lunes, 25 de febrero de 2013

Las grandes corporaciones económicas, son las dueñas del poder


Si algo ha demostrado la actual crisis, es que los seres humanos estamos en manos de cuatro desalmados dueños de las grandes corporaciones financieras. Así lo demuestran hechos como que un banco ponga en el mercado hipotecas basura, y pueda poner en crisis a todo el sistema bancario; o que una agencia de calificación decida, por su propio interés, disminuir el valor de la deuda de un país, lo que trasforma sus bonos país en basura; o que una señora decida en Alemania que a mí me bajen el sueldo, cuando ni me conoce,  y con esa decisión convierte mi trabajo en basura.
El poder de los estados es cada vez menor, y eso nos deja a los ciudadanos en manos de esas grandes corporaciones mundiales que hacen y deshacen a su antojo. Cuando uno se pregunta si es posible crear sistemas o mecanismos que escapen a su control, la respuesta siempre es negativa, porque es imposible regular a quienes son los que designan a quienes deben actuar de reguladores. Una agencia de calificación dice que el bono país de España, se acerca al bono basura, pero no nos dicen que esas agencias están pagadas precisamente por quienes ponen en riesgo a nuestro estado.

Otro ejemplo lo expuso en una reciente charla en Albacete el economista  Arcadi Oliveres. Comentaba como los responsables de la mayoría de bancos centrales y del BCE provenían de la misma empresa, Goldman Sachs, una de las que necesitaría ser regulada, y que gozan de la tranquilidad que da el hecho de que si no lo hacen bien, no deban preocuparse porque esa misma empresa volverá a ofrecerles empleo en otra de sus filiales. De esto saben bastante Papademos, Draghi, Monti o Rato.
Que las transacciones financieras no paguen impuestos, que no exista una regulación férrea del sistema bancario, que se permita a los bancos hacer cualquier operación, o que siga aumentando el poder de los lobbies financieros, demuestran a todas luces la necesidad de rescatar la dimensión pública del estado, como única defensa de los individuos frente al sistema. Pero para que ese papel del estado sea eficaz, los políticos que gobiernen ese estado deben ser elegidos por personas de verdad y no por personas jurídicas como está ocurriendo, aunque creamos ser nosotros quienes los elegimos.

Una  ley de financiación de los partidos políticos que responda a esta realidad en nombre de los ciudadanos, es el único instrumento capaz de regular imponiendo la financiación exclusivamente pública de las campañas electorales y prohibiendo las donaciones privadas para ese fin, y que nos garantice que quienes elegimos representan realmente nuestros intereses y no los de quienes les financian. Si se continúa con el sistema actual, solo va a persistir la corrupción y la defensa de intereses en ocasiones inconfesables,  por parte de algunos partidos políticos.
De esta realidad, no podemos sustraer el papel que desempeñan las empresas de medios de comunicación, convertidas en una maquina de manipular informaciones, e instaurar hábitos de  consumo y estilos de vida, que nos llevan a tener las necesidades que sus clientes y dueños quieren, y no las que la lógica debería dictarnos.

Permanecer impasibles ante el fenómeno del hambre en el mundo, la falta de acceso a la educación o a la atención sanitaria de millones de seres humanos, mientras nos convierten a los moradores de los llamados países ricos en consumidores de todo lo promocionable, debería estar prohibido, sino queremos sentirnos parte de una humanidad que en su conjunto nada entre la abundancia de alimentos y la miseria ética.
En cualquier caso, cada uno de nosotros deberíamos empezar a tomar conciencia de hacia dónde caminamos, y a sentir vergüenza de ver como de la basura que arrojamos a contenedores millones de seres humanos privilegiados, es donde otros muchos millones de seres humanos encuentran su sustento de cada día.

No sé si al levantarnos mañana, lo haremos con el convencimiento de ser privilegiados, pero si no es así, al menos estaremos todos de acuerdo en que a tanta desigualdad, no hay derecho.

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