lunes, 17 de agosto de 2020

El respeto en los dirigentes.



Dos de las tres personas más importantes en mi vida se han marchado esta mañana para pasar las vacaciones. Lo han hecho tranquilas, porque saben que viajan libres de contagio por coronavirus, pero a la vez  inquietas, porque saben también, que nadie está libre del riesgo de poder  contagiarse.

Yo no puedo acompañarlas porque me quedo aquí trabajando. Y a la inversa de ellas, yo he pasado unos días  intranquilo por el riesgo que poder  contagiarlas, y ahora más respiro más relajado, al  saber que ya no seguirán corriendo ese riesgo junto a mí, algo implícito al ejercicio de mi profesión y a nuestra convivencia.

Esa situación de incertidumbre se ha producido, porque en estos días atendí a una paciente que resultó ser positiva en su PCR, y me he visto obligado a hacerme esa prueba, y descartar así la posibilidad de ser un foco de contagio para mis pacientes y mi familia. Mi resultado negativo en el test PCR ha sido tranquilizador, y no solo en lo personal y familiar. Tengo asumido, que aunque digan que lo que pesan son los kilos y no los años, en mi caso, si sufro un contagio por coronavirus, pesarían los años que ya tengo bastantes. En lo familiar, un contagio lo llevaría bastante mal.

Por otra parte, de haber sido positivo el resultado, hubiese afectado a otros compañeros médicos de mi centro y a mis pacientes. Hubiera supuesto no poder pasar las dos consultas que haré hoy lunes. No poder atender el próximo martes la residencia de mayores. Pero también habría obligado al regreso de alguno de mis compañeros que ayer han iniciado sus vacaciones, al no existir posibilidad de encontrar un sustituto que haga la suplencia. 

Pero darle vueltas a la situación que se podía haber creado de ser positivo, me ha hecho volver a comprobar, que siguen siendo muchas las cosas que hay que revisar y cambiar en el modo de funcionar de la atención primaria. Porque lamentable resulta, que con la de médicos/as formados en nuestras universidades y hospitales, nuestro país no disponga de ellos cuando les necesitamos, por la falta de una oferta de empleo público (que la pandemia ha visibilizado como imprescindible), pero ya denunciada con anterioridad. Si queremos que el sistema sanitario público no haga aguas, toca evitar esa marcha de profesionales fuera, con un empleo de calidad aquí, y una estabilidad laboral que hoy no se ofrece en el sistema público de salud.

Como lamentable es que por esa falta de médicos/as en bolsa de empleo, se obligue a limitar el número de los profesionales que pueden tomar sus vacaciones en periodo estival. Pero mucho más lamentable lo hace el hecho, de que ese ratio de un máximo de personal de vacaciones, no se aplique de igual manera, también a los responsables de las gerencias, donde es frecuente encontrar como en verano la mayoría toman sus vacaciones, con independencia a si se está en situación de pandemia o sin ella. Parece que como dice el refrán, no recuerda el cura cuando fue sacristán.
Tampoco es admisible, que no se haya sustituido al personal de administración de los centros de salud, porque en esa área si hay bolsa de trabajo y podría haberse contratado. Esa falta de personal de administración, colapsa la atención telefónica e impide la teleconsulta. El mostrador es la puerta de entrada del paciente a la asistencia, y un funcionamiento deficitario del mismo, deteriora la imagen de los centros de salud y de sus profesionales ante los usuarios. Si la teleconsulta es la forma más útil de atender las demandas en la actual situación, debe garantizarse su buen funcionamiento, porque para un paciente conseguir hablar con sus sanitarios no puede convertirse en calvario o una lucha por conseguir una línea telefónica libra para hacerlo. No solo faltan respiradores, hay más cosas que adquirir para un funcionamiento correcto.

Algunos ingenuos, creíamos que se iba a aprender mucho de la pandemia, pero parece que los únicos obligados a aprender, siempre somos los de abajo, que arriba deben estar convencidos de que ya saben bastante. A los sanitarios del primer escalón, tanto de atención primaria como hospitalaria, siempre nos toca ser y ejercer de responsables. A nadie parece importar el desasosiego y la presión emocional que nos provoca, tener que acudir cada día a trabajar, a cumplir con nuestra obligación, con la presión personal y familiar que ello supone. Lo hacemos de buen grado, o ya habríamos arrojado la toalla.
                
Pero ello no es óbice, para que nos duela y nos hiera, ver como quienes son autoridad (en sus distintos niveles de responsabilidad), en el desempeño de sus obligaciones, no se apliquen los mismos criterios que nos exigen cumplir a los demás. No deberían limitarse a hacernos recomendaciones generales, sino que deberían ser adoptadas por ellos mismos para servirnos de ejemplo. 

Todos tenemos derecho a disfrutar de nuestro tiempo de ocio, pero en el país de las desigualdades, la mejor forma de predicar la lucha por la igualdad, no es con grandes palabras, sino predicar con el ejemplo. Un dirigente no tiene ganado el respeto por ser dirigente, debe ganarlo por cómo actúa con sus dirigidos.


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