jueves, 11 de junio de 2020

Diario del coronavirus 176

Supongo que para algunos os parecerá un relato largo, pero en esta Comunidad hoy es festivo, y aunque las tareas domesticas han requerido mi esfuerzo, me he permitido hoy hacer un relato más intimista y personal, que comparto con vosotros y vosotras. Espero que os guste, si no es así, tampoco importa.

De pueblo

Nací en un pueblo y viví mi infancia en una huerta con vaquería. Teníamos muchos animales, que formaron parte de mi vida, pero sobre todo de mi educación y mis aprendizajes. Cuando volvíamos por la tarde del colegio, ayudábamos en las tareas de los cuidados a los animales y en la huerta, a mi madre. Siempre recordaré, recolectar huevos en el gallinero, beber leche ordeñando a una vaca, o cavar los surcos preparándolos para la siembra. Era imposible estudiar bachiller en mi pueblo, y a las seis de la mañana mi madre me despertaba para vestirme, desayunar, y viajar en autobús a un instituto de un pueblo cercano. Luego llegaron los años de internado, la facultad y mi despegue de la vida de mi pueblo.

Pero nunca me arranqué la raíz rural, y tras estudiar medicina, primero fui enfermero rural, y luego médico rural. Me resulta imposible entender mi vida, sin esa relación con la tierra, con lo rural, con el campo, con los animales. Y lo digo con orgullo, porque la vida se ve de otra forma, y las relaciones humanas se entienden de una manera diferente cuando se tienen esos orígenes. Las cosas se valoran desde un punto de vista diferente, de quienes crecieron en el asfalto o los adoquines de la ciudad. No saben, algunos de ellos, lo que se perdieron por no conocer esa relación tan estrecha con la tierra y los bichos. Nunca consideré un estigma mi origen rural, y el paso del tiempo y mi trabajo, solo han conseguido que lo valore aún más cada día. Es una forma de vida en mayúsculas. Puede que la afición a la escritura tenga relación con eso, y aunque estudié una carrera relacionada con las ciencias, su componente humanístico también tenga relación con esas vivencias de mi niñez. Me gusta el silencio de los pueblos, y puede, tal vez, que eso haya condicionado, el hecho de que me resulte difícil callarme o no escribir lo que pienso.

Me llaman la atención, los comentarios de algunos amigos, que viven en la ciudad. Con la pandemia, de repente, han descubierto que tienen vecinos. Gentes que incluso viven en su mismo rellano, y con quienes, como mucho, han cruzado un "buenos días" o un "hasta luego" en años de compartir escalera o ascensor. Ahora, unos por los aplausos, otros por las banderas en los balcones, o por el ruido de sus cacerolas, de pronto han sido descubiertos por ellos. Curiosamente te relatan, que "fulano ha debido irse a otro lado, porque ya no lo veo", o "creo que le han ingresado porque lleva dos días sin salir a aplaudir". La pandemia ha conseguido que estén pendientes de quienes, aún estando a su alrededor, para bien o para mal, eran auténticos desconocidos. Ahora se les ve pendientes de esas personas, con las que nunca habían ni hablado y a los que ni conocían. Ahora se sienten pendientes de sus vecinos.

Yo estoy viviendo toda la pandemia en el pueblo. No solo por motivos de trabajo, que también, sino porque el confinamiento es más llevadero en un pequeño núcleo que en una ciudad, da igual grande o pequeña. Aquí se tiene la sensación de que los vecinos si están pendientes los unos de los otros de manera permanente. Si alguien está enfermo, no solo lo saben sus familiares, sino que incluso antes lo saben los vecinos. Si alguien no abre la puerta un día, ya es motivo de preocupación suficiente para llamar y preguntarle si le pasa algo. Tener el coronavirus en el pueblo estigmatiza, en la ciudad no. Allí solo se conoce tu enfermedad si eres hospitalizado. Hemos conocido por los medios, como en alguna ciudad, una persona ha fallecido en su casa y solo el olor a cadáver ha llamado la atención. Ni el vecino que vive pared con pared sabía nada. Podría pasar en el pueblo, pero es mucho más improbable. Por eso me parece que la pandemia, sus consecuencias y sus secuelas, son muy diferentes en el pueblo respecto a la ciudad. Considero terrible morirse sin que tus vecinos sepan tu nombre, y en muchos casos ni que existes. Si algo en la vida es triste, es que sea absolutamente ignorada tu existencia.

