miércoles, 14 de enero de 2026

LAS MEDIDAS PARA FACILITAR EL DERECHO A UNA VIVIENDA


En este país hemos llegado al punto en que alquilar un piso es más difícil que conseguir una entrada para una final de futbol Barcelona -Real Madrid o una butaca en el Liceo una noche de estreno: hace falta dinero, contactos y nunca está de más, una cierta resistencia al ridículo.  La diferencia es que, mientras en un partido o en el Liceo uno elige donde sentarse, en el mercado de la vivienda muchos se sientan porque no les queda más remedio que inclinarse. Veamos el panorama completo.

El arte de premiar al casero

El Gobierno, siempre atento a las penurias del prójimo, ha descubierto que la mejor manera de frenar los alquileres desbocados es premiar a quienes se benefician de ellos.  La idea, descrita con tono grave y adjetivos rotundos “medidas urgentes y contundentes ante la emergencia habitacional”, consiste en regalar una elevada bonificación en el IRPF a los propietarios que, en un arranque de generosidad fiscalmente incentivada, renueven el contrato sin subir el alquiler.

Perdonen la expresión, pero es un truco digno de trilero: el casero mantiene una renta ya hinchada por años de subidas, se ahorra hasta 1.500 euros de impuestos, y el inquilino recibe la condecoración simbólica de no ser desahuciado por el mercado… todavía.  El Estado, por su parte, se proclama árbitro neutral de la contienda, como si no fuera él quien sostiene el silbato y reparte las tarjetas, mientras insiste en que “ganan todos”, una frase que en política suele significar que alguien ha hecho números y no quiere enseñarlos.

El aderezo técnico del decreto (limitar los contratos de temporada “fraudulentos”, poner coto al alquiler por habitaciones y desplegar la Ley de Vivienda en zonas tensionadas) suena a cirugía fina con bisturí de reglamento.  Pero la operación se hace sin anestesia sobre el mismo cuerpo social de siempre: las familias que pagan alquileres que devoran la mitad de su salario y a las que se invita a aplaudir porque la hemorragia, por el momento, no irá a más.

Los rentistas y el derecho a la vivienda

Frente a este alarde de imaginación tributaria, Sumar ha cometido la descortesía de decir lo obvio: que esto es un “regalo de dinero público a los rentistas” y un “premio a los caseros”.  No es una metáfora incendiaria, sino una descripción fría de la realidad: en promedio, los propietarios tienen una renta un 80% superior a la de los inquilinos, de modo que el Gobierno ha decidido lanzar un salvavidas a quienes ya saben nadar y dejar a los demás haciendo el perrito en la piscina del mercado.

La posición de Sumar parte de una idea extravagante para los usos políticos contemporáneos: que la vivienda es un derecho constitucional y no un producto financiero con vistas al mar.  En consecuencia, propone algo tan poco épico como prorrogar tres años los contratos que vencen en 2026, con congelación de precios, prohibir la compra “especulativa” de vivienda y gravar a quienes coleccionan pisos como otros coleccionan sellos, pero con más rentabilidad y menos romanticismo.

El crimen de Sumar no es el radicalismo, sino la mala educación de preguntar quién paga la fiesta.  Porque las bonificaciones fiscales no caen del cielo: salen de una caja común que se nutre, entre otros, de los mismos inquilinos a los que luego se les explica que no se puede “intervenir demasiado” el mercado, no vaya a ser que el mercado se enfade y suba aún más los precios.

Podemos, el apocalipsis y la literalidad

En otra esquina del cuadrilátero, Podemos mira el panorama y lo define como “apocalíptico” o “absolutamente límite”, lo cual, visto el precio medio del metro cuadrado en ciertas ciudades, puede sonar incluso moderado.  Su receta consiste en bajar por ley los alquileres, prohibir la compra de vivienda que no sea para vivir en ella y blindar el ladrillo como bien de uso, no de inversión.

Su problema no es tanto de diagnóstico como de digestión: dice en voz alta lo que muchos piensan, pero lo hace en un tono que hace que la clase política, aficionada a la dramatización sólo cuando no compromete a nadie, se sienta violentamente interpelada.  Mientras tanto, el casero medio asiste tranquilo al debate: ni las bonificaciones del Gobierno ni las propuestas más duras han llegado aún a la puerta del bloque donde cobra puntualmente cada mes.

