viernes, 1 de marzo de 2013

O cambia el BCE o habrá que irse


Hoy he estado leyendo sobre un organismo del que oímos hablar a diario, y del que quizás no sepamos tanto como debiésemos, me refiero al Banco Central Europeo (BCE). El BCE es la institución encargada de administrar la política monetaria de los diecisiete estados europeos miembros de la llamada zona euro. La entidad se creó en 1998 mediante el Tratado de Ámsterdam, y su objetivo principal es el de mantener la estabilidad de precios en la zona euro.

También es la encargada de dirigir las operaciones de cambio de divisas, de mantener un sistema financiero estable y la vigilancia del sector bancario, y es el único, ni siquiera los estados, con derecho a autorizar la emisión de euros, fijando la cantidad que se emite para cada Estado. Se rige por la legislación de la UE y no con la legislación aplicable a las empresas privadas, aunque posee acciones y capital social como cualquiera de estas.

Vistos los efectos de la crisis sobre los estados, esta concepción actual del BCE se ha convertido en uno de sus principales problemas, porque se dedica casi en exclusiva a controlar la inflación, sin otra capacidad que pudiese permitirle actuar como un instrumento verdaderamente eficaz contra esa crisis.

Parece por tanto necesaria su reforma, para que realmente pueda actuar como banco central de todos los países de la zona, lo que le permitiría la compra de  deuda de los Estados o el control de los sistemas financieros de esos estados.
Las directivas de la UE regulan la actividad bancaria mediante una serie de estructuras, pero el Banco Central Europeo no tiene ninguna capacidad de control sobre ellas ni sobre las autoridades nacionales, y esa capacidad debería aumentarse si se quiere evitar el riesgo de que los sistemas económicos de esos países puedan verse amenazados por grandes lobbies o por otros gobiernos externos a la eurozona, como está ocurriendo.
Pero quizá el mayor déficit que presenta el BCE es el democrático, dada su poca o nula conexión con el Parlamento Europeo, lo que ocasiona una distorsión importante entre lo que son las políticas que surgen del órgano electo por los ciudadanos europeos, y la entidad de control monetario europeo. Son hoy compartimentos estancos sin interrelación real.
Con la necesidad del rescate a la banca española, hemos visto la imposibilidad de que desde el BCE se comprase deuda española para bajar nuestra prima de riesgo, o que se aportase una financiación directa a nuestra banca sin pasar por el estado, lo que ha hecho que la deuda de las entidades bancarias compute como publica y suponga tres puntos añadidos al déficit de las administraciones públicas españolas.

Parece por eso oportuno plantear un cambio en el reglamento del BCE para que pueda financiar a los Estados y a su sistema financiero. De no hacerlo así, los estados deberíamos recobrar la capacidad de disponer de una política monetaria propia para luchar contra la crisis, o estaremos a perpetuidad en las manos de los movimientos especuladores de los mercados sobre nuestra deuda.
Si se sigue apostando como se hace por mantener el BCE, este debería ser reformado, no solo para poder tener una política monetaria europea única, si no para unir a está también una política fiscal única europea destinada a producir una redistribución equitativa de los recursos entre todos los estados miembros.
Pero tampoco es menos cierto, que esta necesidad de reestructuración del BCE, debe llevar paralela la conexión con el parlamento europeo y la revisión del proyecto de integración europea pero basado en criterios de solidaridad y no en la capacidad de negociación de los dirigentes de turno, porque según es palpable de la Europa con Delors a con Barroso hay una evidente e insalvable diferencia.
Puede que la salida del euro sea algo que nos perjudique más aún de lo que nos están perjudicando las políticas impuestas por Alemania dentro de la eurozona, pero si no se reforma el papel del BCE, incluidas políticas fiscales y redistributivas, cualquier europeo del sur pensara que para este viaje a Europa tal y como está hoy concebida,  no nos hacían falta alforjas.

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