Este país nuestro, donde el noventa por ciento de su territorio es rural, sin embargo camina en su empeño de hacer todo desde el despacho de la ciudad y para la ciudad. Lo rural carece de importancia, y no deja de ser solo algo que está ahí, como distante. Hay grandes ciudades, ciudades medias y pequeñas ciudades, pero se ignora que hay miles de medios rurales diferentes, porque cada trozo de nuestro espacio rural tiene unas características distintas, definidas y definitorias. Es tan diverso y diferente cada trozo de nuestro país, que me ha resultado gracioso, que la alternativa laboral al trabajo presencial en este tiempo de pandemia, fuera el "teletrabajo". Sería para las ciudades, porque en ese medio rural tan diverso, no solo no hay internet de calidad en todos los lugares, sino que hay muchos espacios donde ni siquiera tenemos cobertura en nuestro móvil, para telefonear. Lo que para un morador del medio urbano supone la posibilidad de desconectar en un lugar donde ni el móvil te suena, se convierte en un inconveniente en ocasiones insalvable, para poder disponer de unos recursos que durante un confinamiento como el que hemos vivido se necesitan, o para poder comercializar sus producciones a los productores de alimentos del medio rural.

Son muchas las veces que he comentado, que rural y urbano son elementos complementarios. Que los individuos necesitamos de ambos entornos para sentir un gramo de satisfacción. Que nos gusta respirar aire puro en el campo si vivimos en la ciudad, pero que también nos gusta respirar un poco de monóxido de los coches en las ciudades, solo de vez en cuando. Que me gusta el silencio para escapar del bullicio, pero que preciso de bullicio para huir de este eterno silencio. Eso dar menos valor a lo rural, es consecuencia de una educación que nos ha convencido de la necesidad de mirar todo con ojos urbanitas. De valorar todo desde la óptica de lo urbano, de lo que creemos progreso, de lo que creemos importante, que no es sino el fruto negativo de una cultura consumista.

Esta crisis sanitaria, que ya es económica y social, debería hacernos ver nuestra visión errónea de hacer de la ciudad lo moderno y muy valorado, y de lo rural lo anticuado, lo cutre, lo paleto. En el medio rural se encuentran los cuatro elementos de la vida: el aire, el agua, la tierra y el fuego. Eso no puede ignorarse y a la vez declararnos preocupados por el cambio climático. El aire que respiramos en las ciudades, se purifica en los bosques de nuestro medio rural; el agua imprescindible para la vida, se encuentra en los manantiales y fuentes de nuestro medio rural; nuestro medio rural es el que nos aporta los alimentos imprescindibles para nuestra subsistencia; la energía que consumimos procede de instalaciones, renovables o no, pero que todas ellas están ubicadas en el medio rural. Debería preocuparnos antes nuestro medio rural, aunque solo sea por su proximidad, que los problemas de contaminación de lugares más lejanos, aunque también deban preocuparnos, porque solo tenemos un planeta en el que vivir y nos lo estamos cargando.

