domingo, 24 de febrero de 2013

Más impuestos, pero bien redistribuidos


En un impuesto intervienen dos sujetos: el que cobra, y al que se destina lo recaudado. La redistribución de lo recaudado forma parte del corazón de cualquier sistema que se precie de democrático. Cuando desde el gobierno nos repiten hasta la saciedad que su gran objetivo es bajar los impuestos, en realidad nos están diciendo que lo que quieren es que la distancia entre ricos y pobres se acreciente. Por que cuando se analiza la estructura presupuestaria del Estado español, nos damos cuenta de la injusta que puede llegar a ser, de ahí que seamos muchos quienes creemos que necesita ser revisada con urgencia.
El objetivo de una política fiscal progresista no puede girar sobre plantearse  bajar los impuestos, sino en que estos sean socialmente más justos y en que se destinen a donde más se necesiten según criterios sociales, y yo añadiría que tal y como avanza el deterioro de nuestro planeta, también destinarlos aplicando criterios ambientales.

No parece serio que cuando el sistema financiero atraviesa dificultades pueda recurrir al estado (que es como decir que recurre a todos los ciudadanos), y que cuando ese mismo sistema se enriquece mediante la especulación, no esté dispuesto a sufragar las necesidades de ese estado mediante el pago de unas tasas por sus transacciones, lo que permitiría generar financiación para las políticas de reequilibrio social.
Tampoco parece descabellado plantearse la imposición de impuestos específicos a las grandes fortunas como fuente de recursos públicos. Una estadista que he buscado en la red, dice que el diez por ciento de las familias del planeta acumula el noventa por ciento de la riqueza del globo terráqueo. Si se profundiza el análisis, estamos hablando de familias que  dejan su fortuna de unas a otras generaciones de su familia desde tiempos algunos inmemoriales. No debería ser por tanto fruto de un afán recaudatorio desmedido plantearse un impuesto sobre la herencia, sino más bien un planteamiento de redistribución social.

En nuestro país, donde nos dicen que paga más quien más tiene, esto es verdad solo a priori, porque llegados a un nivel de renta, paradójicamente  el que más tiene paga menos cada vez. Parece lógico entonces plantearse la necesidad de un sistema tributario que corrija este aspecto del actual, y que a la vez premie el rendimiento de las actividades productivas y penalice aquellos beneficios que provengan de la especulación. Por lo tanto sería un sistema progresivo buscando el equilibrio social.
Ligadas a las grandes fortunas, también se encuentran las grandes industrias que curiosamente se benefician de la ingeniería financiera que el sistema permite para sus propietarios. Puede y debe plantearse la imposición ligada a la protección ambiental puesto que son esas industrias las mayores consumidoras de recursos naturales, sin olvidar que a la vez son las grandes emisoras de gases tóxicos y de efecto invernadero que causan el alarmante cambio climático que sufre nuestro planeta y que nos acerca a la destrucción del mismo. 

Un cambio en la forma de estructurar los ingresos del presupuesto del estado, debe permitir plantear que ejerza un más eficaz y eficiente papel como redistribuidor de riqueza, fundamentalmente destinando mayores recursos a las políticas que constituyen nuestro estado del bienestar: salud, educación, y servicios sociales. Pero no solo incidiría este cambio en esas políticas sino que produciría un incremento de los recursos públicos que bien redistribuidos permitirían a su vez mejorar el consumo, y con ello reactivar la maltrecha economía.
Nuestro gobierno solo se plantea disminuir el gasto mediante recorte tras recorte, y con ello nos encamina hacia la recepción y la inestabilidad social. Si nos acogemos a los manuales de desarrollo endógeno, territorial, local o con el apellido que queramos ponerle, que utilizan los alumnos de economía, vemos que cualquier modelo de desarrollo debe sostenerse en los tres pilares llamados esenciales: el económico, el social y el ambiental.

Las experiencias de muchos países, nos dan miles de ejemplos que indican que los recursos que se destinan a la base del sistema, es decir a los trabajadores, son inmensamente más productivos que los destinados a su cúpula económica, fundamentalmente porque permiten mejorar la calidad de vida del conjunto, y con ello aumentar el consumo y la dinamización de las actividades económicas.
Ahora que la corrupción está en el centro del debate político, conviene recordar, que en su origen se encuentra el hecho de que unos pocos se llegan a apropiar de los mecanismos que deciden la distribución de los recursos públicos, lo que permite a los corruptos financiar la campañas que les garantizan a su vez poder mantenerse al frente de los órganos que establecen esos mecanismos de distribución. Dicho en román paladino, estamos poniendo al zorro a guardar el gallinero.

De este círculo vicioso y viciado, solo se puedo salir de una forma, y es democratizando no solo todos los centros de decisión, sino también los órganos de control de esos centros de decisión. Si no lo hacemos de una vez por todas,  hoy será el Bar cenas, y mañana será el Bar desayunos, o el Bar almuerzos, pero el pagano seguirá siendo el mismo: todos y cada uno de nosotros y nosotras.

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