El PP y el ladrillo patriótico

El PP, por su parte, ha optado por la vieja solución nacional: construir.  Su propuesta es vincular la financiación autonómica a la producción de vivienda, prometer un “Plan Integral” para cubrir un déficit de alrededor de un millón de viviendas, movilizar suelo público, acelerar licencias y, por el camino, aprobar una ley antiocupación y una “hucha hogar joven” que suena a cuento infantil con aval bancario.

El mensaje es claro: hay que “dar seguridad a los propietarios, no a quienes delinquen”, como si el principal delito en materia de vivienda fuese la okupación y no el alquiler a precios imposibles.  Y todo ello aderezado con la crítica habitual a las políticas del Gobierno, acusadas de “desincentivar la oferta”, una expresión que suele significar que se ha intentado, tímidamente, poner algún límite a la barra libre del mercado.

Por qué el camino de Sumar es el sensato

En medio de esta feria de promesas, Sumar aparece como el invitado aguafiestas que insiste en preguntar cuánto cuesta el confeti.  No propone abolir el mercado ni expropiar el barrio de Salamanca, sino algo más modesto y, precisamente por eso, subversivo: que el centro de la política de vivienda sean las familias que viven de alquiler, no las que viven del alquiler.

Prorrogar contratos y congelar precios en un momento en que los alquileres ya están en máximos es un gesto de contención mínima, no un asalto a la propiedad privada.  Gravar a quienes acumulan inmuebles no es una excentricidad bolchevique, sino una manera de reconocer que el problema no es el pequeño propietario que complementa la pensión, sino la conversión masiva de la vivienda en un producto financiero cuya lógica es la misma que la de cualquier fondo de inversión: comprar barato, aguantar el tiempo necesario y vender o alquilar caro.

Prohibir la compra “especulativa” de vivienda no implica enviar inspectores a registrar el contenido ideológico de los contratos de compraventa, sino asumir que un derecho básico no puede depender exclusivamente del apetito de rentabilidad de quienes ven el ladrillo como una acción bursátil con paredes.  Y reforzar la intervención pública directa, en lugar de fiarlo todo a incentivos fiscales, es admitir que el Estado no es un asesor financiero de los propietarios, sino (en teoría) el garante de derechos que el mercado ni conoce ni reconoce.

La historia de la vivienda española sería probablemente una novela: un casero con pretensiones, un ministro con flema, un fondo buitre con nombre de opereta y una comunidad de vecinos tratando de entender por qué el ascensor sube, pero ellos no.  El problema es que, fuera de la ficción, los personajes comen, pagan alquiler y envejecen.  Y ahí, por puro sentido común, conviene ponerse del lado de quienes quieren que la vivienda sea un hogar antes que un instrumento financiero: en este reparto, Sumar no hace el papel más vistoso, pero sí el más decente.

SOY UN TRUAN SOY UN SEÑOR


En una democracia digna, cuando dos trabajadoras denuncian abusos sexuales y tratos vejatorios por parte de un empleador poderoso, lo mínimo que cabe esperar de una presidenta autonómica y de un alcalde es prudencia, respeto y compromiso con la verdad, no un cierre de filas inmediato con el famoso de turno y un ataque a las víctimas. Las instituciones no están para proteger la reputación de los ídolos, sino la dignidad de las mujeres que se atreven a denunciar.

Que la señora Ayuso diga que ‘las mujeres violadas y atacadas están en Irán’ mientras desprecia las denuncias de dos trabajadoras en el Caribe, revela exactamente su modelo de feminismo: el que sirve para dar lecciones fuera y callar cuando las presuntas víctimas señalan a un poderoso cercano. Eso no es defensa de las mujeres, eso es propaganda. A lo que no puede contribuir Madrid es al desprecio de las mujeres, al descrédito de la justicia y al mensaje devastador a cualquier trabajadora que esté pensando si denunciar o no.

El señor Almeida habla de ‘hipocresía de la izquierda’ mientras se niega siquiera a debatir la retirada de honores municipales a un hombre sobre el que la Fiscalía ha abierto diligencias por presuntos delitos de trata y agresión sexual. Lo que es hipócrita es envolverse en la bandera del feminismo solo cuando sirve para atacar a otros, pero volverse ciego cuando se trata de un famoso influyente. Los privilegios de algunos valen más que el miedo de muchas.

