miércoles, 9 de diciembre de 2015

POLÍTICA CON MAYÚSCULAS


 En los últimos años se ha banalizado la política. Lo ha hecho la derecha, interesada en restar valor al concepto de democracia, para lo que no ha tenido escrúpulos en utilizar la ignorancia política de muchos ciudadanos, e incluso el miedo que la sensación de inestabilidad o de cambio produce en otros, si ello le servía para alcanzar el poder. Pero también a banalizar la política ha contribuido la izquierda, a veces involuntariamente, pero otras veces de manera voluntaria por parte de algunos de sus dirigentes, convencidos que si para la derecha eran válidos esos instrumentos, utilizar el rencor o las facturas pendientes del pasado, también su uso estaba legitimado.

Con este panorama, para muchos españoles, aquella democracia post franquista en la que creíamos, ha venido a menos, y hemos permanecido pasmados, viendo como la política dejaba de ser un instrumento para transformar una sociedad injusta con el que menos tiene, viéndola convertirse, en un instrumento para cambiar la vida de solo unos pocos. Naturalmente que todos los políticos no son iguales, pero aquellos que han utilizado la política en beneficio propio, se han preocupado de inculcarnos la idea de que "la política es así", precisamente ese es el concepto que de ella tienen los políticos cobardes, incapaces de defender sus planteamientos personales, esos que ellos mismos públicamente califican como de miserables.

Aun sabiendo que no todos son iguales, los metemos en el mismo saco, y sólo resultan visibles aquellos para los que no existe futuro después de la política. El verdadero problema de quienes así actúan, es que para ellos en el pasado tampoco había futuro, y es la banalización la que les permitió encontrarlo precisamente en la política. No es exclusiva de un solo partido, porque a esa gente la podemos encontrar en las formaciones políticas con años a sus espaldas, pero tampoco se librarán de ellos los partidos emergentes, precisamente porque aprovecharán su inexperiencia en esas líderes, y aunque tal vez detecten a los más descarados, bien seguro, que muchos lograran pasar sus filtros, y con el tiempo acabarán emergiendo dentro del aparato de esos partidos.

Cuando esos elementos se detectan internamente, ya no valen los paños calientes, ni es cuestión de apelar al derecho a la presunción de inocencia para no actuar. Es una situación incompatible con el concepto de política como instrumento de servicio, y dilatar el problema en el tiempo llevará a la formación política a ser sepultada por su propia bola de nieve. Al que personalmente elude asumir su responsabilidad, el tiempo se encargará de señalarle irremisiblemente, mientras que a su formación política le supondrá una factura continuada en el tiempo, que un proceso electoral tras otro, volverá a poner en cuestión su compromiso con la honestidad y la decencia política.

Pero lo fácil es señalar como responsables de esa situación a las cúpulas de los partidos, que sin duda son los principales, pero también somos responsables quienes nos conformamos con saber que el problema existe, y una y otra vez apoyamos con nuestro voto a ese partido sin exigirle su regeneración. Somos los militantes y simpatizantes de ese partido que permanecemos callados, sin actuar, las primeras víctimas del descrédito que la corrupción acarrea a las formaciones en las que creemos. No debería resultar tan difícil, gritar a los cuatro puntos cardinales, que la política es sucia cuando quienes la ejercen son individuos sucios, porque esa es una sentencia irrebatible.

Esta reflexión surge tras el debate del pasado lunes entre los tres candidatos a presidente del gobierno, y la vicepresidenta en funciones del actual, en el  que escuchamos acusaciones, principalmente  contra el PP, por sus innumerables casos de corrupción, que si se revisa la hemeroteca, de alguna manera fue el asunto que más marcó el debate televisado. La vicepresidenta se defendió hablando de la dureza de su gobierno con los corruptos, pero la sensación de los ciudadanos es que esa dureza ya no le sirve de excusa, porque, como siempre, llega tarde mal y nunca.

La vida nos enseña que nadie hará por ti lo que tú mismo no seas capaz de hacer, y en la política, que no se puede dejar todo en manos de quienes nos gobiernan o de quienes ejercen la oposición. Pero mucho menos debemos hacerlo en un momento de nuestra historia en el que este país necesita, más que nunca, de gentes decentes y honestas, de soñadores capaces de transmitir emociones, y no solo en la política, porque en este mundo globalizado son mucho más necesarios en la vida cotidiana de las personas, que en el gobierno cercano.


Quizás es un buen día para reivindicar, que frente a quienes nos han hecho creer que la política es un negocio, debemos estar millones de españoles dispuestos a soñar despiertos, convencidos de que la utopía está al volver la esquina.

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