sábado, 24 de abril de 2021

Encalar las paredes en democracia

 Blanquear a la extrema derecha tiene sus consecuencias, y hoy las hemos visto.

No vale callarse por respeto. Hay que discutir sus mentiras y rebatir sus falacias. Quien calla otorga. Hace tiempo que está ocurriendo y sigue el silencio. No son normales estas soflamas golpistas que algunos lanzan, con el silencio aquiescente de parte de la justicia. Se debe actuar contra ellos. No se les puede consentir porque se crecen. El fascismo aprovecha la democracia para eliminarla, y sobran los ejemplos. Y no parecen frenarse, sino que van a más.
De un diputado haciendo prácticas de tiro en una instalación militar, hemos pasado a pintadas insultantes, a montarla a diario en la puerta de la casa de su odiado favorito, a simular su ejecución, a tratarle como asesino en el congreso, a llamar terrorista a su padre, o a amenazar de muerte en una carta con balas. Si no les gusta el personaje no lo voten. Lo otro es odio, que genera odio. Ese es el objetivo de estos patriotas de mano grande, bolsillo ancho, dedo rápido y cabeza hueca.
Señalo esto porque las tertulias de esta tarde, tratan de lanzar una cortina de humo sobre lo ocurrido, con relatos de otros hechos, sin entrar en que todas esas actitudes o discursos son rechazables vengan de donde vengan. No solo si vienen de esa izquierda que antes de radical, es demócrata, lo que no ocurre ni con el fascismo, ni el franquismo, ni al ultraderecha.
Va siendo hora de que periodistas y comentaristas que se permiten igualar fascismo, franquismo y extrema derecha, con lo que ellos llaman izquierda "radical", se den cuenta que esa izquierda no es violenta. Puede ser radical, pero no violenta. Si lo fuese, la justicia y las Fuerzas de Seguridad actuarían. Sin embargo, se trata de hacer un totum revolutum y calificarla de violenta. Violencia es otra cosa, y propician más la violencia actitudes como la de la señora Monasterio hoy, o el alcalde de Madrid, que esa izquierda radical.
Monasterio lo ha demostrado hoy. En Vox piensan que este país es suyo y que todos los españoles pensamos como ellos. No es así. No todos los españoles odiamos. No debe estar contenta, porque no ha conseguido lo que pretendía, que la expulsasen del debate e inundar las portadas de una prensa cada vez más inmunda por ser servil con lo que piensan quienes la pagan. Con la aquiescencia de sectores de la sociedad y medios de comunicación que les dan cobertura y que fueron cómplices ya en su día de la barbarie.
Aunque ellos inviten a irse, no caigamos en su maniqueísmo. Si Vox representa a un puñado de ciudadanos, no se le puede expulsar del parlamento, y por lo tanto, tampoco de los debates, pero si se les puede ignorar, hacerles el vacío. Llevamos años exigiendo debates, que deberían ser obligatorios para todos los candidatos, y cuantos más mejor. Ser demócratas es defender la libertad de expresión incluso de quienes no creen en la democracia. Y se deja de ser demócrata cuando se pacta con esta gente. En ningún país civilizado, ni la derecha, y mucho menos la izquierda lo hace, aunque eso les suponga perder alcaldías o regiones. En democracia, se les calla con los votos.
No solo a Almeida se le ha visto el plumero. El silencio cómplice de Ayuso que los necesita. Y como no, Casado hoy se ha retratado. Es el vivo retrato de la mano que mece la cuna

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