Estas mujeres no tienen detrás grandes discográficas ni gobiernos autonómicos, solo su palabra, su miedo y una denuncia ante la Fiscalía. El mínimo decoro democrático exige escuchar, investigar a fondo y garantizar que no habrá represalias, ni mediáticas ni laborales, contra ellas. Cuando una presidenta y un alcalde se apresuran a poner la alfombra roja al denunciado y la diana sobre las denunciantes, no están garantizando la presunción de inocencia: están atacando la presunción de credibilidad de cualquier mujer que se atreva a decir ‘a mí también me pasó’.

El feminismo que defendemos no elige bando en función del caché del acusado ni del color político de las víctimas. Exigimos una cosa muy sencilla: que la Comunidad y el Ayuntamiento se sitúen del lado de los derechos humanos, no del lado de los aplausos en los conciertos, y que mientras haya investigaciones abiertas, los honores públicos a Julio Iglesias queden en suspenso.


MORENO BONILLA Y SU PLAN PARA HACER LA MAMOGRAFÍA, ECOGRAFÍA Y BIOPSIA "EN EL MISMO DÍA" EN CASO DE SOSPECHA DE CANCER.


La idea de concentrar mamografía, ecografía y biopsia en un solo acto para lesiones BI-RADS 4–5 es científicamente correcta en cuanto al enfoque (triple valoración rápida) y puede ser muy beneficiosa para las pacientes, pero su viabilidad y calidad dependen críticamente de recursos, organización y garantía de estándares técnicos; mal implementada, corre el riesgo de ser más un anuncio político que una mejora real de la atención.

El diagnóstico de cáncer de mama se basa clásicamente en el “triple test”: exploración clínica, mamografía/imagen y confirmación cito-histológica. Para los casos de posible de malignidad BI-RADS 4–5, las guías recomiendan imagen (mamografía y, según caso, ecografía/RM) y biopsia para confirmar, optimizando tiempos de diagnóstico y acceso precoz al tratamiento. La concentración de pruebas en un circuito rápido en un mismo día ya se aplica en unidades de mama de alto nivel (por ejemplo, circuitos de diagnóstico rápido como los de Vall d’Hebron), con impacto claro en reducción de ansiedad y demora diagnóstica.

El SAS ha ordenado extender este “acto único” a todas las unidades de mama, dando de plazo hasta finales de febrero para adaptar agendas, con excepciones previstas (anticoagulación, necesidad de biopsia estereotáxica, decisión de la paciente, etc.). Hasta aquí bien, pero esto exige: Radiología con capacidad de mamografía diagnóstica + ecografía de alta calidad y equipos para biopsias guiadas (incluida estereotáxica y, donde proceda, biopsia al vacío); Agenda de radiología y de anatomía patológica lo bastante flexible cómo para asumir un flujo constante de biopsias sin disparar los tiempos de informe histológico.  En centros que ya funcionaban con circuitos rápidos la medida es básicamente formalizar lo que existía, pero en hospitales comarcales y zonas infrafinanciadas puede suponer sobrecarga y colapso de agendas si no se acompaña de incremento real de plantilla y equipamiento. Por lo que conozco, no es este el caso de los hospitales comarcales y de las zonas de ruralidad de Andalucía.

Hay algo que, según la información transmitida, no está claro. No todas las lesiones BI-RADS 4–5 son biopsiables “al momento”: Lesiones que solo se ven en mamografía y requieren biopsia estereotáxica en sala específica o mesa prona, que suele centralizarse en determinados hospitales; Pacientes con tratamiento de anticoagulación o antiagregación que precisan ajuste y coordinación con AP o Hematología. Y otra cuestión es que este planteamiento de obligar a cumplir el acto único “sí o sí” puede generar desde biopsias apresuradas en condiciones subóptimas, mayor tasa de muestras no diagnósticas o errores preanalíticos; un efecto boomerang: reducción del tiempo hasta la biopsia pero aumento del tiempo total hasta el informe definitivo si Anatomía Patológica no está reforzada.  Y por último que la calidad del diagnóstico no se mide solo en días, sino en: correcta indicación de la biopsia adecuada, correlación radio-patológica y planificación quirúrgica/terapéutica correcta, especialmente en tumores pequeños, microcalcificaciones extensas o lesiones multifocales.

