tamaño exacto del amor.

Con el tiempo, curo la cicatriz de la pata y la cicatriz de la mente también empezó a cerrarse. Trébol dejó de sobresaltarse con cada bicicleta, se acostumbró al sonido de los timbres, al rumor del tráfico. Aprendió un truco: cuando quería cruzar una calle, se adelantaba un poco, miraba a Marina y a Diego y luego al semáforo, como si esperara su aprobación. Parecía entender que el mundo tenía reglas y que, con ellos ya no era tan peligroso.

Por las noches, la casa estaba llena de paz. Marina y Diego veían series a medias, discutían sobre qué cocinar, se peleaban por quién había dejado la toalla en el suelo del baño. Pequeñas guerras cotidianas que, de repente, quedaban suspendidas cuando Trébol saltaba torpemente al sofá, apoyaba la cabeza en las piernas de uno de los dos y soltaba un suspiro agradecido.

-Nos mira como si fuéramos lo mejor que le ha pasado, dijo Diego acariciándole el lomo.

-Es que lo somos. Igual que él es lo mejor que nos ha pasado a nosotros, respondió Marina.

Porque en la casa ya no había sólo un perro con tres patas. Había un espejo tierno en el que la pareja se reconocía. En la paciencia con la que esperaban a que él subiera la escalera, aprendieron a esperar y tener paciencia también en los días difíciles del otro. En las risas que les provocaba ver cómo perseguía su propia cola sin encontrar nunca el equilibrio, aprendieron que la perfección no era imprescindible para ser felices. En la forma en que él, pese a sus cicatrices, se lanzaba cada mañana a la vida como si todo fuera nuevo, encontraban una enseñanza: ellos también podían seguir adelante, aunque el pasado dejara marcas.

Una noche de lluvia, mientras las gotas golpeaban los cristales, se fue la luz en el edificio. El salón quedó a oscuras, la ciudad reducida a un murmullo lejano. Marina encendió una vela en la mesa y Diego se sentó en el suelo, apoyado en el sofá. Trébol se acomodó entre los dos, su cuerpo caliente haciendo de puente. Afuera, todo era incierto y húmedo. Dentro, el pequeño círculo de luz dibujaba tres siluetas: dos humanas, una canina, imperfectas y completas a su manera.

-¿Te das cuenta? murmuró Marina, pasando la mano por la cicatriz ya casi invisible del perro.

-¿De qué?

-De que lo que nos falta, a veces, es lo que nos enseña a amar mejor.

Diego no respondió. Se limitó a apoyar la frente en el hombro de ella y a dejar que su mano se perdiera en el pelaje suave de Trébol. El perro, medio dormido, movió la cola una vez, como si confirmara la frase con contundencia animal.

La luz tardó en volver, pero no les importó. En aquella penumbra, el mundo era muy pequeño. Bastaban tres corazones latiendo al mismo ritmo, tres presencias que habían aprendido a acomodarse las unas a las otras. Trébol soñó con campos abiertos y con bicicletas que ahora ya pasaban lejos. En su sueño, corría sin caerse, con tres patas suficientes para alcanzar todo lo que quería.

Y cuando, ya de madrugada, se removió en su cama y se acercó dando saltitos descompasados hasta la puerta del dormitorio, Marina entreabrió los ojos, sonrió en la oscuridad 

-Ven, dijo.

El perro se subió con cuidado, se acurrucó a los pies de la cama y, antes de dormirse del todo, pensó (porque los perros piensan) que, al final, aquel golpe de bicicleta le había quitado una pata, pero le había señalado el camino hacia un lugar donde ser querido sin condiciones, su falta no era tal, ante el amor que cabía en aquella casa. Y esa había sido su verdadera curación: saber que, con tres patas y un corazón entero, era suficiente.

Manual de autodestrucción progresista


En España, la democracia tiene la mala costumbre de mirarse al espejo solo cuando se siente en peligro. Dicen las encuestas que hasta podría ganar la ultraderecha, y lo repiten los tertulianos como si no tuviese más importancia que lo que dice quien anuncia el tiempo: posibilidad de tormentas, riesgo de inundaciones, destrucción parcial de la democracia, lleve paraguas, señora. No explican que, si ganan, el paraguas no nos servirá de nada, porque lo primero que se moja y que se pudre, es el diálogo.

En los bares, el votante de izquierda se consuela rezando porque el “PPcorrupto” venga de moderado, con la corbata bien planchada y el manual de buenas maneras entre los dientes.  Pero sabe que debajo del traje, nos traerá la rabia de los que llenan los balcones de bandera y bilis, y la misma mano que firma recortes a los que menos tienen y luego se persigna. Gobernarán solos o acompañados, da igual la combinación de siglas cuando el objetivo sea el mismo: más negocio para los de siempre, menos derechos para los de nunca.  Si hace falta, privatizarán hasta el aire, empezando por la RTVE pública, ese último espejo empañado donde a veces se cuela una noticia que no bendice al patrón.  Donde hoy hay periodistas mal pagados intentando contar algo, mañana habrá lameculos bien colocados, con cuello blanco y pulsera de santos y banderas, rezando el rosario del poder a cambio de nómina y micrófono. Todo con tal de perpetuarse, de dejarlo todo atado y mal atado, como en esas herencias envenenadas donde los nietos solo reciben deudas.

Mientras tanto, la izquierda española se mira los pies y habla de unidad con una solemnidad que haría reír si no causara tristeza. Nunca se pronunciaron tantas veces las frases “juntas”, “frente amplio”, “bloque progresista”. Pero tampoco nunca estuvo la izquierda tan desorientada, tan partida en islotes flotando cada una en su propio vaso que no mar. En las cúpulas, la responsabilidad es un exotismo que no se practica. Cada partido levanta su bandera como si fuera el último tesoro, y en nombre de la pureza se da un tiro en el pie, una y otra vez. Saben que el sistema electoral, no perdona la fragmentación, y hace que cada sigla nueva sea un escaño menos, y cada egolatría de uno es una alfombra roja para los de enfrente. No basta con sentarse a ver si la derecha se pelea consigo misma. La esperanza si sirve en los acuerdos, en las renuncias.

Hay una verdad incómoda, que sin el PSOE no existe mayoría progresista posible.  Pero también otra tan incómoda como la anterior, que sin una izquierda alternativa fuerte y estable, el PSOE no puede gobernar, salvo entregando trozos de su dignidad en cada negociación con los poderes de siempre. El PSOE cómo partido mayoritario del bloque progresista no puede ser un mero observador desde la barrera, convencido de una autosuficiencia que ya no tiene, atrapado en una cultura política que cree que aún estamos en 2008, cuando podía soñar con mayorías absolutas y bipartidismo.

Porque el multipartidismo no es una anomalía pasajera, es la fotografía real de un país de  desigualdades, generaciones, territorios y rabias.  La gente se cansó de votar siempre lo mismo y luego recibir siempre lo mismo: precariedad, alquileres imposibles, servicios públicos mermados por los recortes. De ese cansancio nacieron los nuevos partidos, con nuevos logos, con nuevos discursos; y, sin embargo, en los despachos de Ferraz todavía piensan que eso fue un mal sueño del que el sistema despertará, tarde o temprano. Olvidense.

Ahora se apela a la unidad. Ya hemos visto antes esta película, con acuerdos de última hora, fotos de prisa,  sonrisas forzadas, documentos firmados para evitar el desastre y nunca para construir un proyecto. Pactos que no nacen de una visión compartida de país, sino del miedo a que la ultraderecha convierta el país en un solar con bandera gigante y micrófonos con mordaza. Esos acuerdos que llegan cuando ya se escuchan las campanas del miedo, siempre lo hacen tarde para la ilusión y pronto para la decepción. Pueden salvar una investidura, pero no la autoestima de quienes votamos con la esperanza de hacerlo para algo más que “evitar lo peor”.

Un país no se defiende solo votando contra el monstruo. Mientras la derecha y la ultraderecha tienen muy claro su sueño (privatizarlo todo, mandar a callar a quien moleste, convertir los derechos en mercancía y las personas en clientes), la izquierda pierde su tiempo discutiendo el orden de los apellidos en el cartel electoral. La izquierda española habla de unidad, pero le tiene miedo a practicarla, y aun sabiendo que el sistema electoral penaliza la fragmentación, sigue fabricando siglas como estampitas. Mientras tanto, los que sueñan con tener por cortijo un país de rodillas, trabajan sin descanso, con disciplina, con crueldad metódica.

Si alguna vez se escribe el epitafio de esta democracia, no dirá “vino la ultraderecha y la mató”. Dirá: “la dejaron sola mientras se peleaban por las sobras”.


Equilibrios en la cuerda floja.


La primera vez que le dijo que confiara en ella, él pensó que era una petición más, como quien pide sal en la mesa o fuego en la esquina de un bar para el cigarrillo. No sospechó que esas palabras eran, en realidad, un contrato preciso, sin letra pequeña, pero que implicaba muchas noches en blanco, muchos vasos a medias, muchos silencios llenos de gritos interiores.

