jueves, 21 de febrero de 2013

El escaso valor que da el gobierno a quienes viven en los pueblos


Esta mañana, como cada miércoles alterno, he pasado la consulta en una pequeña aldea dependiente del centro de salud donde ejerzo la medicina de familia. En los últimos años nunca son más de diez los pacientes que atiendo en esa consulta, porque en la aldea ya solo viven entre diez y catorce personas, dependiendo esa oscilación de si sus hijos han decidido o no, que el invierno en Albacete es menos crudo para ellos. Es una población muy envejecida, que como dice uno de ellos sonriendo, acostumbra a morirse tarde.

Cuando iba a escribir sobre el debate del estado de la nación, he pensado que erra mejor hacerlo sobre algo más importante: la gente de ese estado o nación. En esa aldea hace treinta y tres años, yo he llegado a ver más de cincuenta personas habitándola de manera permanente, y no he podido evitar una reflexión sobre cómo ha ido perdiendo población de forma progresiva y acelerada. Es el fenómeno del despoblamiento rural, al que le podemos señalar dos clases de causas, una directa y otra indirecta.

La primera es la salida de población hacia las ciudades. Al gran movimiento migratorio de los años cincuenta y sesenta, donde muchos ciudadanos se vieron obligados a emigrar en busca de empleo, se ha ido añadiendo una pérdida progresiva de habitantes, en gran medida propiciada por la búsqueda de una mejor calidad de vida en otras zonas, fundamentalmente ante la escasez de empleo y la falta de servicios públicos en el medio rural. La mejora de estas condiciones en las últimas décadas y la falta de empleo en las ciudades, ha amortiguado esta salida, pero sin llegar a detenerla.
La causa indirecta, y seguramente la más importante, es la salida de la juventud rural, generalmente para su formación, pero sin retorno a las poblaciones de origen una vez completados los ciclos formativos. Esto no solo ha traído consigo el envejecimiento de la población que ha permanecido en las zonas rurales, sino también una nula reposición, que afecta a dos generaciones de ciudadanos, hoy residentes en las ciudades.

Lo rural siempre se identificó exclusivamente con lo agropecuario, aunque una segunda función, no reconocida, siempre fue la de aportar mano de obra barata y carente de especialización a otros sectores de la economía, fundamentalmente a la construcción y a la industria.
Ahora a comienzos del siglo XXI, los recortes también llegan a estos lugares, y vemos como desaparecen las escuelas rurales en nuestra región, y se cierran los puntos de atención permanente de urgencias médicas. Es la puntilla que nunca se pensó que alguien osara dar al medio rural. Estos recortes justificados por la crisis, vuelven a convertir a los ciudadanos de los pueblos en ciudadanos de segunda, y a los de pequeñas aldeas como la citada en ciudadanos de categoría regional, ni tan siquiera preferente.

Hoy la imagen de diez personas muy mayores esperando a que les tomen la tensión, o les ausculten por una tos invernal, me ha hecho pensar que los habitantes rurales solo valen cada cuatro años, ni más ni menos, que el voto que periódicamente hace que en un despacho se acuerden de su existencia.

2 comentarios:

  1. Si te prerocupa que alos habitantes rurales sólo nos tengan en cuenta cada cuatro años, ni te cuento la desesperación que te embargará cuando se apruebe la nueva ley de Bases de Régimen Local...

    Un abrazo desde los Pirineos.

    Carmina

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  2. He publicado un power de una intervención soibre la ley que citas. Un saludo

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