Pero no solo hay que tener un especial cuidado con la conservación de la ruralidad por sus elementos vitales. Sobre todo debe tenerse por las personas que en ella habitan. Los habitantes de nuestros pueblos deben ser respetados, deben recuperar una dignidad que este sistema consumista les ha robado. Llevamos años oyendo el discurso de una apuesta europea y estatal o autonómica, decidida por el desarrollo del medio rural, pero se ha quedado en eso, en solo un discurso lleno de buenas intenciones pero vacío de actuaciones eficaces. Las explotaciones agrarias, en su inmensa mayoría familiares, se enfrentan al problema de la falta de un relevo generacional que les dé continuidad. Si alguien estudia, se ve con su despacho, su consulta o su empresa en la ciudad. Pocos se sienten abogados rurales, médicos rurales o empresarios rurales. Mucho menos se imaginan estudiar, para convertirse en agricultores, ganaderos, hortelanos, tractoristas o jornaleros.

Puede que ni siquiera esta pandemia, romperá esa visión centralista de que el futuro está en las grandes ciudades. Esa dignidad de los hombres y mujeres de nuestros pueblos, solo se recupera con el reconocimiento social a su trabajo. Si no lo hacemos ni en estos tiempos de post pandemia, en los que hemos contemplado lo importante de su tarea para nuestro sustento, viendo como a la vez que disminuían los precios que recibían por sus producciones, se encarecen para nosotros en manos de especuladores, no podemos hablar de ese reconocimiento a su trabajo. Es imprescindible empezar a darnos cuenta de las ciudades no existen sin el medio rural que las alimenta y sustenta. Que una ciudad necesita del campo de día y de noche. Tanto las ciudades como los pueblos se necesitan entre sí.

Pero eso solo puede ser posible, si nuestra sociedad es capaz de cambiar sus modelos consumo y sus modelos de producción. Solo fórmulas respetuosas con la naturaleza y el medio ambiente pueden ser mantenidas en el tiempo, y no modelos de explotación intensiva como los actuales. Si realmente el objetivo es la lucha contra el despoblamiento, la sostenibilidad con sus tres vertientes, social, económica y ambiental tiene que estar como marco implícito en cualquier iniciativa en ese sentido. No se puede plantear, que vivir en un pueblo deba ser algo muy diferente a hacerlo en una ciudad, porque tanto los habitantes del medio rural como del urbano, son ciudadanos y ciudadanas, con los mismos derechos, y no puede persistir una situación como la actual con ciudadanos de primera y de segunda, y eso implica poder tener los mismos derechos lo que implica disponer de todos los servicios básicos como la educación, la sanidad, transporte, ocio, etc. Y eso pasa por inversiones y recursos que no pueden estar condicionados al número de habitantes

.Nuestros representantes públicos, deben romper ese círculo vicioso actual de, a menos habitantes, menos recursos, y a menos recursos, menos habitantes. Y luego está también la necesidad de anular el tópico, de que hay una cultura urbana y una rural. Siempre además, viendo la del medio rural como inferior. No hay culturas diferentes, hay una cultura diferenciada. Todo es parte de nuestra historia como pobladores del territorio, independientemente de donde residimos. Y si la mayoría de quienes residen en una ciudad proceden de los pueblos, esa cultura en parte de una vida en común. Todo procede de nuestros ancestros. Es tal la riqueza de nuestro vocabulario rural, de nuestras especies endémicas, de las razas animales autóctonas, de nuestras costumbres y tradiciones, que ya el hecho de considerarlas sólo como cultura rural y no patrimonio de todos es casi ofensivo.

Ahora, cuando tras la pandemia muchos consideran que el medio rural es una alternativa real a mejorar su calidad de vida, me gustaría decirles, que lo primero que deben saber si se deciden a afrontar ese cambio de estilo de vida, es que deben venir llorados. No deben venir a llorarnos, aquí ya lloramos bastante por un abandono de décadas cuando no de siglos, y si una vez llorados se deciden a instalarse en este medio, hacerlo para respetarlo, no para transformarlo en ciudades pequeñas. Vengan a mejorar y a aportar nuevos conceptos, nuevas posibilidades. Vengan a enriquecer y a enriquecerse el alma, no el bolsillo, sino su calidad de vida.

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