Él llevaba años con el nudo atravesado en la garganta. No era un frase heroica, sino un grito doméstico, un alarido bajito que se le quedaba encajado cada vez que estaba a punto de decir “no”, “basta” o, simple y sencillamente, “hoy no puedo”. Ella, en cambio, tenía el don de la frase nítida, del “qué felices”, algo que siempre decía con una sonrisa que nunca terminaba. A él le fascinaba la distancia entre la palabra y el gesto, como si cada “qué felices” fuera alquilado para una cita que siempre acababa en otro lugar.  

Se veían de vez en cuando. No había horarios ni promesas, solo mensajes a deshora: “¿Estás?”, “¿Puedo pasar?”, “Te echo de menos”. Él decía que sí siempre. No por entusiasmo, sino por saber que, detrás de tanta duda, tenía que haber algo, un punto de luz. Ella llegaba envuelta en ese miedo incontenible que traen quienes han aprendido a querer sabiendo que era mejor tener la maleta hecha y en la mano. 

-Dame un sitio, le pidió una noche, sin aclarar nada más.

Él le ofreció un sitio en su lado de la cama, un trozo de manta, una taza de café demasiado amargo. Pero ella no hablaba de eso. Quería un pedazo de tranquilidad, un pedazo de certeza, algo que pudiera guardarse en el bolsillo para cuando se le cayera el mundo encima. Él se dio cuenta entonces de que estaba intentando repartir una moneda que tenía valor solo por una cara.

A veces, mientras ella hablaba de “los dos”, él la observaba con una mezcla de cariño y sospecha. Sonaba tan bonito: “nosotros”, “nuestro futuro”, “lo que podemos ser”. Pero había un renglón torcido en aquella historia del porvenir. Cada vez que ella dibujaba un nosotros, era como si la palabra empujara el suelo hacia un lado. No era miedo al compromiso, era la sospecha de que aquello se sostenía sobre un andamio que no era de ellos. 

Ella presintió antes que nadie que algo había cambiado. Fue una tarde cualquiera, en un bar cualquiera, con una luz cualquiera entrando por la ventana. Ella lo miró y ya no lo encontró. Estaba allí, sí, con su vaso de siempre, su sonrisa de medio lado. Pero había algo en la forma en que él escuchaba, que la dejó fría.

-Estás raro, dijo.

Él pensó en explicarle que había empezado a cansarse de caminar en la cuerda floja, de ese ir y venir en el que cada abrazo, cada beso, eran un billete de ida sin horario de vuelta. Que el equilibrio, con ella, era una promesa tan bonita como impracticable. Que no se podía caminar siempre con el corazón en limite, con las respuestas ya ensayadas. Pero solo acertó a encogerse de hombros.

Le mintió y dijo

-Estoy igual que siempre. A lo mejor somos nosotros los que ya no.

Esa noche, al llegar a casa, ella se miró al espejo. Se repitió el “qué felices” que llevaba años diciendo y, por primera vez no le sonaba a ilusión compartida, sino a conjuro, a frase aprendida para espantar sus fantasmas. De pronto notó caras tristes detrás de cada “nosotros”, como si cada “qué felices” hubiera sido una foto colgada en la pared equivocada.

Él, mientras tanto, caminaba sin rumbo, evitando bares conocidos, excusándose de planes deprisa, como si la prisa fuera su mejor coartada. Se sorprendió a sí mismo rechazando invitaciones, apagando el móvil, alargando el paseo hasta casa. No era fidelidad, no era miedo a caer en la tentación. Era el convencimiento de que llevaba años viviendo deprisa para no detenerse en el único sitio donde había que mirar: dentro de si mismo.

“¿Para qué?”, se preguntó, mientras veía pasar gente con bolsas, parejas que discutían bajito, adolescentes que reían demasiado fuerte. “¿Para qué seguir corriendo si cada vez que ella viene me convence, me abraza, me habla de los dos y yo siento que no estoy?”. La frase le sonó ridícula y luminosa a la vez, como esas verdades que uno descubre tarde y que debería haber escrito en una servilleta para poder repetirla sin olvidarla.

Pasaron algunas semanas sin que ninguno de los dos fijara la hora de la próxima cita. No fue una ruptura; fue un silencio. Ella llenó sus noches con libros empezados y tazas de algo caliente que nunca terminaba. Él se obstinó en una rutina: trabajo, supermercado, algún café tranquilo, una novela en la mesilla. Cuando sonaba una canción demasiado parecida a ellos, cambiaba de emisora.

Hasta que una noche, ella le escribió el mensaje: “Ven. Dame un abrazo”. Lo miró durante cinco minutos, como si colocara en su pecho una bomba de relojería. Lo borró. Lo volvió a escribir. Lo envió. Luego apoyó el móvil boca abajo, como si lanzase una botella al mar y se diera la vuelta para no ver si flotaba.

Él lo leyó de pie, en la cocina, con las manos aún húmedas del fregadero. Sintió la vieja cuerda tensarse sobre su cabeza. Podía ir, como siempre, como casi siempre. Podía dejarse convencer, abrazar, escuchar una vez más la historia de los dos. Podía, incluso, decirse que esta vez sí, que esta vez sería diferente, que el equilibrio no es imposible si se camina con cuidado.

Se sentó a la mesa, se secó las manos en un trapo, apoyó el teléfono frente a él. Pero no contestó. Se quedó mirando la pantalla apagada, como esperando que la respuesta apareciera sola. Al final, escribió despacio, como quien redacta una carta que no quería tener que escribir nunca:

“No sé dónde estoy, pero sé que así no voy. O encontramos un equilibrio o es mejor que no vengas solo a convencerme.” No lo releyó. Lo envió. Sintió algo parecido al miedo, pero también algo que rozaba la calma.

Ella leyó el mensaje con un nudo en la garganta. Estuvo a punto de responder “qué felices podríamos ser”, de recurrir a su frase favorita, ya gastada. Se miró en el reflejo oscuro de la pantalla y, por primera vez, no se reconoció diciendo esas palabras. Vio la tristeza en el gesto imaginado, la cara cansada detrás del plural perfecto. Entonces, contra todo pronóstico, no escribió nada. Se tumbó en la cama, miró el techo y dejó que el silencio, ese viejo enemigo, se sentara a su lado. Tal vez hacía falta, por una vez, solo quedarse ahí, quieta, sintiendo el miedo.

Al otro lado de la ciudad, él apagó la luz del salón. No sabía si había hecho lo correcto, ni si había cerrado una puerta o la había dejado entornada. Solo sabía que, por primera vez en mucho tiempo, no estaba caminando detrás de nadie. Había algo que se parecía a una forma nueva de confianza en sí mismo.

Cuando ella aprendió a amarse

Ella regresó a casa un jueves por la tarde. Había salido temprano, cuando la ciudad aún olía a pan recién hecho y la lluvia que no paraba de caer.  Llevaba todo el día fuera con las llaves en el bolsillo, que le pesaban como si nunca hubieran sido suyas. Encendió  la luz del pasillo y la casa estaba igual: el mismo sofá hundido en el centro de las muchas horas frente al televisor, los mismos libros en la estantería, el mismo silencio que había dejado al irse, ese que antes siempre solía confundirlo con paz y que ahora sabe que es de abandono.

Es difícil festejar la soledad, pensó, mientras dejaba el bolso sobre la silla que nunca nadie ocupaba.  Se había acostumbrado a llenar sus vacíos con ruidos, le daba igual hacerlo con los diálogos de una serie de fondo, del sonido de mensajes que no le importaban, con llamadas para citas en las que no pasaba nada, pero al menos con eso lograba que pasara el tiempo.  Sin embargo, esa tarde la soledad no le pedía distracciones, más bien le exigía que la mirase de frente.

Hacía meses que decidió coger distancia, era el no conocer a nadie y, a ratos, tampoco reconocerse a sí misma. Se fue por las calles de su ciudad, buscó cambiar de trabajo, dejó de frecuentar los mismos bares, borró números de su móvil que antes se sabía de memoria.  Creyó que así se desharía de él, de su sombra pegada a las paredes, de su risa quedándose en los bordes de los vasos.  Pero había veces que una canción sonaba en el supermercado, o un olor en un bar, o una frase en una conversación ajena, que sin darse cuenta se lo recordaban.

Aquella noche, mientras calentaba una sopa se preguntaba dónde estaba su capacidad de indiferencia, esa que antes la ayudaba a protegerse, a no sentir nada.  Antes todo estaba cubierto por una bruma espesa que distorsionaba los contornos de las cosas, tonos elevados en las voces que ella dejaba pasar sin tener que hacerse demasiadas preguntas.  Ahora, en cambio, todo era diferente, podía recordarlo al ver el plato que él rompió un día, ver la marca en la pared donde apoyaban la espalda cuando se reconciliaban. Ahora veía la cama demasiado grande para una persona que duerme en una esquina.