Pero planteémonos que estamos ante un genio de la prevención y admitamos que el sistema de Andalucía está bien diseñado, y en ese caso, el acto único puede:  reducir de forma notable la incertidumbre emocional y el número de desplazamientos, especialmente en zonas rurales o con malas comunicaciones; Puede acelerar la entrada en circuito terapéutico, lo que, incluso si no siempre cambia el pronóstico individual, mejora la experiencia de enfermedad y la coordinación multidisciplinar.

Pero si no es así y está mal diseñado, puede transformar: Una crisis de cribado (fallos de comunicación, retrasos, falta de trazabilidad) en una respuesta centrada casi exclusivamente en la “puesta en escena” del diagnóstico, sin abordar de raíz: sistemas de información, trazado de resultados, auditoría de BI-RADS y notificación a las pacientes. Todo apunta a que ante la proximidad electoral podemos estar en este escenario.

Intentando hacer una valoración global habría que señalar: desde el punto de vista científico, la medida de agrupar mamografía, ecografía y biopsia en una sola jornada para BI-RADS 4–5 encaja con el estándar actual de circuitos rápidos y multidisciplinares en cáncer de mama, y es razonable como objetivo asistencial; como estrategia de sistema, solo será verdaderamente útil si se acompaña de:

  1 Aumento de las plantillas de radiólogos, cirujanos de mama y patólogos suficientes y estables.  

   2 Acceso homogéneo a técnicas de biopsia avanzadas en toda la red del SAS (o circuitos claros de derivación).  

  3 Auditoría externa de tiempos y de calidad diagnóstica (subclasificación de BI-RADS, correlación radio-patológica, intervalos hasta tratamiento), especialmente tras una crisis grave de cribado como la vivida en Andalucía.

Que no os engañen a las mujeres andaluzas, sin estos elementos, el “acto único” corre el riesgo de funcionar como anestesia política tras el escándalo de los cribados, más que como una verdadera reforma estructural del diagnóstico del cáncer de mama. Y deberían haber garantizado los tres puntos anteriores antes de anunciar a bombo y platillo el “acto único”, porque sin esos tres aspectos previamente establecidos, esto es más de lo mismo: parole, parole, parole…

EL ASESINATO DE RENEE GOOD EN VIDEO

El asesinato de Renee Good a manos del ICE trumpista es el símbolo de una mutación grave del poder: ya no se limita a matar cuerpos, sino que aspira a controlar la realidad misma negando lo que las pruebas muestran de forma palmaria. Aunque existen vídeo, testigos y hasta un médico al que se impide atender a la víctima, el relato oficial insiste en que lo que se ve no es lo que pasó, degradando la imagen de prueba a simple decorado prescindible.

Durante años se habló de “posverdad” como si fuera una patología derivada de las redes sociales y el ruido digital, algo curable con más prensa seria y menos pantalla, pero el fenómeno actual es más profundo: el poder ha decidido explotar la verdad como un recurso político, moldeable según las necesidades del proyecto iliberal. Trump y sus imitadores, también en España, ya no discuten los hechos, los declaran; la mentira deja de ser una táctica electoral para convertirse en un instrumento de soberanía, porque el trumpismo no solo dicta leyes, sino que pretende dictar qué ha ocurrido incluso cuando todo está grabado y difundido. 

Ese salto solo es posible porque una parte de la ciudadanía prefiere la mentira que protege su identidad (nacional, tribal, ideológica) a la verdad que la pone en cuestión, y otorga más valor a banderas y pertenencias que a cualquier evidencia en alta definición. El resultado es una regresión a un mundo premoderno en el que la realidad se decide en despachos, tribunales y sacristías, y donde la única forma de resistencia cívica es defender los hechos mismos: sostener que lo que se ve, se ve, y que renunciar a ese suelo común de la evidencia abre la puerta a un autoritarismo que ya no necesita justificar su violencia, porque ha aprendido a administrar la realidad a su conveniencia.

