domingo, 28 de enero de 2018

DIRIGENTE EN DEMOCRACIA


La democracia debe ser entendida como un procedimiento mediante el que la sociedad persigue sus fines de equidad y convivencia. Los ciudadanos tenemos derecho a participar en ese proceso. Podemos hacerlo siendo electos, para ejercer como dirigentes, o como electores y permanecer como simples ciudadanos. Si elegimos lo segundo, correremos el riesgo de ser ninguneados, y tener que escuchar de los primeros, promesas de que todo va a cambiar, aunque con el paso del tiempo nos toque contemplar que nada cambia. 
Para los electores, no es fácil mantener una confianza ciega en sus dirigentes, y menos en estos años en que la corrupción inunda las noticias. Pero sobre todo eso ocurre, porque una vez llegados a dirigentes, estos ya actúan como privilegiados, olvidando de donde proceden. Y al ciudadano de a pie, ese que se levanta cada día para llevar el pan a la mesa, le resulta inevitable rechazar que alguien posea privilegios. A lo largo de la historia, quienes llegaron a poseer privilegios, siempre quisieron mantenerlos contra viento y marea. 
Hoy los dirigentes, se consideran mejores, más preparados, más inteligentes, que quienes les eligen. Se sienten elegidos para guiar a un pueblo que no está preparado para tomar decisiones, ni posee la información para hacerlo, y no se sienten como los responsables de alcanzar el bienestar para el conjunto de los ciudadanos. Cuando esa transformación del dirigente ocurre, no solo por el estatus de su responsabilidad social, sino que se convierte en una transformación personal, salvo las honrosas excepciones, que en todo las hay, el dirigente se olvida de su obligación de ser radical contra la injusticia, deja de ir a la raíz de los problemas, demuestra sus miedos a que le desplacen, se llena de excusas como “ahora no toca” “no es el momento”, etc. En definitiva, deja de merecer seguir ejerciendo como dirigente.

En un mundo globalizado como el nuestro, se necesitan dirigentes honestos, pero cada vez son más imprescindibles las voces de esos locos soñadores que no se rinden, que no dejan para mañana lo que pueden hacer hoy, porque sin ellos la democracia no hubiese llegado. No necesitan ser elegidos como dirigentes, ni militar en partidos políticos, sino actuar como ciudadanos libres, con derecho a decepcionarse por los fracasos, pero incapaces de resignarse, y capaces de seguir viviendo sin miedo, ilusionados con el futuro.

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