Se sentó en el sofá, su particular trono, su isla, donde se sentía la reina de los coros, escuchando canciones que hablaban de los desastres de otros, mientras ella fingía que no era la protagonista del suyo. Con los años se había vuelto absolutamente indestructible hacia afuera, una de esa clase de mujeres que sonríen en las fotos, que opinan de todo, que no tiemblan nunca en público.  Nadie podía sospechar la grieta en su alma, el peso de su relación, la gota que la desbordaba por dentro cuando se apagaban las pantallas y el salón se quedaba a oscuras.

Había tenido que aprender a oírse, a escuchar esa voz que se colaba entre los ruidos de la noche, la misma que durante años tapó para poder seguir a su lado.  Esa voz le susurraba que la vida era algo más que esperar a que él quisiera lo que ella quería, algo más que adaptarse a los silencios de él, algo más que deber justificarse cada vez que pedía un poco de ternura.  La vida tenía que ser otra cosa que contar las veces que él prometía cambiar y las veces que no cambiaba nada.

Ese día, mientras recogía los platos, se miraba de reojo en el cristal del horno y se sorprendía. Notaba algo distinto en sus gestos, una forma nueva de saber sostener su propia mirada.  Tenía que recuperar su alma, se decía, como quien regresa deprisa porque ha recordado haber dejado olvidado el movil en un bar.  No podía seguir viviendo con esa versión recortada de sí misma, la que llenaba los silencios con monólogos para no enfrentarse a una verdad tan simple como que él hacía tiempo que ya no estaba, aunque estuviera sentado enfrente.

Aquella noche no había televisión, no había música ni distracciones.  Solo ella, el tic-tac del reloj del pasillo marcando el tiempo que no perdona, y la ansiedad  de alguien que se sabe al borde de una decisión definitiva.  Se miró en el espejo del baño y reconoció algo que la asustaba y la ilusionaba a la vez: algo bueno está por despegar.  No sabía qué era, ni cómo se llamaba, pero sentía en el pecho esa mezcla de miedo y esperanza que siempre anuncian los comienzos.

Él, mientras tanto, estaba en el bar de siempre, apoyado en la barra, convencido de que todo seguía igual, que no había  cambiado el escenario.  Pensaba en ella a ratos, sobre todo cuando bebía un poco más de la cuenta o cuando una canción vieja le rompía su defensa.  Se acordaba de cómo ella le miraba cuando todavía creían en ellos, de cómo lo esperaba despierta, aunque él le dijera que no hacía falta.  A su manera, él también sentía que algo se había roto, pero no sabía ponerle nombre.

Cuando ella decidió escribirle aquel mensaje, no buscaba un reproche ni una declaración. Abría una conversación que llevaba semanas cerrada y muda, y en el wasaps tecleó: “Antes de hacernos daño, prefiero desaparecer”.  Miró la frase durante un minuto largo, como si fuese posible o quisiera suavizarla con la mirada, pero no la cambió.  Sabía que era la única verdad que podía decirle sin mentirse a sí misma.

Él leyó el mensaje mucho más tarde, en la calle, cuando volvía a casa con las manos heladas y la cabeza algo entumecida por el alcohol.  Lo releyó varias veces, intentando encontrar una resquicio, un punto, una coma que le permitiera responderla con un “hablemos”, con un “no exageres”, con un “podemos intentarlo de nuevo”.  Pero la frase no dejaba grietas: era una puerta que se cerraba, con cuidado para que no golpee, pero que se cierra.

Intentó llamarla.  Ella miraba la pantalla encendida en su salón, el nombre de él brillando, y dejó que el móvil vibrara hasta cansarse.  Las palabras que no habían pronunciado decían más de ellos que todas las caricias, pensaba que hacía bien en no atender su llamada, mientras sentía cómo una lágrima se le escapaba sin su permiso.  Lo que no se atrevía a decirle es que lo quiere, pero no así; que le duele, pero ya no quiere que le duela siempre; que ha aprendido, a base de golpes, que hay amores que se salvan y otros de los que hay que mudarse para salvarse.

Él le envió un audio largo, con voz acelerada, lleno de silencios incómodos.  Habló de cambiar, hizo promesas, citó oportunidades de esas que suenan a futuro, pero siempre llegan tarde.  Ella lo escuchó apoyada en la pared del pasillo, mientras se iba resbalando hacia el suelo, hasta acabar con las rodillas recogidas y la frente apoyada en un brazo.  Cada palabra la hacía temblar porque se acordaba de lo que fueron, pero también porque así le demostraba lo que ya no podían volver a ser.

Antes de salir de aquella relación, sabía que tenía que aprender a perder.  No se trataba de ganar en la siguiente discusión ni de tener la última palabra, se trataba de asumir que perderle también era perder una parte de sí misma, la que se construyó alrededor de su risa, de su olor, de sus domingos.  Mira que le era difícil aceptar, que el amor no siempre se acaba cuando uno deja de sentir, que a veces se acaba cuando por fin te sientes a ti misma. Pasaron los días.  Él insistió un poco al principio, luego menos, después casi nada.  Ella respondía con frases cortas, amables, como quien se sabe obligada a devolver un préstamo que alguien le hizo.  

Ese día se dio cuenta de que había  pasado una tarde entera sin mirar el móvil, y esa pequeña victoria la celebraba sola, preparando la cena y poniendo unas flores en un vaso. No había un nuevo amor inmediato, ningún salvador que apareciera para rescatarla de sí misma.  Lo que había era algo más difícil y digno, como ir descubrimiento que podía vivir sin pedir permiso, sin tener que justificar lo que sentía, sin traducirlo para que otro la entienda.  A veces, al doblar las sábanas, todavía le venía su imagen a la cabeza y le temblaba el pulso, pero ya no la derrumbaba.

Un sábado cualquiera, varias semanas después, salió a caminar por la ciudad.  Llegó a una plaza donde una banda tocaba una canción que a él le gustaba, una que siempre ponía a todo volumen en el coche.  Ella se detuvo, escuchó el estribillo y, por primera vez, no sintió el nudo en la garganta, tan solo una nostalgia suave, como la de los veranos que ya pasaron.  Entonces ella sonrió.

El amor, pensó, no siempre es la historia de dos, a veces es la historia de cómo una persona aprende a volver a casa sin destrozarse por dentro.  Ella volvió a la casa esa noche más ligera, con la sensación de que, sin darse cuenta, había empezado a recuperar el alma que dejó empeñada en un amor que no supo cuidarla.  

Y aunque nadie la esperaba al otro lado de la puerta, se sentía  acompañada por algo nuevo y frágil: la certeza de que la próxima vez que amase, no se perdería a sí misma en el intento.


Cuando la violencia sexual lleva uniforme

Al número dos de la Policía lo llaman “jefe operativo”, pero en la práctica es el hombre que manda sobre miles de agentes, sus destinos y sus expedientes. Ha dimitido después de que un juzgado admitiera a trámite una querella por agresión sexual con penetración contra una subordinada, en su vivienda oficial, en un contexto de jerarquía y asimetría de poder que deja claro de qué lado se inclinaba la balanza. Hablamos de aislamiento, superioridad física y de rango, negativa expresa, tocamientos y penetración no consentida, crisis de ansiedad y una posterior campaña de acoso y manipulación psicológica. No es una escena de ficción, sino un patrón demasiado conocido de violencia sexual.

En cuanto salta la noticia, el PP se lanza a la carrera de siempre: ruedas de prensa, exigencias de explicaciones a Marlaska, acusaciones de “blindar a un posible violador” y un relato en el que el caso deja de ser el drama concreto de una víctima para convertirse en prueba de una supuesta cadena de abusos del Gobierno contra las mujeres. El entusiasmo tiene explicación: ¿qué mejor regalo que un presunto violador a las puertas del despacho del ministro al que llevas años retratando como enemigo de las víctimas? Conviene recordar de qué PP hablamos: el que ha recortado o vaciado políticas de igualdad, el que se alinea con Vox en el pánico moral contra el feminismo, el que ridiculiza las luchas de las mujeres como “lobbies subvencionados” y combate la ley del “solo sí es sí” sin ofrecer otra protección que el eslogan de “más penas, menos chiringuitos”, mientras deja intactos los privilegios masculinos que permiten a un jefe sentirse intocable en su piso oficial.

La doble vara de medir es descarada. Cuando los presuntos agresores son propios, se invoca la prudencia, la presunción de inocencia, la necesidad de no hacer “juicios paralelos” ni usar el dolor ajeno políticamente. Cuando son ajenos, la prudencia desaparece: se habla sin matices de “violadores”, se exigen dimisiones en cadena y se extiende el caso como mancha de aceite hasta convertirlo en prueba irrefutable de la “degeneración moral” del adversario. La justicia deja de ser un juez que instruye una causa para convertirse en una tertulia que dicta sentencia cada mañana.