Puede que, con el tiempo, el nombre de Renee Good acabe reducido a una nota a pie de página en un informe sobre abusos institucionales en la era Trump. Pero también puede convertirse en algo más útil: un recordatorio cruel de que la democracia no muere cuando pierden las elecciones los candidatos correctos, sino cuando dejamos de acordar qué ha pasado, y empezamos a debatir si el cadáver es una invención de la oposición.

No se equivoquen y dejen ya de discutir entre izquierda y derecha. Sobre lo que estamos debatiendo es entre quienes quieren seguir viviendo en un mundo real y quienes se conforman con habitar el decorado de este globalizado gran teatro del mundo trumpista.

“España se rompe… pero en las tertulias”


En estos días pasados nada se le ha oído contra el PP por estar cómo elefante en cacharrería en el asunto de Venezuela, ni sobre cómo Feijoo mintió en su relato de la DANA. Le volvemos a oír hoy. Porque esta mediodía Emiliano García-Page ha decidido subirse al púlpito y pedir elecciones generales como quien pide la carta de postres en el restaurante, alegando que el nuevo sistema de financiación autonómica es un “atropello” y “el mayor ataque a la igualdad” conocido desde que la democracia es democracia. 

En primer lugar, lo llamativo no es que eleve la voz, sino que lo haga precisamente cuando a Castilla-La Mancha le tocan 1.248 millones más, unos 594 euros por cabeza, que no es una bagatela ni siquiera en estos tiempos de hipérbole a que nos han acostumbrado los chicos y chicas de Génova 13. Según él, los independentistas deciden el reparto de la riqueza, pero se cuida mucho de explicar en qué artículo, párrafo o nota a pie de página del modelo se esconde semejante asalto.

En segundo, que no hay sintonía ni con el tono ni con la ocurrencia de exigir elecciones generales por una reforma que, paradójicamente, beneficia a la región que Page dice defender. Si de verdad la financiación “rompe la igualdad”, bastaría con que alguien, él o su coro, mostrara un dato comprensible, un número con pies y cabeza, más allá del eslogan grandilocuente que proclama el “mayor ataque” sin explicar por qué es mayor ni en qué consiste el ataque. El resultado final es un discurso que suena a pedagógico, pero se parece más a una clase sin temario, sin pizarra y sin alumnos dispuestos a tomar apuntes.

La queja de Page llega después de décadas en las que todos los gobiernos han pactado, con mayor o menor entusiasmo, con los nacionalistas para ceder poder autonómico y trocitos jugosos de recaudación del IRPF, del IVA y de lo que se terciara. Ahora, el presidente manchego se envuelve en una bandera de nacionalismo español de corte antiguo, con ribetes de nostalgia, quizá porque aquí intuye un caladero de votos (cómo si los votantes ideológicamente del PP o Vox fuesen a votarle por esto), aunque eso poco tenga que ver con modernizar el país o asegurar una financiación razonable por ciudadano en cada autonomía. A veces convendría recordar que una nación también avanza perdiendo votos a favor de ideas, y no al revés.

Se puede ser tan obstinadamente anticatalán como Junts, que parece trabajar más para su propio partido que para Cataluña, o tan declaradamente antiespañol como suena Page cuando antepone su reelección a cualquier debate sereno sobre financiación. Unos gritan “España nos roba” y otros, con el mismo entusiasmo vacío, responden con su “España se rompe”: dos consignas mellizas, tan huecas como dañinas, que convierten este país en ese decorado de pandereta donde todos sospechan de todos y la solidaridad y la acogida se quedan pudriéndose en el guardarropa. En ese espejo deformante, Page y el PP coinciden más de lo que les gustaría reconocer: separan más de lo que unen y se quieren tanto a sí mismos que se les acaba el campo de visión.

Afirmar sin aportar una sola cifra contrastada se ha convertido en un deporte nacional, con la ventaja de que no exige esfuerzo físico ni intelectual. Page se ha abonado a esa costumbre: lanza acusaciones, dramatiza escenarios, invoca la ruptura del país, pero no acompaña ni un cuadro, ni un informe, ni una triste nota técnica que respalde el teatro. Tal vez sería más útil que se sentara a trabajar en cómo aprovechar esos 1.248 millones adicionales para mejorar servicios públicos, en vez de perder el tiempo discutiendo lo que hacen los demás como si la política fuera una tertulia infinita en horario de máxima desinformación.

