martes, 5 de mayo de 2020

Diario del coronavirus 101

Buenos días.
No es igual vivir este tiempo de pandemia en el pueblo que en la ciudad. Algunos ya dicen, que darían dinero por haber pasado el confinamiento en el pueblo, pero no será raro que pronto olviden esa idea. Pero es cierto, que el coronavirus ha hecho que muchos se replanteen el valor de los pueblos. Los ven hoy como el lugar ideal para vivir en ellos situaciones de temor como está que estamos pasando, por la sensación de menor riesgo. Pero ¿es eso verdad?
La soledad, el aislamiento, eternas características de lo rural, transmiten una sensación de protegernos del contagio en la pandemia. Parece más difícil que el bicho llegué al pueblo, porque aquí todo llega mucho más tarde, y a veces muchas cosas, ni llegan. Ya ocurrió que muchos pueblos fueron refugio en épocas de la guerra civil, donde el temor a la muerte hizo que muchos volvieran a los suyos de origen para huir de las atrocidades. Pero lo terrible inundó todo, y también llegó a los pueblos.
Para quienes desde su nacimiento han vivido en un pueblo pequeño, siempre ha existido en ellos un sentimiento de abandono, que no solo es un sentimiento, sino que se ha palpado en material. Una tienda, un bar, un colegio cerrado porque casi no hay niños, un iglesia que sólo existe algún día del mes, una furgoneta que reparte pan, un tendero ambulante, un mercadillo. Poco más. Muchos huyeron, gente que se fugó del pueblo a buscar su mañana en cuanto pudo, están debajo de esa realidad. Y los que se quedaron, se han visto envejeciendo los unos a los otros. La muerte aquí no es diferente, y cuando alguien muere, el vecino piensa y se pregunta, si el siguiente no será él.
La población de nuestros pueblos está envejecida en la inmensa mayoría de ellos. Hay poca inversión pública desde la crisis del 2008 en la asistencia primaria, y en muchos lugares sólo se ve una obra provincial al año, o una ayuda a los desempleados. Y eso no siempre es posible. Mientras tengamos médico, tendremos pueblo, piensan muchos. Pero tampoco eso ya es posible en todos. Pero no solo hay consultorio, también en muchos pueblos se construyeron centros de mayores, pero son las mejores inversiones que llegaron ahora que son muchos los mayores. Esos centros funcionan con cuidadores que le dan todo a los residentes, pero se hicieron con pocas medidas de aislamiento de unos residentes con otros, y eso en la pandemia, donde les llevó fue su talón de Alquiles. Un médico solo algunos días. No puede pagarse a diario, o no hay médico que pueda ir a diario. Hace tiempo que el derecho a la atención sanitaria se tiene y es universal, pero varía según el lugar. Y en los centros de mayores rurales, es más variado, por lo general, más aún.
Este tiempo de confinamiento, ha hecho homogéneo el medio rural de pueblos más grandes y otros pequeños. En todos ellos, el prohibido salir del pueblo, ha convertido a los pueblos grandes en pequeños, y a los pequeños en grandes, pero a ninguno en ciudad. Solo se ha salido del término por enfermedad o por trabajo. Con su población muy mayor, algunos ayuntamientos han organizado el reparto de alimentos o medicinas entre sus vecinos, para evitar que los mayores salgan. Luego llegaron las mascarillas, y como si el virus ya no entrara por la boca, parece que ya el pez no podría morir, y todo se relajó un poco.
Empezó a palparse una sensación falsa, una falsa seguridad. Porque si se comparan las cifras de muerte en las grandes ciudades, con las de los pueblos, en porcentaje la pandemia ha sido más asesina en los pueblos. Esta claro que se llevo más gente en los centros de mayores en las ciudades, convertidos en depósitos de candidatos al deceso. Pero también es cierto que muchos de esos fallecidos eran procedentes de nuestros pueblos, obligados a optar, entre acudir a esos centros en la ciudad, o permanecer en el pueblo, con una ayuda a domicilio, y siempre en riesgo de morir solos o poco atendidos.
Pero pese a ese mayor porcentaje de muerte, aquí en los pueblos, el virus no cambio tanto las cosas. Porque por un pueblo siempre pasan el olvido y la muerte y el olvido es también un virus sin corona. Nuestra muerte solo importa a los más cercanos, y el olvido regresa pronto y siempre.
En los pueblos, nadie quiere que el otro sepa que está enfermo por el virus. He preguntado ¿por qué? La respuesta es, que no quieren sentirse señalados. Algunos enferman, pero callan, y cuando un familiar avisa al médico, a veces ya es tarde para hacer algo. Hay quien tan sólo se deja ir.
Pero también existe una ventaja en el pueblo, que si tu estás mal, siempre hay alguien que te tiende la mano. Aquí también existe la solidaridad. Y es quizás por eso, que la pandemia ha convertido, de la noche a la mañana, a los pequeños pueblos, en lugares o zonas de especial protección y a preservar. Indudablemente, la llegada masiva de contagiados causaría estragos en ellos. Si el virus llega a un pueblo, si vives en el, casi no te lo quieres creer. Al saberlo te sientes mucho más vulnerable que en la ciudad. Y además, el daño que sabes que va a causar, siempre será mayor, pero menos visible aquí. No por nada especial, sino porque todo lo rural, es menos visible para el resto del mundo.
Buen martes.

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