lunes, 8 de abril de 2013

A participar se aprende, no se enseña.


Quienes se oponen al establecimiento del voto directo de la militancia de los partidos para la selección de candidatos y cargos, suelen recurrir como gran argumento a las posibles disputas internas, que este tipo de procesos pueden desencadenar dentro de la organización a la que pertenecen, y con ello justifican su oposición a aplicarlos.
En realidad, un análisis de los resultados de estos procesos donde ya se han aplicado, muestra que detrás de ese argumento suele ocultarse la existencia de problemas de disensión previos a este tipo de proceso en la organización, y en otros muchos casos está la inseguridad personal de quienes así se manifiestan, por considerar que pueden no ser percibidos como aptos para poder acceder a cargos de responsabilidad por esta vía, o lo que es peor, ven más aptos a sus posibles rivales. Ni en uno ni en otro caso, pueden primar estas reticencias sobre el derecho del conjunto a decidir algo que afectará a todo la militancia, incluidos ellos.
Quizá los mayores problemas de las elecciones internas en los partidos sean dos. El primero es consecuencia de inadecuadas reglas para regular el proceso, y el segundo lo representa el hecho de que suele primar la imagen del candidato sobre las propuestas programáticas que la apoyen. El populismo de algunos candidatos, o la baja participación del electorado, pueden dejar sin posibilidades a aspirantes de valía, poco conocidos o poco capaces de hacerse conocer frente a otros mas mediáticos, y por otro lado el proyecto programático del partido pasar a un segundo plano, lo que debilita el mensaje de la formación partidista.
En la balanza frente a estos aspectos negativos, hay que colocar aspectos como una mayor proyección electoral, mayor legitimidad, repercusión mediática, y mejora la imagen externa de transparencia que tenga la organización. Todos los citados, son aspectos que repercuten positivamente sobre la organización al mostrar a sus candidatos como ya vencedores de un proceso, y entrenados en afrontar procesos electorales y salir triunfantes.
En cualquier caso, creo que lo más destacable del establecimiento de procesos electorales internos, es la imagen de profundización democrática que emana de los mismos, y permite a las bases sentirse importantes en la toma de decisiones e involucrados con la estrategia de la organización.
Frente al modelo de democracia representativa imperante, donde el militante de base siente restringida su participación a la mera sufrago de las cuotas de afiliación, y a la defensa pública de unas candidaturas que no siente como designadas por el, y con las que en muchos casos no comparte ni afinidades personales ni programáticas, la aplicación de este tipo de procesos permite a las bases sobreponer sus decisiones a las de las direcciones de sus partidos, siempre más proclives a valorar aspectos elitistas en los candidatos que designan, y tendentes a la perpetuación de esos mismos candidatos en el tiempo.
En un país donde por primera vez en democracia, de los posibles treinta y seis millones de electores, las encuestas revelan que hoy la desafección a la política haría que más de veinte millones no acudieran a las urnas, los partidos deberían empezar a perder el miedo a reformas en la línea de mayor participación interna. Es claro que este modelo puede suponer para algunos no estar en el cargo, pero si garantizar la presencia de el mismo de la organización a la que quiere representar.
En mi partido, el PSOE, me gustaría que así ocurriera y ya, pero teniendo presente siempre una premisa: a participar se aprende, no se enseña.

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