sábado, 29 de julio de 2017

¿Podrá Sánchez romper en provincias el clientelismo de años ?

El socialista Pérez Galdós denunció el caciquismo como forma de perpetuar el fascismo, la mala praxis y las jerarquías en la sociedad. Quizás por eso, a lo largo de la historia ha sido  difícil que desaparezca la sombra de la duda sobre la imparcialidad de los aparatos de los partidos en los procesos internos. En el intento por conseguirlo, están las modificaciones estatutarias que casi todos los partidos han incorporado, y que ahora en el 39 Congreso, el PSOE ha incorporado en sus estatutos, con una cláusula que impide a los candidatos ocupar puestos de responsabilidad en el partido, desde el momento en que son aspirantes a algún cargo a través de primarias. En aras de alcanzar la mayor transparencia y limpieza en esos procesos, la cláusula obliga a cualquier miembro de una ejecutiva a abandonar temporalmente el cargo orgánico que ostente, incluso al Secretario general o al de organización.

Pero, aún con esa nueva norma ya en vigor, y conociendo lo que son los aparatos (locales, provinciales y regionales) donde las mismas personas están instaladas desde hace años, la pregunta que me surge es ¿Podrá Sanchez garantizar la limpieza y transparencia en todos los procesos provinciales y locales que van a celebrarse? No es raro hacerla, y menos tras los resultados de Valencia y Extremadura, donde los aparatos regionales anteriores han utilizado todos sus resortes para no ser desplazados. O lo previsto que acontezca en Andalucía, donde ni siquiera  habrá una candidatura frente a Diaz. No estoy seguro de que  Sánchez lo consiga, y de lograrlo, no le resultará fácil.

No se descubre nada nuevo al afirmar, que los muchos años de ejercicio en cargos de responsabilidad de algunos,  les han permitido crear muchas tramas clientelares en los alrededores del poder. Si existen en algunas localidades alrededor de alcaldes con varios mandatos sucesivos, mucho más acentuado es la presencia de ese clientelismo, alrededor de los llamados barones. Su figura ha venido a rellenar el vacío social dejado por la figura ( clásica en nuestra historia reciente) del cacique local, tan  tradicional a finales del siglo XIX y principios del XX. La figura del personaje notable por el que pasaba cualquier decisión que pudiese afectar a la comunidad en la que ejercía su influencia, fue un clásico en esta España nuestra, sobre todo en Andalucía, Galicia y en Castilla.

La existencia de estos personajes estaba ligada a la corrupción electoral, bien por usar su capacidad de influencia para un objetivo político, o por saber emplear su poder económico. Históricamente fueron individuos que actuaban como verdaderos dueños de la sociedad. A ellos se vinculaba la adulteración del voto, la manipulación de los electores y la realización de trampas en el proceso electoral. Si ellos pactaban la victoria de un partido, todo valía, inclusive falsear los resultados, para que ese partido consiguiera una amplia mayoría parlamentaria. Su existencia está muy documentada en el medio rural, donde era común que los ricos propietarios la ejerciesen sobre los jornaleros que empleaban, pero también la ejercían  abogados, médicos o funcionarios, pero también está documentada su presencia en las ciudades. Utilizaban su influencia, para orientar el voto, y luego agradecían esa obediencia con favores.

Estos personajes tampoco le hacían ascos a falsificar censos, comprar votos, manipular actas electorales, amenazas veladas a los lectores, etc. Por eso me pregunto ¿Existe el riesgo de que en el siglo XXI siga vigente ese clientelismo? En el sentido clásico no, pero si sigue existiendo un clientelismo político en democracia, mucho más visible en los procesos internos de los partidos, la materialización del “yo te doy para que tú me des”. Y con quien más fácil resulta ejercer esa influencia es con los representantes locales, responsables e pequeños municipios donde toda ayuda es poca, y donde impera el dicho de “quien a buen árbol se arrima, buena sombra le cobija”. Quienes ejercen el poder de decisión en instituciones de ámbito supramunicipal, saben que una subvención o una ayuda extraordinaria, pueden remover conciencias y convertir al más feroz rival, en un fiel colaborador. El beneficiado no es individual sino colectivo,
pero el mecanismo utilizado es idéntico al clásico, e invita a pensar que aún funciona esa especie de patronazgo político. Incluso en muchas ocasiones, existe afecto personal entre las partes o afinidad de  concepciones religiosas, en lugar de un modelo de sometimiento.

Unamuno opinaba que el caciquismo era la consecuencia de la falta de cultura y de la falta de amor al trabajo. Hoy existen unas estrategias concretas de poder, capaces de impedir los cambios en el ámbito local, provincial e incluso regional, por esa ausencia de cultura política, y que suelen estar impulsadas por gente que prefiere dedicarse a la intriga en lugar de al trabajo. Todo depende del volumen de recursos disponibles que puedan distribuirse, porque este nuevo clientelismo político aprovecha siempre la desigualdad de poder existente, que en muchos casos no es intelectual, sino la consecuencia de las estrategias existentes para acceder a los recursos. El objetivo del superior, es mantener el control político sin necesidad de un esfuerzo organizativo, aprovechando la falta de conciencia en el perceptor, de que lo que le otorgan no es suyo, sino público.

No será fácil desplazar a quienes llevan años en las poltronas, pero el objetivo ha de ser  lograr un cambio en el modelo de partido, no de conseguir que un nuevo aparato partidista suplante al anterior, pero manteniendo sus mismos vicios y servidumbres. Si antaño eran los notables quienes ejercían el control político por su posición social, ahora han sido sustituidos por políticos profesionales, que actúan como delegados del partido que los ha nombrado, pero que no sirven al interés general del partido, sino a la facción de ese partido que les mantiene en sus cargos. Aprovechan esa escasa cultura política de muchos munícipes tan particular, concretada en la frase tan oída “mi pueblo es lo primero". Muchos no lo saben, pero el deseo del dirigente local por favorecer a su pueblo a cualquier precio, le convierte en cliente del cargo de mayor nivel. Es legitima su posición como dirigente local, así podrá arreglar calles o construir polideportivos, aunque no conseguirá cambiar la mentalidad de sus gobernados.


Por esa cultura de siglos es por lo que afirmo que no lo tendrá fácil Sánchez para cambiar los aparatos provinciales. Ya se sabe que quienes se muestran como los más incondicionales, suelen ser los primeros en cambiar de bando cuando llegan los momentos difíciles, sobre todo en provincias con mucho peso de la ruralidad. El mundo rural tiene muchas necesidades y cubrirlas, para muchos bien vale cambiar al árbol que más calienta. Ser pobre le convierte en moneda de cambio

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