miércoles, 11 de noviembre de 2015

11 noviembre.- PERMANECER O MARCHARSE, ESA ES LA CUESTIÓN.


No es fácil vivir hoy el socialismo como muchos lo entendemos. Parece que lo único que hoy se valora es ser quien más “selfies” se ha hecho en su móvil con el líder socialista local, o el regional o estatal. Debe ser que ya no estamos de moda los socialistas hechos golpe a golpe y no prefabricados, ni los que somos incapaces de emitir por nuestra boca veinte eslóganes por minuto. Nos hemos quedado antiguos quienes demandamos, como imprescindible para el socialismo, la reflexión y el debate en las agrupaciones locales. Parece que pasaron los días de quienes entendemos que “política” y “sinceridad” son sinónimos, y nunca conceptos irreconciliables.

A los que creemos que pertenecer a un partido socialista es formar parte de un espacio donde impera la lealtad y no existe la sumisión al jefe. A los convencidos de que a ese espacio se acude a trabajar por el bien y el progreso colectivos, y no para el envanecimiento personal. A los que entendemos que en el socialismo las élites están en sus bases y no en las comisiones ejecutivas. A los que sin rubor afirmamos (y oféndase quien quiera), que los mejores y las mejores socialistas siguen en las bases y no en las direcciones, y que si eso ocurre va a ser muy difícil, que el socialismo avance como proyecto colectivo. A los sabedores de que en la dirección de un proyecto, deben estar al frente los que creen y trabajan cada día por hacerlo realidad. La realidad apunta a que a todos esos socialistas se nos ha debido pasar el arroz.

Señalo esto, porque cuando un proyecto no tiene las perspectivas de éxito que tuvo antaño, se tiene la percepción de que ha entrado en una crisis, y en esos momentos, quienes figuran como máximos responsables, suelen aferrarse al sillón. Buscan ser despedidos los últimos, como si de una empresa se tratase, y solo se marcharan si por hacerlo perciben una indemnización suculenta. En cualquier empresa que entra en quiebra, los directores no son los que personalmente comunican a cada trabajador el despido, ellos no se manchan las manos frente al personal de la plantilla. Para eso siempre cuentan con los encargados y administradores, que actuarán como verdugos con quienes solo unos días antes eran sus compañeros.

Los despidos pueden ser procedentes o improcedentes pero eso es secundario, porque cuando hay que buscar una justificación para el despido también en la política valen la mentira y la calumnia. A la hora de repartir responsabilidades si el despido se declara improcedente, ahí están esos mandos intermedios a los que se encargó el trabajo sucio de traicionar a sus compañeros, para asumirlas, porque la dirección de la empresa se lavará también entonces las manos.

Para desgracia de quienes nos sentimos de esos socialistas, el socialismo español se encuentra desde hace tiempo en una crisis similar a la de esas empresas. Como si de sindicalistas se tratase, quien se expresa con libertad y es crítico con las direcciones, o aún callado no obedece a las órdenes que emanan de ellas, acaba con su nombre en una lista (siempre inexistente), pero que siempre está presente a la hora de formar candidaturas o hacer designaciones. No les dirá nada la dirección, lo hará un encargado o un administrador, aquellos responsabilizados de otorgar títulos de buenos o de malos socialistas. Basta con que a sus ojos se haya sido crítico o si hayan puesto de manifiesto las contradicciones en las que han incurrido los dirigentes, para obtener la calificación de “malo”, reservando la de buenos socialistas para quienes callan y otorgan.

Y es que esos dirigentes intermedios están convencidos de que para ser socialista basta con poseer el carnet, y solo se es buen socialista si se apoya lo que las ejecutivas proclaman. No son conscientes de que con esa simplificación solo demuestran lo vacíos e inútiles que resultan para una organización socialista, a la que le es implícita la crítica y el debate, conceptos que la hacen dinámica y viva. Lo que realmente acaban es haciendo que los ciudadanos les vean como gentes que pertenecen a unas siglas porque eso les permite seguir viviendo de ellas. Puede que ese sea el motivo, por el que al contemplar ese panorama, los ciudadanos no esperan de la política que les lleguen mensajes que hagan brotar sentimientos y emociones. Más bien todo lo contrario, ven en esa política motivos para huir de ella vista la impostura de quienes son sus protagonistas y la banalidad de sus mensajes.

Si no cambiamos esa forma de actuar desde el socialismo, nos estaremos haciendo trampas al solitario, engañándonos a nosotros mismos, y hasta auto convenciéndonos de que un mal resultado electoral según lo contamos es un triunfo. Quizás los resultados de las municipales, o los de las elecciones recientes en Cataluña, deberían haber sido suficiente llamada de atención para darnos cuenta de que la gente no apoyará a un socialismo que permanece callado, mientras escucha sus propias mentiras en boca de nuestros dirigentes. No parecen haber servido esos dos avisos y habrá que esperar a que lleguen las Generales, a ver si arriba se dan cuenta.


Dicen que cada colectivo tiene lo que se merece, y las bases del socialismo somos responsables de que en este partido se haya impuesto la mediocridad disfrazada de palmero.  Esa es una de las causas por las que hoy muchos socialistas nos encontramos teniendo que elegir en una difícil tesitura: o luchar desde dentro, o (resignados) marcharnos a criticar desde fuera lo que no hemos sido capaces de cambiar desde dentro. Aunque los comentarios de quienes dirigen invitan a optar por hacer lo primero, a esos socialistas del arroz pasado, siempre nos valió más la pena aquello que nos costó lágrimas, y eso en el socialismo de siempre está vinculado al ejercicio en la resistencia.


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