Mientras tanto, en el mismo edificio donde se señalan culpables y se reclaman responsabilidades, Vox lleva al Pleno una proposición de ley para prohibir el burka y el niqab en espacios públicos, envuelta en la retórica de la “protección de la dignidad de las mujeres y la seguridad ciudadana”. PP y Vox sitúan así el debate sobre la violencia contra las mujeres en una clave culturalista e islamófoba: el problema serían las prendas de las mujeres musulmanas, el “multiculturalismo” y una inmigración que “no respeta nuestras normas”, presentada como amenaza para las españolas. Y mientras se finge liberar a las mujeres de fuera prohibiendo su ropa, se sigue mirando hacia otro lado ante la violencia y el acoso que sufren muchas mujeres dentro de las propias instituciones del Estado, a veces de manos de quienes llevan uniforme.

Los medios conservadores y de la derecha dura ayudan a hilvanar la historia con la precisión que da la práctica. Subrayan, una y otra vez, que el investigado es “hombre de máxima confianza de Marlaska”. Lo que interesa no es el abuso de poder en sí, sino el apellido político que se le puede colgar. El caso se encaja así en un relato ya prefabricado: el “Gobierno que protege violadores”, el ministro que los “blinda”, el Ejecutivo que “abandona a las víctimas”. De nuevo, la violencia sexual como materia prima para un guion partidista: la víctima, un personaje secundario; la estructura policial, un decorado; el Estado, un simple escenario donde lo único que importa es quién gana el siguiente asalto. 

En paralelo, casi siempre en letra pequeña, se minimiza el análisis estructural: se menciona de pasada la jerarquía, se diluyen los protocolos de acoso, se obvian los mecanismos de control y la cultura interna del cuerpo. No hay tiempo en el informativo para explicar cómo se denuncia a un superior, qué riesgos laborales y personales asume quien se atreve, qué ocurre con su carrera profesional. No interesa preguntar cuántas veces se ha archivado, minimizado o ridiculizado una denuncia similar antes de llegar a un juzgado. Lo importante es el titular que ata la imagen del ministro a la palabra “violador”. Lo demás, ya tal.

Ese encuadre tiene una ventaja adicional: explota el morbo de la presunta violación sin tocar las condiciones materiales que la hacen posible. Se puede repetir, durante días, cada detalle escabroso, cada fragmento de la noche, cada mensaje posterior, pero siempre evitando hacerse la pregunta incómoda: ¿qué tiene que pasar dentro de un cuerpo policial para que un jefe se sienta tan seguro, tan impune, como para convertir su piso oficial en escenario de una agresión a una subordinada? Y otra más: ¿cuántos sabían, sospechaban o habían escuchado algo antes de que apareciera la querella?

En todo este entramado, además de la denuncia ya presentada por la afectada, hay al menos cuatro manipulaciones que merecen ser denunciadas ante la opinión pública, si es que todavía nos queda algún resto de pudor colectivo.

Primera: se convierte una agresión sexual en arma partidista, usando el dolor de una mujer para atacar a Gobierno y partidos, hablando de justicia mientras en realidad se busca rédito mediático y político. Segunda: se blanquea el patriarcado propio desviando el foco al burka y al niqab, presentando a las mujeres musulmanas como símbolo extremo de opresión para minimizar el machismo doméstico y ocultar la violencia “de aquí”. Tercera: se usa el feminismo como coartada retórica; quienes lo han ridiculizado se disfrazan de defensores de la libertad femenina y promueven prohibiciones de vestimentas en nombre de la “dignidad”, vaciando la igualdad de contenido. Y cuarta: se silencia que la Policía es un espacio de riesgo para sus propias agentes, se ignoran las denuncias de agresión y acoso internos y se reduce todo a “manzanas podridas”, evitando debatir sobre poder, mandos y protección de las denunciantes.

Al final, de eso va esta historia: de quién se sienta seguro, quién tiene miedo, quién manda sobre el cuerpo de quién. El número dos de la Policía podría llegar a demostrar su inocencia ante un tribunal; la subordinada que le denuncia podría ver reconocida judicialmente la agresión que describe. Entre tanto, lo único seguro es el espectáculo: partidos que convierten la violencia sexual en munición, medios que la transforman en serie diaria, tertulias que se reparten los papeles de fiscales y defensores.

Lo que no veremos, salvo gran sorpresa, es a esos mismos partidos y medios preguntarse qué hay que cambiar para que ninguna mujer, con o sin uniforme, con o sin velo, tenga que elegir entre callar y arriesgarlo todo. Ese día, si llega, se notará porque el debate no irá sobre burkas, ni sobre ministros, ni sobre “manzanas podridas”, sino sobre algo mucho más prosaico y menos rentable: el poder, quién lo tiene y qué hacemos cuando lo utiliza para violar.


miércoles, 18 de febrero de 2026

El bloqueo a Cuba: un crimen en silencio

Pocas causas reúnen tanta hipocresía global como la que sufre Cuba. Mientras en los foros internacionales se habla de derechos humanos y cooperación, el pueblo cubano sigue condenado a una escasez impuesta, metódica y calculada desde hace más de seis décadas. No es una metáfora ni una exageración retórica: el embargo económico, comercial y financiero de Estados Unidos constituye un castigo colectivo que bordea, como afirman los juristas de la ONU, la definición de crimen de lesa humanidad.

Se denuncia con dolor el hambre, la falta de medicamentos y las incubadoras apagadas. Este texto no es un panfleto, sino una exposición pública del daño estructural que padece toda una nación por decisión política ajena a sus fronteras. Desde 1962, el bloqueo ha evolucionado hasta convertirse en una red legal totalizadora. Hoy impide transacciones bancarias, prohíbe a terceros países comerciar libremente con La Habana y penaliza a empresas por realizar operaciones legítimas. En 2024, las pérdidas acumuladas superaban los 160.000 millones de dólares, según cifras de Naciones Unidas; cada año la Asamblea General vota, casi por unanimidad, por su fin, y cada año Washington ignora la resolución.

En el terreno humano, las consecuencias son brutales. Según el Ministerio de Salud Pública de Cuba, más del 80 % de los medicamentos esenciales requieren algún componente que debe importarse. Las sanciones estadounidenses impiden acceder incluso a fármacos de origen europeo si contienen patentes o materiales estadounidenses. Lo mismo ocurre con equipos hospitalarios, piezas de automoción o simples jeringas. En hospitales pediátricos y maternidades se han informado interrupciones en servicios por falta de combustible o repuestos: la política sancionadora llega hasta las incubadoras.

En el ámbito alimentario, la Oficina de Planificación de la ONU para el Desarrollo (PNUD) ha documentado que las restricciones financieras y de transporte encarecen hasta un 30 % el costo de los productos importados, afectando la disponibilidad de productos básicos. Se llama “medidas coercitivas unilaterales”, pero su resultado son abuelos sin tratamiento, madres en lista de espera, niños con hambre.

El mayor daño, sin embargo, no proviene sólo de Washington, sino del silencio de quienes, en nombre del pragmatismo o la “transición democrática”, callan ante la evidencia. El bloqueo no castiga a un gobierno: castiga a su pueblo y condiciona cualquier posibilidad de reforma estructural. Convertido en herramienta electoral en el Estado de Florida, el embargo sobrevive por cálculo político y prejuicio ideológico, no por eficacia ni justicia.

Mientras tanto, los mismos países que sancionan a Cuba aceptan relaciones plenas con estados donde los derechos civiles son mucho más restringidos. ¿Qué explica esa incoherencia? Tal vez que Cuba, con todos sus errores, simboliza todavía la idea intolerable de que un pequeño país puede sostener su soberanía frente al vecino más poderoso del planeta.

Los cubanos no quieren caridad, quieren que los dejen vivir en su isla; es una más de todas las sociedades que sufren sanciones como forma de guerra. Cada generación repite la misma pregunta que resume esta tragedia: ¿qué legitimidad tiene una democracia que, en nombre de la libertad, impone hambre a los pueblos que disienten de su modelo?

Terminarlo sería un gesto mínimo de coherencia para un mundo que dice defender la dignidad humana, pero que la somete cada día.


martes, 17 de febrero de 2026

Felipe González

Sigues hablando de Bildu como si España no hubiera cambiado en treinta años. Como si el tiempo se hubiera detenido en aquella foto en blanco y negro donde tú eras el héroe de la modernización y los demás vivíamos en el error o en el pecado de la duda. Pero el país ya no está en los ochenta, Felipe. Aunque a veces dé la impresión de que tú sí te quedaste en esos años.

Bildu no es ningún accidente de nuestra democracia. Tampoco una trampa.  Muy al contrario, es el resultado de un proceso político que costó sangre, sudor, lágrimas, rupturas internas y valentía. También de muchos socialistas, los primeros vascos, pero también de otros de muchos rincones de España, que apostamos juntos por cerrar el ciclo de las armas y abrir el de las palabras. Esa transición parece que la hicieron otros, no tú. Y la mayoría de ellos la pagaron muy cara.