Ni Page ni el PP  plantean un modelo de financiación autonómica, toda su propuesta conocida son generalidades (“autosuficiencia”, “solidaridad”, “reparto justo”). Si lo tienen, deberían concretar sus parámetros de reparto. El gobierno debería pedir a todos y cada uno de los que rechazan su propuesta porque sienten que “se rompe la igualdad” (Bonilla, Ayuso, Azcón, Page, Guardiola, Pérez Llorca, López Miras…) que le planteen ellos una propuesta de reparto en la que todos estén de acuerdo y la firmasen. Pero eso sí, hasta entonces ni un euro más del modelo actual. Igual hasta se ponían las pilas.

LLAMENLO POR SU NOMBRE: ABANDONO


Un hombre de 54 años, sin techo, aparece muerto junto a la entrada de un aparcamiento en la calle Torras i Bages en plena ola de frío, tras días refugiándose allí del viento helado. Un vecino baja una taza de caldo caliente y se encuentra con un cuerpo ya sin vida, convertido sin querer en símbolo de hasta dónde llega la solidaridad vecinal y hasta dónde no llega el Estado. El Ayuntamiento presume de haber activado plazas de emergencia y un pabellón, pero la primera noche no va nadie y la siguiente solo duermen tres personas, porque el recurso se abre tarde, mal y sin condiciones mínimas: ni camas, ni colchones, ni mantas.

En paralelo, en Barcelona y su entorno, al menos cinco personas sin hogar han muerto en pocas semanas en un contexto de frío intenso, lo que revela que no se trata de una anomalía local, sino de una normalización silenciosa de la muerte por pobreza extrema. Que alguien muera de frío en la calle en 2026, en un municipio europeo con recursos, habla menos de su biografía personal que del modelo institucional que se ha asumido como aceptable.  

El discurso oficial se aferra a matices: “no se saben aún las causas”, “rechazó ayuda meses atrás”, “el caso está judicializado”, como si una autopsia pudiera desmentir el dato esencial: esa persona vivía y dormía en la calle durante una ola de frío. Las administraciones se refugian en el lenguaje de la gestión: “operación frío”, “dispositivo de emergencia”, “plazas temporales”, una jerga que, repetida, corre el riesgo de convertirse en coartada moral más que en herramienta de cambio real. Una ciudad que discute si la víctima estaba “en el radar” de servicios sociales mientras se multiplican las muertes por frío es una ciudad que ha tecnificado tanto el problema que ha perdido la capacidad de llamarlo por su nombre: abandono.

La escena del vecino con la taza de caldo es la metáfora incómoda: la compasión individual que baja por las escaleras mientras la responsabilidad colectiva no sale de la oficina. Abundan los mensajes de duelo y las velas improvisadas, pero escasean las preguntas incómodas: ¿cuándo aceptamos que dormir en la calle fuera una opción “normal” en una ciudad que se publicita como moderna y próspera? La muerte de una persona sin hogar no provoca conmoción proporcional al horror del hecho, porque media una distancia simbólica: “los sintecho”, “los que rechazan recursos”, “los que están fuera del sistema”, categorías que anestesian la empatía y rebajan el escándalo moral.

Cuando alguien muere de frío en una acera, se confirma que parte de la sociedad ha interiorizado que hay vidas cuya protección no es urgente, que hay cuerpos que pueden quedar fuera del perímetro efectivo de los derechos humanos sin que tiemble la arquitectura del sistema. Si esto ocurre aquí y callamos ¿qué nos importará lo de Gaza?

En Badalona, la muerte de este hombre llega en plena polémica por el desalojo del antiguo instituto B9 y por la gestión del sinhogarismo, con críticas directas a la alcaldía por improvisación y falta de planificación. El pabellón de La Colina se abre tarde y sin condiciones dignas, y solo cuando la presión social y mediática aumenta se transforma en un albergue de emergencia mínimamente equipado. El debate político se centra en si el ayuntamiento “hizo lo que tocaba” desde el punto de vista procedimental, no en la pregunta esencial: ¿cómo es posible que en una ciudad con presupuesto, recursos y técnicos, haya que confiar la supervivencia de un vecino a la buena voluntad de otro vecino y a una taza de caldo?

