lunes, 9 de febrero de 2015

ECHANDO LA VISTA ATRÁS


Vivimos en plena desconfianza hacia el sistema y los políticos, mostrando la indignación por las desigualdades sociales consecuencia de las políticas gubernamentales y autonómicas de los últimos años. Aún no hemos entrado en la fase de la total desesperanza, esa en que es casi imposible convencemos de que la situación que vive el país aún puede tener solución.

Críticos con todo aquello que está mal, lo verbalizamos en un malestar tangible, pero la sensación de que nadie nos escucha solo lleva a aumentar esa desesperanza. La gente tiene derecho a seguir manteniendo nuestras expectativas de mejora vivas, y muchos lo hacen. Sin embargo, hay un fenómeno que siempre emerge en estas situaciones de desencanto: es el momento de los llamados mirlos blancos, por otros conocidos como los salvapatrias. Son personajes que surgen en todos los ámbitos y terrenos, individuos que con un discurso envolvente, consiguen canalizar nuestras frustraciones.
Cuando ellos aparecen dejamos de manejar nuestra capacidad de juicio, y actuamos con fe ciega. Con creerles a ciegas y hasta admirarles, sembramos la semilla de la manipulación.

Pero no pensemos que los mirlos blancos solo los encontramos en la política estatal, porque también los encontramos en las regiones y en los municipios. Todos los partidos los buscan en época de elecciones, los encuentran, los lanzan al cielo, y si luego no interesan, pasadas las elecciones se les deja caer, y a buscar un mirlo nuevo para las próximas. La historia de nuestra política local está llena de candidatos a los que nos presentaban con las convicciones adecuadas y de los que una vez perdidas las elecciones, nunca más se supo. Es gente con imagen y discurso atractivo, con el que ocultan su incapacidad para gobernar. No es una cuestión de partidos, no es cuestión de si es mejor o peor, pero en todos los casos son agentes para la manipulación.

Históricamente con la aparición en el panorama electoral de UCD, PSOE, PP, y ahora podría ocurrir en el fenómeno Podemos, en situaciones de desencanto colectivo los españoles hemos sido confiados y nos hemos dejado llevar en brazos por quienes nos han dicho lo que queríamos oír. Y no solo lo hemos hecho en la política, también en la economía, en la cultura, en el deporte, en la salud, etc. Basta con que  dispongan de lo que los sociólogos llaman ideas fuerza, para que por medio de ellas nos dejemos arrastrar por donde sus determinados estereotipos nos quieran llevar.
 
Un denominar común a todos es que su estrategia nunca emplea más de tres ideas fuerza para no correr el riesgo de difuminar su mensaje. Lo hemos visto desde la transición a UCD, PSOE, PP y ahora con Podemos, que utiliza sus tres ideas fuerza: reestructurar y renegociar nuestra deuda, acabar con la corrupción, y crear un nuevo mercado laboral que garantice un empleo digno y bien remunerado. Ese mensaje de ilusión arrastra a un montón de gente harta y asqueada con los gobiernos de la democracia, se mete a todos los políticos en un mismo paquete sin ver si es diferente su grado de responsabilidad, y así se hace a todos responsables por igual de la deuda, de la corrupción y del paro. Es más rentable y fácil generalizar que pormenorizar.

Nuestro sabio refranero dice que una cosa es predicar y otra dar trigo. Y la historia de los pueblos viene a darle la razón, porque cuando las deudas se renegocian, se juega con los plazos, pero siempre ganan más los acreedores; porque la corrupción solo desaparece con años de cambios educativos y culturales y nunca de un plumazo; y porque alcanzar el empleo digno no depende solo del Estado, sino que también depende del empresariado, y conociendo a la patronal española… Afirmar que son posibles las tres cosa a corto plazo parece hacer un brindis al sol.

Solo una interesada y manipuladora cultura televisiva, permite creer que alguien posee una varita mágica que todo lo puede. Pero si se usa la capacidad de análisis, no es lo importante el discurso para llegar al poder, sino lo que se puede hacer cuando  toca gobernar. Las decisiones de gobierno podrán gustar o no, pero esas deben responder además de a las presiones que gobernar implica,  al deseo de la mayoría de gobernados que no son lo mismo que el electorado propio.

El gran pecado que se suele cometer por los gobernantes es gobernar sin explicar los argumentos en base a los que se toman las decisiones. Si lo hacen es algo excepcional, o lo hacen a través de plasma, con argumentos que insultan la inteligencia de la ciudadanía, o con clamorosos silencios que ocultan razones inconfesables. Convicciones y gobierno son cosas muy diferentes, la primera implica una cuestión es personal, y la segunda una cuestión colectiva.

Decía Max Weber que un político siempre debe tener un amor apasionado por su causa, ética en lo que es de su responsabilidad, y mesura en sus actuaciones, y Ortega y Gasset afirmaba que el revolucionario no se rebela contra los abusos, sino contra los usos. Ambos llevan razón, y cada vez es más palmaria la necesidad de una nueva manera de hacer política que deseche abusos y los viejos usos, para revolucionar nuestro caduco sistema cumpliendo esas premisas.

Pero ese planteamiento no puede llevarnos a obviar el hecho de que alcanzado el gobierno y transcurrido un tiempo, con las convicciones políticas ocurre como con la virginidad, que  una vez perdida no se recupera. Más nos valdría utilizar nuestra capacidad de juicio antes de tropezar otra vez en la misma piedra. La democracia, por ser imperfecta, siempre puede mejorar, y esta España nuestra debería caminar sin tropezar cada dos por tres.


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