Hace más de una década que ETA se disolvió y que la izquierda abertzale renunció sin ambigüedad a la violencia. Nadie en Bildu ha ensalzado el terrorismo desde entonces. Y, sin embargo, ahí sigues tú, mirando por el retrovisor, repitiendo las consignas de la derecha, desempolvando aquel discurso de que “con Bildu no se puede”, como si la política fuera un museo donde los viejos líderes os dedicáis a señalar errores ajenos en vez de asumir tus propias sombras.

Lo irónico es que tú, que tanto hablas de memoria, pareces sufrir de una muy selectiva. Hace años que existe una renuncia explícita al terrorismo, y nadie en Bildu ha vuelto a justificarlo ni a glorificarlo. Negarlo no es firmeza moral, es ceguera deliberada. Porque fue tu propio partido, aquel PSOE que tú dirigiste durante trece años, el que participó en los esfuerzos por la paz, el que ayudó a empujar a la izquierda abertzale hacia la política y no hacia las armas. Hoy esos mismos compañeros te están viendo negar el fruto de esa apuesta colectiva solo para marcar distancias y conservar un absurdo púlpito mediático.

Felipe, el tiempo de las trincheras ya pasó. La convivencia no se construye con desdén ni nostalgia, sino con política. Y política, en democracia, significa hablar con todos los que respetan sus reglas, también con quienes antes callaban a tiros. Si no puedes entender eso, quizás el problema no sea Bildu. Quizás el que se haya quedado congelado en el pasado seas tú.

¡Ah! Y si has decidido no votar a tu partido y votar en blanco, hazlo, que el voto siempre fue libre, gracias entre otros a un tal Felipe, al que hoy ya es difícil reconocer en tí.

Silencio después del portazo.


Silencio después del portazo.
Éramos tan diferentes, que pensar en que entre nosotros pudiera surgir alguna llama, siempre lo creí imposible, y pensar en que aquello tendría futuro, era para mí una entelequia. Lo supe desde el primer día, aunque me empeñé en ignorarlo. Ella hablaba con esa tibieza del sol en invierno, y yo, en cambio, estaba lleno de certezas, tantas que a veces se me caían de los bolsillos Una de ellas era que el amor bastaba para arreglarlo todo. Me equivocaba, porque solo amar, nunca es suficiente, nunca basta.
Recuerdo la tarde en que las promesas que nos hicimos parecían eternas. Veo aquel bar de pareces marrones, con olor a café y con la lluvia de otoño nublando las ventanas. Me prometió que aquel amor seguiría siempre, y yo la creí con una la misma fe con la que un niño cree en los magos. Estábamos convencidos que las promesas podrían fortalecerse con el tiempo. Qué necios fuimos, nos equivocamos.
Porque desde el principio no me resultaba fácil entenderla. Decir si a algunos de sus planteamientos me hacía sentirme raro, como si cada una de tus palabras pudiera romper algo en mi interior. Entenderla era aceptar que estabas lejos incluso cuando sonreía a mi lado. Empezaba a escuchar silencios resignados. Hoy miro alrededor y todo aquello parece detenido en un pasado, como si el aire hubiera decidido marcharse y mantenerlo suspendido.
Al marcharse, el ruido más fuerte no fue el portazo, sino el silencio de después. Creí que iba a llorar, pero me di cuenta de que ni siquiera tenía lágrimas. Solo me quedé ahí, sentado (o de pie, no lo sé), intentando acostumbrarme a esa nueva forma del vacío. No la culpo. Nadie nos enseña qué hacer con lo que se rompe. Nos entrenan para la catástrofe, no para el dolor por goteo. Pero lo nuestro se fue filtrando, poco a poco, hasta dejar solo esta humedad de recuerdos.
Lo que mata el amor es la inercia, y resistir cuando el amor se ha ido, mientras se finge que todavía queda algo pendiente, es inercia. Y entonces siempre llega el infierno por el miedo a reconocer lo que ya no somos, y mantener una esperanza en algo que no existe. Luego la soledad se convierte en un hábito, y eso nubla las mirada de la memoria. Y el miedo vuelve, aunque nadie grita. En las verdaderas despedidas solo se escuchan murmullos, y a veces se oye el chasquido de algo que se rompe dentro. El amor ,cuando duele, deja de ser algo de dos juntos y se convierte en dos en sus respectivas trincheras.
Y sin embargo, a veces la recuerdo, no por nostalgia, sino porque hubo cosas que nunca aclaramos y esas siempre se quedan a vivir en las grietas de la vida. Me refugie para olvidar en nuevos proyectos, en nueva gente. Pero cada vez que el cielo se apaga un poco, vuelven a mi mente los reproches mezclados con ternura. A veces el amor se nos escapa por las heridas, sin avisar, sin señalar culpables, sin posibilidad de curación.
Lo nuestro fue un error, aunque lo imaginábamos milagroso. Creíamos que amar era suficiente, pero el miedo devoró todo. Hoy el aire pesa un poco más. Pero, aun así, cuando cierro los ojos, sigo viendo su silueta cómo cruza detrás de la niebla en el cristal en la ventana de aquel bar. El adiós era la única forma de no seguir haciéndonos daño. Dicen que el amor no se acaba, que solo se transforma. Yo no sé si es cierto, pero me consuela pensarlo.
No le guardo rencor. Tampoco la idolatro. Es solo el recuerdo de algo que mereció ser verdad, aunque no al final no lo fuera. No sé si ella leerá esto. Tampoco sé si quiero que lo haga. Pero hay cosas que no se dicen para ser escuchadas, sino para no seguir callándolas.

Hasta cuando es soportable el ruido

¿Habrá servido para algo el acto institucional, presidido por los reyes, para conmemorar la Constitución de 1978? Sinceramente creo que no. El espíritu de consenso constitucional se quedó atrás. Nadie en el Congreso parece escuchar realmente lo que el rival político le dice. Las palabras han dejado de ser puentes para convertirse en piedras y el discurso en un apedreamiento. La derecha y la ultraderecha, una con su tono de falsa moderación, y la segunda con su voz de trueno, parecen disputarse quién es capaz de tensar más la cuerda del desprecio. Ellas no hablan de políticas, ni de sanidad, ni de vivienda, ni de los jóvenes que se marchan ni de los viejos que esperan. Hablan de “ellos” y de “nosotros”. De “ellos corruptos” y “nosotros los patriotas”.

Detrás de cada frase solo se percibe acidez: la sospecha sin pruebas, la injuria elevada a estrategia, el odio disfrazado de convicción moral. Y lo más triste no es escuchar a los lideres, sino ver cómo tantos aplaudían desde las gradas, convencidos de que destruir al adversario era ganar, aunque quien pierda sea el pueblo. No entienden, o no quieren entender, que cuando se siembra desprecio contra media España, es el propio país el que se pudre por dentro. Que cada vez que llaman “cómplice” o “traidor” al vecino que vota distinto, hacen más difícil esa convivencia que tanto dicen defender.

España no necesita mártires del insulto ni profetas del miedo. Necesita líderes que recuerden lo esencial: gobernar es servir, y oponerse es ofrecer alternativa, no incendiar la casa común. Porque cuando se olvida la dignidad del otro, cuando la política se convierte en venganza y la discrepancia en delito, el ruido sustituye a la palabra y la mentira se sienta en el escaño. Y entonces, de tanto gritar, acabamos no oyendo la parte humana inherente a la política.

¿qué desgracia debe ocurrir para que dejen de sembrar odio?

Pues no. don Felipe VI, el acto institucional para conmemorar la Constitución de 1978 no ha servido para hacer país.

Los momentos terroríficos de lucidez.

Aquella tarde de domingo que les visité, la casa olía a sopa caliente y a fotos antiguas. En la radio que había en su despacho junto a montones de carpetas con papeles, sonaba una canción que hablaba de una mujer que se deshilachaba por dentro, y Nuria, sin saber por qué, bajó el volumen justo cuando el estribillo pronunciaba un nombre que no era el suyo, pero podría haber sido. Juan estaba en la cocina, peleándose con un puñado de perejil como si estuviera realizando una operación a corazón abierto.

-Si sigues triturándolo así, va a pedir el alta voluntaria, 

dijo Nuria, en tono de broma desde el quicio de la puerta de la cocina. Él levantó la vista, y sonrió con ese gesto torpe que llevaba años gesticulando solo para ella.  

-Es que quiero impresionarte, mujer. No todos los días se cumplen cincuenta y dos años desde la primera vez que me dijiste que no.  

La memoria compartida entre los dos estaba hecha de negativas que acababan en síes, de billetes de tren perdidos, de habitaciones de hotel y de mudanzas con cajas numeradas, pero que algunas luego nunca abrían. Habían aprendido a vivir con poco, incluso menos que poco: les sobraba con la certeza de que el otro seguía ahí al despertar. Eso era más que suficiente.  