La muerte por frío pone al descubierto el abismo entre el relato de “seguridad” y “orden” con el que a veces se gobierna y la realidad de quienes viven directamente las consecuencias de decisiones urbanísticas, policiales y sociales que empujan a la calle en nombre de la “convivencia”.

Que una persona muera de frío en Badalona debería obligar a revisar no solo protocolos, sino categorías morales. No basta con añadir camas una noche, ni con un crespón en redes sociales. Obliga a asumir que el sinhogarismo no es una fatalidad individual, sino el resultado acumulado de políticas de vivienda, precariedad laboral, salud mental desatendida y una red de protección que perdona demasiadas caídas. Obliga a pasar de la lógica de “operaciones de frío” a la lógica de derechos: nadie debería depender de la meteorología para que el sistema se acuerde de que existe.

En el fondo, la muerte de este hombre en la calle nos pone delante un espejo incómodo: muestra cuánto valor real damos, como comunidad, a la vida de quien no tiene llave, ni contrato, ni titularidad; y hasta qué punto nos hemos acostumbrado a que el frío, cuando mata, siempre mate a los mismos.


EL MENDIGO DEL PERRO EN LA CALLE ANCHA


El frío que venía no necesitaba la proximidad de ningún río para calar los huesos. Estaba pegado al empedrado, y le subía despacio por las piernas hasta que conseguía quedarse a vivir en todo su cuerpo. Era un frío de ésos que no hacen ruido, pero que van desgranando los cuerpos como una mazorca de maíz  seca.

Y el hombre estaba allí cada día, parecía pegado al suelo, como si hubiera echado raíces cerca de aquella esquina. No sabía muy bien cuanto tiempo hacía que hubiese comenzado a quedarse quieto, sólo recordaba que un día dejó de andar por todas partes y se sentó al borde de aquel edificio, junto a la entrada de un portal, con la lata delante, esperando que alguna moneda le hablara con su tintineo.

En sus brazos un perro pequeño, poca cosa, un pellejo caliente con ojos, que se le acurrucaba en el regazo buscando un refugio que también él andaba pidiendo. Lo quería más que a nada, y cuando el aire cortaba más fuerte, el hombre lo metía bajo su sucio chaquetón, pegado al pecho, como si así los dos pudieran engañar al invierno y creerse que aún quedaba algo de calor en el mundo.

Por la calle ancha la gente caminaba deprisa, envuelta en bufandas gordas y abrigos nuevos. Pasaban junto a él sin mirarlo, como si el lugar que ocupaba estuviera vacío, como si en lugar de un hombre mendigando, lo que hubiera fuesen sólo sombras. Algunos, sin detener su paso, dejaban caer una moneda, y el metal golpeaba la lata con un ruido hueco, un sonido que no era ni compasión ni consuelo, sino sólo prisa.

Era navidad, al menos eso decían las luces que colgaban sobre sus cabezas, y la música que subía y bajaba al ritmo de los destellos. Las bombillas se encendían todas a la vez, como si el cielo se abriera, y luego se apagaban en oleadas, dejando un temblor de colores en los ojos de la gente. El hombre miraba ese brillo desde abajo, junto a su montón de mantas y abrazado a su perro, pensando que tanta luz no alcanzaba a calentarle ni las manos.

Cuando la noche se adentraba en las primeras horas de la madrugada, se marchaba hasta el portal donde dormía, allí tenía todo y había aprendido a ordenar sus cosas como si en el portal estuviesen ordenados sus recuerdos.

Primero colocaba los cartones, uno encima de otro, para que el frio del suelo no le mordiera en la espalda. Luego el saco de dormir, viejo y mugriento, roto por los pies, que dejaba escapar el frío igual que una gatera en una puerta. Encima las mantas, desparejadas, con manchas que ya eran más de tiempo que de suciedad. Así construía su casa cada noche, sabiendo que al amanecer tendría que desmontarla, y cada mañana deshacía su sueño de hogar mientras intentaba abrir los ojos.

