domingo, 21 de diciembre de 2014

A VECES LA VIDA NOS SORPRENDE

Pese a muchos años ejerciendo la medicina, hay ocasiones en las que te sorprendes, sobre todo al contemplar las huellas que en un cuerpo dejan las costumbres y tradiciones pertenecientes a otras culturas. Somos una sociedad europea multirracial, en la que convivimos con ciudadanos procedentes del África subsahariana, y es frecuente encontrar  mujeres procedentes de esas zonas,  a las que en su infancia le practicaron la ablación genital.

A los occidentales esa práctica nos sorprende, al estar considerada internacionalmente como una violación de los derechos humanos de las niñas y las mujeres, Pero en realidad es solo el reflejo de una cultura donde la desigualdad entre sexos está muy arraigada,  que justifican convencidas de que es la garantía de que la niña acatará sus normas sociales, y que es un símbolo de feminidad, respetabilidad y madurez.

A diferencia de otras formas de violencia contra las mujeres, esta se realiza a casi todas las niñas de una comunidades, y no la consideran una vulneración de derechos sino una práctica cultural y una norma social altamente valorada por ellos. Las cifras asustan, y nos dicen que en todo el mundo,  entre 100 y 140 millones de niñas y mujeres han sido mutiladas, y que cada año unos 3,5 millones de niñas corren el riesgo de serlo.

Indagando sobre esta temática, encontré que documentos de trabajo del Parlamento Europeo señalan que en la Unión Europea más de medio millón de niñas han sido mutiladas o corren ese riesgo. Con nuestra mentalidad europea, es difícil entender como cultura esta tradición, sabedores de que no aporta ningún beneficio para la salud, y que nos devuelven a la Edad Media las imágenes de las “circuncisoras” tradicionales utilizando hojas de afeitar y cuchillos, sin asepsia ni anestesia. Pero lo que más indignante me resulta es que el 18% del total de ablaciones, las practique personal sanitario.

Hemorragias y dolor inmediatos, un muy alto el riesgo de infección y de complicaciones suelen ser sus consecuencias más frecuentes. Según un estudio  de la OMS en seis países africanos, las mujeres que la han sufrido tienen además un riesgo considerablemente mayor de complicaciones en el parto, de precisar una cesárea, o de sufrir una hemorragia posparto.  Cualquiera de nosotros pensaría que entonces no tiene sentido, pero se trata de normas sociales, y quienes no se someten a ella encuentran como resultado la discriminación y su exclusión de eventos comunales importantes.

Te cuentan que es parte de su cultura, de su religión y de su sociedad, y están convencidas de que prepara a la niña para la vida adulta y el matrimonio, preserva la virginidad prematrimonial, evita la promiscuidad, y la asocian con ideas de higiene, estética y moral. Para ellos, las restricciones jurídicas contra su práctica son  consideradas menos importantes que las restricciones sociales que pueden imponerles sus comunidades por el incumplimiento.

Pero abordar un proceso que lleve a la desaparición de esta cruel práctica, no puede contemplar que los sanitarios sustituyamos a los “circuncisores” tradicionales, porque el hecho de realizarla un sanitario no elimina los riesgos inmediatos, ni reduce sus efectos a largo plazo, ni hace menos severo este procedimiento. Se puede afirmar que la medicalización no reduce su práctica, sino que contribuye a legitimarla como si de un procedimiento sanitario se tratase.

Se debe empezar por entender que en esas culturas, las decisiones de las comunidades están por encima de las de los individuos y las familias, y forman parte de su forma de actuar. Los programas contra la ablación son percibidos por la comunidad como un ataque y una crítica a su cultura y a sus valores. Es por eso que las intervenciones dirigidas a los individuos, las familias o los “circuncisores” casi siempre fracasan. La prevención tiene que incluir elementos de diálogo con la comunidad, respetando una cultura de recompensas y castigos, para poder buscar un cambio en los grupos sociales.

Mientras que en occidente algunos están convencidos que la solución es una legislación que la prohíba, debemos empezar a entender que las leyes por sí solas no son suficientes. La legislación puede ayudar a facilitar una  intervención en las comunidades que la practican fuera de sus países de origen, pero eso solo no servirá, si no tenemos mejores conocimientos sobre cómo tratar a una niña en riesgo de sufrir esa mutilación. 

No cumplimos solo con llevarnos las manos a la cabeza cuando conocemos casos de esta práctica cercanos a nuestro entorno. Necesitamos una estrategia integral y de integración, basada en la alfabetización de las mujeres y las niñas que corren ese riesgo, que en paralelo intente reducir la discriminación por razón de género, mejorar la justicia social, y estimular el respeto de los derechos humanos. No vale con imaginarnos que estamos en Navidad, que esa práctica no existe, y darnos por satisfechos con que el Baltasar de nuestra ciudad sea de raza negra.


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