La primera vez que Nuria notó algo raro fue una tontería, como casi todo lo importante. Volvían del supermercado y él, que siempre se adelantaba para abrirle el portal, se quedó quieto en la acera, mirando el edificio como si fuera la casa de otro.  

-¿En qué piso vivimos?, preguntó, con una risa que intentó sonar ligera.  

Nuria pensó en un despiste.  

-En el cuarto, Juan, donde siempre. ¿Qué pasa, te has mudado sin avisarme?  

Él asintió, fingiendo una broma:  

-Es que hay días que mi cabeza se da una vuelta sola.  

El comentario se quedó flotando en el pasillo de la casa, pegado a las paredes como si se tratara de humedad. Pasaron semanas. Luego meses. Pequeños olvidos: las llaves en la nevera, la olla guardada en el armario junto a los abrigos, un recibo de la luz guardado en la funda de la guitarra que, desde que su hijo se fue a Irlanda, ya nadie tocaba. Nuria fue barriendo todos esos olvidos, uno a uno, con la escoba de la costumbre. Hasta que le fue inevitable y empezó a tropezar con ellos.  

Una noche, mientras veían fotos antiguas, Juan señaló una imagen donde se les veía jóvenes, apoyados en la barandilla de un barco que cruzaba el puerto. Ella llevaba un vestido rojo que él siempre recordaba como si fuera de alta costura.  

-Mira qué guapa, dijo. 

-¿Cómo se llamaba esa muchacha?  

Nuria se rio, creyendo que estaba de broma.  

-Se llama igual que la pesada que te recuerda cada día que te tomes las pastillas.  

Juan frunció el ceño, esforzándose.  

-No, en serio, ¿cómo se llamaba? Me acuerdo del vestido, de ese viento en la cara, de que me dije “ahora la beso o me arrepiento toda la vida”… pero el nombre se me escapa.  

El silencio que siguió fue distinto a todos los silencios que habían compartido antes. No era la pausa cómoda de dos que se conocen, era un corte, una costura que se rompía. Nuria sintió, por primera vez, un frío nuevo: no el miedo a perderlo, sino el miedo a que él la perdiera a ella.  

Los médicos pusieron nombre a aquello con la precisión de quien escribe una receta: enfermedad de Alzheimer, inicio insidioso, deterioro progresivo. Palabras de manual para una vida que no cabía en ninguna guía clínica. Nuria escuchó, tomó notas, preguntó, como si el conocimiento pudiera servirle de escudo. Sabía demasiado y eso a veces dolía más.  

Al principio, Juan se reía de su propia confusión.  

-Mi cabeza es un cajón revuelto, decía. Pero tú estás en la primera fila, no te vas a caer.  

Y durante un tiempo fue verdad. Se equivocaba de día de la semana, mezclaba nombres, llamaba “miércoles” a los lunes, pero a Nuria la seguía encontrando incluso a oscuras, solo con la mano extendida en mitad de la noche.  

Luego llegaron los días raros. Esos en los que Juan se despertaba inquieto, preguntando si su madre había bajado ya a comprar el pan, aunque llevaba veinte años muerta. Esos en los que buscaba un libro que nunca habían tenido, o se empeñaba en ir a un trabajo que dejó hacía décadas. Nuria aprendió a acompañarlo en esos viajes sin corregirle demasiado, a no arrancarle las pocas certezas que le quedaban, aunque fueran de otro tiempo.  

-¿Te acuerdas de cuando íbamos en avión a Bruselas a ver a la niña? le preguntó una tarde, mientras él miraba por la ventana, siguiendo con la vista una nube que parecía no moverse.  

Juan tardó en responder.  

-Me acuerdo del avión, dijo despacio. Me acuerdo de estar sentado y pensar “hoy la vuelvo a ver”. Pero el aeropuerto… y tu cara… es como si alguien hubiera desenfocado la foto.  

-Da igual, respondió Nuria, forzando una sonrisa. Yo me acuerdo por los dos.  

Hubo, sin embargo, otros días luminosos, momentos afilados en los que la niebla se abría de golpe. Eran sus particulares terribles momentos de lucidez, como había leído una vez en un artículo sobre una abuela con Alzheimer.  Esos instantes en los que Juan parecía volver entero, no solo en partes.

Ocurrió una tarde de invierno, mientras ella lo ayudaba a abotonarse la camisa. Sus manos temblaban, pero no por la enfermedad.  

-Nuria 

Y el modo en que pronunció su nombre la obligó a mirarle a los ojos, 

-Hay algo que quiero pedirte.  

-Lo que quieras.  

-Cuando ya no sepa quién eres, cuando te llame de otro modo, no me lo tengas en cuenta. Tú sigue viniendo. Haz como si yo supiera que eres tú, aunque no lo sepa.  

Nuria tragó saliva y afirmó  

-Eso no va a pasar.  

-Sabes que sí, respondió él, sin dulzuras. 

-Yo ya lo estoy viendo venir desde dentro, como si alguien apagara las luces una por una. A veces las vuelven a encender de golpe y veo todo claro, y me asusto. No por mí. Por ti.  

Ese día, cuando se quedó dormido en el sillón mientras veía la televisión, ella se sentó frente a él y lo miró largo rato. Intentó grabarse en la memoria todos sus gestos: la forma en que torcía la boca al respirar, la arruga marcada entre las cejas, la pequeña cicatriz junto a la oreja que antes le gustaba besar. Se dijo que, pasara lo que pasara, lo sostendría hasta el final. Aunque fuera ella quien tuviera que recordar por los dos.  

El deterioro fue avanzando con la crueldad implacable de un calendario que pasa de hoja incluso cuando nadie lo mira. Había días en los que Juan estaba casi ausente, sentado en la butaca, siguiendo con los ojos algo que solo él veía. Otros en los que volvía al salón un poco y le preguntaba, como quien despierta de un sueño raro:  

-Estamos casados, ¿verdad?  

-Desde hace cincuenta y dos años, contestaba Nuria.  

-Pues ya has tenido paciencia, 

bromeaba él, y por un momento eran los mismos que se habían reído del perejil en la cocina.  

Una mañana, en el centro de día al que empezó a asistir, llamaron a Nuria porque Juan estaba muy agitado. Llegó con el corazón en la garganta. Lo encontró en un pasillo, enfadado con su propio reflejo en un cristal.  

-¿Quién es esa mujer? preguntaba, señalando la nada. La que dice que soy su marido.  

Ella se le acercó despacio, como se acerca uno a un animal herido.  

-Soy yo, Juan.  

Él la miró, desconcertado. Algo en sus ojos destelleó, como una bombilla a punto de fundirse.  

-No. Tú eres… tú eres…  

Se quedó en blanco. Entonces, de un rincón remoto de su mente, llegó una chispa:  

-Tú eres la que siempre se ríe cuando lloro.  

Nuria sintió que se rompía por dentro.  

-Sí. Esa misma.  

A partir de entonces, dejó de insistir en su nombre. Le bastaba con que, de vez en cuando, él la reconociera por la forma de sujetarle la mano, por la manera de cabezonería y testarudez de colocarle la bufanda, por el modo en que le contaba por décima vez la historia del avión y del vestido rojo. Su identidad ya no le cabía en una sola palabra. Era todo lo vivido.  

En una de esas tardes en las que el tiempo parecía detenido, se sentaron juntos frente a la ventana de la casa a la que se mudaron para estar más cerca del aeropuerto al que llegaban sus hijos. Afuera, el mundo seguía su marcha: niños que salían del colegio, una señora que se peleaba por plegar un carrito, un perro que se negaba a cruzar la calle. Dentro de él, el reloj marcaba la hora sin prisa.  

-¿Sabes qué es lo peor? susurró Juan, sin apartar la mirada del vidrio.  

Nuria esperó.  

-Que hay una parte de mí que se da cuenta de lo que estoy perdiendo. Es como si viera mis propios recuerdos irse andando en fila india. A veces quiero llamarlos por su nombre, pero no me salen las palabras.  

-Yo los llamo por ti. No los pierdes, se vienen conmigo.  

Pasó el tiempo. Las preguntas de Juan se hicieron más simples: ¿ya es de día?, ¿he comido?, ¿te vas a ir? A veces confundía a las enfermeras con sus tías, dejaba que lo afeitaran como un niño obediente, se dejaba llevar por pasillos que ya no sabía si eran suyos. Nuria acudía cada día, puntual, con una rutina que era su forma de resistencia: le hablaba de los hijos, de los veranos en la playa, del tren que casi pierden aquella vez que regresaban a Albacete, del avión y del vestido rojo.  

Una tarde de otoño, mientras le leía en voz alta un poema que siempre le había gustado, notó que él la miraba de una manera distinta, fija, intensa.  

-¿Qué pasa? Preguntó Nuria bajando el libro.  

Juan abrió la boca, dudó, y al final dijo:  

-Es… curioso.  

-¿Qué?  