El perrito siempre se acomodaba primero, daba vueltas sobre sí mismo hasta que encontraba el hueco justo, ahí donde el pecho del hombre le calentaba más espacio. Entonces los dos se quedaban escuchando el ruido de la ciudad: pasos, risas, un eco de villancicos, el motor de los coches, y esperaba que ningún malnacido intentase gastarle la broma pesada de orinar encima o darle una patada antes de correr. De vez en cuando, una bocanada de calidez navideña entraba en el soportal: un buenas noches de alguien, que rebotaba en las paredes desnudas y se le quedaba clavado en los oídos, como un recuerdo que nunca supo si era suyo, o un olvido de alguien.

A la calle ancha la gente venía a ver el alumbrado, eso decían. Venían a mirar cómo las luces se apagaban y encendían, como si en ese parpadeo hubiera una promesa de felicidad, una absolución rápida para todas las cosas que les dolían y en las que esos días no querían pensar. Mientras tanto, la lata seguía casi vacía, con apenas un puñado de monedas que no alcanzaban ni para comprar un bocadillo, y mucho menos una noche sin frío.

Nadie de aquellos paseante preguntaba por el hombre, ni por su nombre, ni por la historia que lo había traído hasta esa esquina. Para ellos era sólo parte del paisaje de la ciudad, como un banco más, como otra farola, como el contenedor de basura del que alguien se quejaba que se lo habían instalado demasiado cerca.

La indiferencia de los humanos iba y venía con el mismo compás de las luces: se encendía un momento, quizás en una mirada fugaz, y se apagaba enseguida, devorada por la prisa de las compras y las fotos con el móvil.

Pero no toda las noches eran iguales, alguna, cuando el frío apretaba más, el hombre recordaba ruidos antiguos: la risa de un niño que quizá fue suyo, el ruido de un plato sobre una mesa, el olor de un puchero que ya nadie prepara para él.

Esos recuerdos había veces que le dolían más que la fría escarcha en las manos, porque le traían a su memoria que hubo un tiempo en que no era invisible, en que alguien le llamaba por su nombre y le esperaba al caer la tarde en algún sitio.

Pero esos días la navidad seguía pasando por encima de su cuerpo inmóvil, como si fuese un tren de paso que no tenía nunca parada en su estación. La ciudad se esforzaba en parecer alegre: colgaba guirnaldas, encendía altavoces, montaba  belenes con figuras brillantes, todo para decirse a sí misma que era una ciudad de gente buena, que era una ciudad generosa, que se acordaba de los que menos tenían. Pero la verdad era diferente, porque allí, en el borde del soportal, la generosidad se medía en monedas contadas, en miradas que nadie sostenía, en paseos que se apartaban para no tropezar con él.

El perro, que no sabía de fiestas ni de calendarios, sólo sabía que el cuerpo de su amigo hombre se iba enfriando cada noche un poco más. Por eso cada día que pasaba se apretaba contra su pecho con más fuerza, como si quisiera sujetarle al mundo con sus patas pequeñas, como si temiera que en cualquier descuido suyo fuese a perderlo porque se lo llevara la helada.

Y mientras la ciudad seguía encendiendo luces y apagando conciencias. Porque no es el frío el que hace daño, sino la costumbre de pasar al lado de quien tiembla y mirar hacia otro lado. No era la pobreza la que había condenado al mendigo del perro, sino la comodidad de las personas al creer que basta con una moneda suelta para remediar la injusticia. Mientras haya alguien durmiendo en un portal, arropado por cartones en noches de navidad, ninguna calle merece llamarse calle Ancha: porque tiene estrecha de alma, padece una enfermedad llamada angostura de corazón, aunque otros la llaman pequeñez de humanidad.

Tu que has leído esto, que caminas con prisa bajo las luces brillantes, tienes que decidir de qué lado estás: del lado de los que viven encendiendo adornos o del lado de los que, aunque sea tarde y haga frío, se detienen, miran de frente al que tiembla y, sobre todo, no lo dejan solo. Porque navidad es igual que dignidad, y la verdadera navidad, la verdadera dignidad, empieza el día en que dejamos de aceptar como normal que un hombre y su perro pasen la noche entera peleando contra el hielo mientras la ciudad, ahí mismo, se distrae contando luces.

LAS MEDIDAS PARA FACILITAR EL DERECHO A UNA VIVIENDA

En este país hemos llegado al punto en que alquilar un piso es más difícil que conseguir una entrada para una final de futbol Barcelona -Rea...