-No sé quién eres. Pero cuando estás aquí, tengo menos miedo.  

Nuria sintió que esa frase le atravesaba el pecho como una espada. Se inclinó, le besó la frente, y le respondió:  

-Con eso basta.  

En sus últimos meses, Juan vivió en una especie de orilla. A un lado, el mundo real; al otro, un lugar borroso al que Nuria no podía seguirlo. Allí veía a sus padres jóvenes, a amigos muertos, a un muchacho que era él mismo a los veinte años, dispuesto a subir por primera vez a un avió con una maleta ridícula y demasiados sueños.

La última vez que abrió los ojos con claridad fue una mañana fría. La habitación de la residencia olía a desinfectante y a mandarinas, porque Nuria siempre llevaba algunas en el bolso para pelarlas ahí, llenando el aire de olor a casa. Él la miró como si la viera de lejos, a través de muchos inviernos.  

-Perdona, dijo, con una voz que venía de muy atrás. 

-A veces… a veces pienso que te he olvidado.  

Ella le tomó la mano, cada vez más delgada, y le susurró  

-No pasa nada. Para eso estoy, para acordarme de ti.  

Juan cerró los ojos, y una media sonrisa se le dibujó en la cara.  

-Entonces estoy salvado.  

Cuando él se fue, la casa quedó llena de pequeñas trampas de memoria: la camisa que nunca terminó de abotonarse, el ordenador apagado en una esquina, las miles de anotaciones a bolígrafo que solo él y ella entendían. Había días en los que Nuria sentía que era ella la que empezaba a olvidar, no porque su mente fallara, sino porque su dolor buscaba cualquier agujero donde esconderse.  

Sin embargo, bastaba con que sonara en la radio una canción sobre una mujer que seguía esperando en el muelle de San Blas para que todo volviera de golpe: la cocina, el perejil, el avión, el vestido rojo, el miedo, la ternura obstinada con la que le sostuvo la mano hasta el final.

Entonces Nuria comprendía que el amor, a veces, es eso, seguir diciendo el nombre del otro en voz alta incluso cuando él ya no lo reconoce. Convertirse en la memoria que se queda, cuando la que se va no puede hacer otra cosa que irse.

Las mejillas de Clara

La conocí una tarde de invierno, tenía que complementar una parte de mi trabajo y  buscaba información en la biblioteca del hospital. Mientras releía páginas en el Harrison y repasaba historiales con la resignación de saber que aquello eran datos ajenos a mi paciente, y sin esperanza de hallar una solución a su problema que se había empeorado de manera progresiva en los últimos días, ella entró buscando un libro de anatomía, un ejemplar de esos que alguien nunca llega a devolver. Tenía esa calma que no se impone, que hace que no se mueva el aire, pero elevó el tono con la bibliotecaria al ver la imposibilidad de encontrar el texto que buscaba. 

Dejé mi mesa y me acerqué al mostrador de la entrada a entregar el texto que había consultado. Al escucharla hablar del libro de anatomía que ella solicitaba, intervine. 

-Yo tengo ese texto, no es de la biblioteca, sino mío, pero puedo prestártelo. 

-Pues te lo agradecería, porque lo necesito para un examen. Respondió.

Hablamos unos minutos. Algunas coincidencias menores, un autor, el cansancio… y  quedamos al día siguiente en que pasaría por mi consulta a recoger el texto. Así lo hizo, y desde entonces, sin entender cómo, su voz se quedó alojada en mis pensamientos.

En los días siguientes la veía cruzar los pasillos, siempre con prisa, siempre riendo con otros estudiantes. Yo me decía que era solo una fascinación pasajera, un impulso que me había provocado la rutina de la consulta; pero cada vez que ella pasaba cerca, sentía que el entorno se disolvía. Nos saludábamos y hablábamos, pero las conversaciones perdían palabras. Los relojes pasaban más despacio cuando se acercaba la hora en la que sabía que si salía de mi consulta podríamos coincidir. Con el paso de las semanas su nombre se volvió una constante en mi interior, era como una oración que brotaba sin que yo la invocase.

Cuando por fin empezamos a hablar de verdad, descubrí que su vida era todo aquello que yo más temía: abierta, inestable, llena de holas y de despedidas. Me miraba con ternura, pero desde lejos; como quien intuye un peligro en caso de acercarse demasiado. Yo, en cambio, me aferraba a cada uno de sus gestos, a cada silencio caminando a su lado a la salida del hospital, bajo las luces y envueltos en el frío de la avenida. Ella me hablaba de viajes que había planificado y de cosas que le habían resultado imposibles, y yo fingía entenderla, aunque por dentro solo pensaba en de qué manera podría retenerla un poco más de tiempo.

Una noche al despedirnos me besó, apenas un instante,  un roce breve, pero suficiente para que todo se quedara suspendido en el aire. Desde entonces, no puedo evitar en momentos de soledad volver a ese momento. Se había anclado en mi respiración, en mis sueños interrumpidos, en esa parte del pensamiento donde las cosas no se pueden nombrar sin que al hacerlo te desarmes.

Pasaron más semanas, y aquel amor, que había nacido sin permiso, empezó a doler. Ella aprobó el MIR y sabía que no se quedaría en la ciudad; yo lo intuía, pero fingía no querer verlo. Hasta que una mañana me encontré sobre la mesa de mi consulta una nota con su letra: “Me han dado una plaza en Salamanca. No puedo quedarme. Gracias por recordarme que aún puedo sentir algo.” No hubo escenas de despedida, ni lágrimas. Solo un vacío que dolió más que cualquier despedida. 

Ese día comprendí que amar también consiste en aprender a perder. El tiempo siguió su curso, con cambios de destino, turnos, otras manos, otros nombres en mi vida, pero Clara permaneció en esa zona dormida de mi memoria, donde yo la conservaba, sin dolor, sin rencor. 

Hasta que, años después, una tarde cualquiera, tras un congreso regresaba en tren, y la encontré en una estación. No la reconocí de inmediato: llevaba el cabello más corto y la serenidad en ella que recordaba era distinta. Nos miramos, y algo en su sonrisa recuperó, por un segundo, aquel largo invierno que había quedado suspendido.

-¿Cómo estás?, preguntó con timidez y cierta complicidad.

Le respondí algo simple, breve, casi torpe. La invité a un café y hablamos unos minutos, sobre el trabajo, los años, la vida. Todo era algo natural, pero mentiría si no dijera que bajo la superficie de normalidad, latía una ternura callada, una deuda emocional ya saldada. Antes de irse, me tocó el brazo, apenas un gesto y dijo:

-Fue bonito. Que te vaya bien.

Nos dimos dos besos de despedida. Mis labios volvieron a rozar sus mejillas, ahora frías del aire del andén. La vi alejarse hasta que su figura se volvió parte del gentío que se agolpaba para tomar el tren. Y aunque supe que esa sería la última vez, no sentí tristeza. Solo gratitud. 

Ese día Clara dejó de ser un pensamiento doloroso para volverse parte de lo que me hizo humano: uno de esos recuerdos que, de tanto dolernos, acaban enseñándonos a amar mejor.

Cuando el ajuste mata: la infancia abandonada de la política argentina.

Algunos argentinos residentes en España hablan de las bondades para su país que son resultado de la política de Milei. Pocos han decidido retornar a su país pese a esas logros que afirman. Pero hay otros asuntos en cuyo análisis es imposible encontrar aspectos positivos, quizás es que los desconocen o no le otorgan la importancia que tienen para los ciudadanos de a pie.

Lo cierto es que en Argentina las estadísticas hablan un idioma que, si se escucha, cualquiera entiende: cuando sube la mortalidad infantil, algo muy serio se ha roto mucho antes que los números. Por primera vez en unos veinte años, esa curva que venía bajando casi en silencio empezó a subir, justo cuando el Estado decidió retirarse del mapa sanitario y tratar la salud pública como un gasto prescindible y no como la línea roja que separa la vida de la muerte en los primeros meses de existencia.  

Durante dos décadas, Argentina fue limando, décima a décima, la mortalidad infantil hasta llevarla a mínimos históricos, un esfuerzo materializado en controles prenatales, redes de neonatología, programas perinatales, y trabajo territorial con las comunidades más pobres. No eran grandes gestos de marketing político, sino la suma paciente de decisiones técnicas y presupuesto estable. Allí donde el Estado llegaba con vacunas, leche, controles y camas de UCI neonatal, la mortalidad bajaba; donde no llegaba, la biología no perdonaba.  

La novedad de estos últimos meses no es solo que la tasa haya aumentado, sino que lo haga en el contexto de un programa político que reivindica el “sálvese quien pueda” como doctrina económica y moral. No es un accidente estadístico, es un síntoma. Cuando el gobierno convierte el ajuste en un fin en sí mismo, los bebés empiezan a pagar la factura antes que nadie. No votan, no hacen huelga, no paran carreteras. Simplemente dejan de sobrevivir su primer año de vida.  

Los recortes no se limitan a un aspecto, van más allá y se concretan en el desguace de programas que estaban diseñados, precisamente, para hacer la diferencia entre la vida y la muerte entre los más frágiles. El programa de Sueño Seguro, que entregaba cunas para reducir el riesgo de muerte súbita en contextos precarios, se ha reducido o directamente paralizado en muchos territorios. El Programa Nacional de Cardiopatías Congénitas, que organizaba la detección temprana y la derivación para cirugía de bebés con malformaciones cardíacas, ha sido vaciado hasta quedar casi en figura decorativa. Lo mismo ocurre con estrategias contra el embarazo adolescente no deseado, como el plan ENIA, desmantelado pese a haber demostrado que prevenir embarazos no es una cuestión de moralina, sino de oportunidades y derechos.  

Hay una lógica que se repite: todo lo que exige presencia activa del Estado, coordinación entre niveles de gobierno, trabajo social y sanitario de proximidad, se considera “gasto”. Frente a esa lógica, la mortalidad infantil no tarda en verse afectada. Si se recortan equipos, se despide personal, se frenan compras de suministros críticos, se ralentizan derivaciones y se abandonan campañas de prevención, el resultado no puede ser otro que menos bebés con vida en el segundo cumpleaños. La estadística solo certifica lo que las familias de las villas, de los barrios pobres urbanos y de los pueblos del interior ven antes que nadie.  

El discurso oficial promete que, donde se retira el Estado, florecerá la libertad de elegir: elegir médicos, clínicas, seguros, servicios “eficientes”. Pero la biografía de un recién nacido pobre no se parece a ese catálogo estatal de opciones. La madre que camina kilómetros porque su centro de salud se quedó sin personal, la ambulancia que no llega porque ya no está o porque no tiene combustible, la ecografía que se pospone, la cama de neonatología que no existe en el hospital de referencia. Ése es el verdadero “mercado” que se encuentran quienes dependen del sistema público.  

La mortalidad infantil es desigual, al concentrarse en las provincias más pobres, en los barrios donde el agua potable sigue siendo un lujo y la vivienda una precariedad permanente. Cuando el Estado se desentiende de coordinar, financiar y sostener una red mínima de garantías, lo que se consolida no es un país más eficiente, sino un mapa de supervivencia por código postal. El ajuste sanitario es, en la práctica, un nuevo mecanismo de selección social: sobreviven más los que pueden pagar un sanatorio, una cesárea programada, un neonatólogo privado; se mueren antes los que dependen de una guardia saturada y de un hospital público en fase de desguace.  

A menudo se presenta la mortalidad infantil como un dato frío en un cuadro estadístico: 8, 8,5 por mil, una décima arriba o abajo. Pero detrás de cada decimal hay decenas de historias familiares truncadas y un mensaje político claro: este país ha decidido, de hecho, cuánta vida infantil está dispuesto a sacrificar para cuadrar sus cuentas. Cuando después de veinte años de descenso la curva se da vuelta justo en el momento en que se recortan presupuestos, se cierran programas y se precariza al personal sanitario, ya no estamos ante una coincidencia trágica, sino ante una coincidencia incómoda.  

Lo que no aparece en los titulares de la prensa (el consultorio que cierra, la enfermera despedida, el área de vacunas no dotada) reaparece condensado en los indicadores sanitarios que pasan a ser una forma de denuncia. Cada aumento en la mortalidad infantil es una acusación contra quienes reducen el Estado a algo que les estorba y que consideran la política social como un privilegio injustificado. Así, lo que llaman “desregulación”, “orden fiscal” o “libertad de mercado” se traduce, en la incubadora que falta, en menos respiradores y en menos manos para sostener la vida que acaba de  empezar.  

Toda reforma económica tiene consecuencias, pero hay fronteras que una sociedad mínimamente decente no debería cruzar: que los bebés vuelvan a morir más que antes. El Estado puede discutir cómo se organiza, como gestiona, qué grado de descentralización y de participación privada permite. Lo que no puede hacer, es retirarse justo de donde su ausencia se mide en nacimientos, en semanas de gestación, en saturación de oxígeno.  Milei está eludiendo esa responsabilidad histórica.

La mortalidad infantil que crece no es un “daño colateral” del ajuste, es su rostro más brutal. En Argentina se ha cruzado una línea. La pregunta, ahora, es cuánto tardará la sociedad en entender que la discusión no va de números rojos o verdes en el presupuesto, sino de algo tan elemental como cuántos de sus hijos tendrán derecho a poder crecer.

Al final, lo que está pasando en Argentina no es un exotismo latinoamericano, sino un espejo incómodo para los partidarios de las políticas de Milei. Igual esto debería leerse desde España en una sola frase: cuando aceptas sin ruido que se recorten, troceen y privaticen tus servicios públicos, no estás discutiendo de gestión o de ideologías, estás decidiendo, quién llegará vivo a su primer año y quién no. Por muchas medallas que le otorguen a Milei esto cuestiona su ideologia.


Cristales sin barrer.

Dejé los cristales de las ventanas sin limpiar, como si en cada mota de polvo sobre ellos se hubiera quedado prendida la vida que tuvimos. Limpié tu carmín del espejo del baño. Pero no pude borrar de mi cara el reflejo de tu recuerdo. Guardé en un cajón las llaves que dejaste sobre la mesa al marcharte. Sabía que no volverías, pero también que no podría olvidarte, que iba a recordar siempre que hubo un tiempo en que estabas en mi casa, en mi cuerpo y en mi alma miedosa a perderte. Quizás por eso, puse tus fotografías en otro cajón del mueble del salón, que se así se convirtió en un pequeño cementerio personal y privado. 

Empecé a sentir que no podía respirar el aire de aquella casa.  Salí a la calle sin saber si iba o venía, pero tenía que caminar, no sé si era huir. Acabé parado en cualquier bar de la noche bailando con mis fantasmas, hasta creo que los invité a tomar algo, para pedirles  que me explicaran, porque siempre me tocaba perder, pero no recibí explicaciones. Estaba convencido de que la vida nunca me repartió cartas buenas. Por ti me había agarrado a todos los clavos ardiendo que fueron apareciendo en nuestros días juntos. Me convencí de haber cumplido promesas que no nunca hice. De inventar señales de amor en el cielo raso de la habitación. Y si algo salía mal siempre eran  casualidades o torpezas del azar. 

Recordaba los días en que quise desaparecer de la faz de la tierra,  olvidarme de tu nombre, silenciar hasta el ruido de fondo de nuestras conversaciones, ahogarme arrastrado por una de mis mareas. Otras, soñaba con descalzarme para quedar contigo en tu sueño sin despertarte, en ese lugar donde nunca discutíamos por nada y siempre había  tiempo para el abrazo. A veces, corría detrás de una mentira que sonara a verdad, cómo la excusa para dormir. Si no, era una frase casi insignificante, que buscaba retrasar su marcha, por miedo a tener que seguir esperándote o seguirte por todas las esquinas.

Ahora que no estás, he buscado señales de vida en todas partes, lo mismo en los destellos de los semáforos de madrugada, que en aquella camarera que sujetaba la copa cómo tú, y hasta en el gato vagabundo que se paraba en mi puerta porque sabía que en esa casa faltaba algo. Sin saber por qué, me aferré a la música, a canciones que sonaban y me hacían pensar en ti, a sonidos que me hacían huir de la tormenta que me arrasaba por dentro. Hubo momentos de querer perderme para no sentir tanto frío. A veces pensaba que solo quedaría contigo a cenar en otra vida.

Pasaron los días y hoy, de repente, entendí porque llegué a quererte tanto, como si por fin pudiera ver nuestra película entera, sin anuncios ni cortes, sin escenas ridículas, con momentos en silencio y hasta con su final. Ya estoy en otro plano, caminando por la misma ciudad, pero con otra sensación en la piel, como si alguien hubiera cambiado las farolas y la nueva luz hiciera que de pronto tu ausencia encajara. El sol ya no me quema, pero tampoco me deja helarme, y bajo ese sol comprendí mi error, haberte vendido mi alma sin condiciones.

Fue bueno conocerte, aunque a ratos hoy duela. Hoy sé que de lo que hubo entre nosotros he aprendido una lección extraña de las que no me habría encontrado en ningún libro. Ahora me había mereció la pena perder la cabeza, sufrir un poquito y otro poco más, para aprender a sentirme vivo, incluso cuando a ratos mi vida era una habitación en penumbra. Hoy puedo decirlo sin temblar: mereció la pena, aunque el precio haya sido ir recogiendo, uno a uno, los cristales que se rompieron entre nosotros y que los dos dejamos sin barrer, porque aprendí a caminar descalzo sobre ellos sin cortarme.


“Guerra en Irán: la derecha española a su servicio y contra nuestra soberanía”

Hace frio esta mañana en Albacete. Cielo gris y algo de viento. Leo los digitales. Se empeñan en hablar del asunto transmitiendo que la guer...